Durante unos años fui agente comercial, o viajante, que es una definición que siempre me ha parecido más poética. Una de las partes que más me gustaban de mi trabajo era la de comer diariamente en sitios diferentes, especialmente cuando me tocaba hacer las rutas fuera de Madrid. No solo era la comida en sí, era también todo lo que rodeaba la experiencia, la liturgia del acto, los lugares, las gentes, las circunstancias. Leyendo "El gourmet solitario" rememoro aquellos años, revivo aquellas vivencias, porque las veo reflejadas con tanto acierto que en algunos capítulos se hacen indistinguibles de las mías. Y eso es maravilloso, porque los lugares en los que este silencioso gourmet realiza el ritual diario están situados en el otro extremo del mundo, porque la comida no puede ser más diferente de la que nutre mis recuerdos y porque aquella cultura debería presentar rasgos totalmente distintos a la de mis experiencias. Y sin embargo, cómo me identifico, cuánta coincidencia, qué similares las sensaciones.
En este cómic no hay tramas que desentrañar. En algunos capítulos, de hecho, no hay ni siquiera desenlace. No busque el lector en sus páginas una narrativa canónica; en los 19 capítulos, situados posteriormente en un mapa, sólo encontrará pasajes descriptivos, instantes en los que la comida es, la mayoría de veces, menos importante que el entorno. Tómelo quien quiera como una pequeña enciclopedia de la gastronómía japonesa (también se puede), pero lo que el guión de Masayuki Kusumi y el delicioso dibujo de Jiro Taniguchi llevan hasta la mente del lector es en realidad una guía de santuarios para el disfrute en soledad, un compendio de momentos, atmósferas y geografías interiores que mezclan gentes y lugares con una sensibilidad maravillosa.
El gourmet recorre en silencio, ya acabado su trabajo, a veces sin prisa, a veces agobiado por el hambre y la indecisión, los diversos templos del buen yantar. Unas veces patina; la mayoría acierta. Su mirada siempre es curiosa, siempre atenta a lo que se le muestra. A veces perplejo, a veces sorprendido, sus vivencias transmiten al lector la certeza de que la belleza se esconde en cualquier momento. Un restaurante amplio pero vacío, un pequeño cuchitril lleno de gente, una caravana (ahora dirían food truck) anónima, un local de clientela exclusivamente femenina, oscuras tabernillas que añorar en el futuro, igual que los comedores de antaño ahora sepultados bajo nuevos edificios, franquicias en lo alto de centros comerciales. ¿Adónde irá esa gaviota que veo tras la ventana? ¿Qué será en unos años de ese anciano cocinero? ¿Dónde estará hoy aquella chica con la que comí hace lustros en este mismo sitio? Qué sabroso está todo.
Tal como le dice el protagonista al único personaje desagradable que aparece en este maravilloso cómic: "Uno no quiere ser molestado durante la comida. Tiene que ser un momento de libertad... ¿Cómo diría? Un momento de salvación". Taniguchi, lo vengo sosteniendo hace años, supuso para el medio gráfico lo mismo que Proust para la literatura. Sus obras son loas a la soledad y la contemplación. Y quien lo dude, que recorra estas páginas y me cuente.