Mi prometida compró Nunca seré un superhéroe durante una oferta en la librería Cervantes, acá en Rancagua. Y a pesar de haber yo mismo elegido otro título, que espero traer a estas plataformas en el futuro, me decanté por leer primero este, cuyo solo nombre ya había llamado mi atención.
Y lo hace quizá, como no es ningún secreto, por mi fascinación con el género literario de hombres y mujeres en mallas salvando el mundo, aunque —debo admitir— es una afición que viene en caída libre desde Endgame. Debe ser quizá esa decepción con los superhéroes de la ficción contemporánea lo que más me llamó, y continúo hablando solo del título. Admitir que nunca seremos (seré) superhéroes es también admitir la poca relevancia que tenemos en el acontecer del mundo y que nuestro protagonismo, rascado apenas de la superficie de alguna historia que nos envuelva, puede ser negativo o no deseado.
Y de eso trata, justamente, esta novela. El despertar de la adolescencia y el enfrentamiento a un mundo que, aunque interesante, es indiferente a nosotros y, muchas veces, cruel e injusto. ¿No es acaso injusto amar a alguien que apenas nota nuestra existencia para mal? ¿No es injusto que las mujeres sean oprimidas socio-culturalmente? ¿No es injusto que haya padres que le peguen todavía a sus esposas e hijos?
Ese tipo de injusticias, aunque enfocadas en el universo de bolsillo adolescente que centra casi la totalidad de su atención en un amor no correspondido, son los que funcionan como motor principal de esta historia. Y me parece perfecto. Se trata a todas luces de una lectura-escritura juvenil que aborda cuestiones como estar estancado en un mundo que no entendemos y que no nos entiende, qué es la normalidad y que nos arroja como adolescentes (en mi caso, como el adolescente que fui hace mucho tiempo ya) a tener responsabilidades que no deberían ser nuestras, pero que nos adjudicamos como si lo fueran.
El ritmo es repetitivo, pero en el buen sentido. Hay frases y estructuras que se repiten, pero que no cansan. Al contrario, constituyen un ritmo que recuerda a la poesía o, más propiamente, a la música. No en balde Calamaro es citado tantas veces. Son repeticiones que, luego del vértigo, se sienten como momentos de descanso y tranquilidad, incluso risa. Lo que resuena con la afición de poeta de su personaje principal, con poesías que recuerdan a mis propios versos vergonzosos escritos a mis trece años.
Este ritmo es el que, justamente, al romperse, dialoga metodológicamente con el tema del libro. Se rompe la niñez y llega a nosotros una adultez que duele e incomoda, ese momento en que nos vemos obligados a entender y a practicar las agobiantes sutilezas sociales que embargan nuestro día a día y amargan el conocimiento del otro, que hasta entonces era directo, cercano y honesto.
Es una novela divertidísima, sí. Y el final, según he leído, se siente abrupto. Pero es que ese es el punto. La vida es así de abrupta a esa edad. Así de súbito es cómo la tragedia cambia nuestras prioridades e intereses.
¿Leerla o no leerla? Yo siempre diré que sí. Si son adolescentes, resonarán con ella. Y si lo fueron, dolerá de nostalgia e injusticia, como debe doler.