Con su viento rojo y su mar apretado, el Convento de las Novicias, el Bosque de los Helechos y la ballena blanca encallada en la playa, Pueblo es un lugar donde los gatos nacen ciegos, las cebollas crecen dulces y la felicidad pasa como los bueyes, tropezando a ratos en la calle. Fue allí donde un día el mar regurgitó a uno de sus ahogados para convertirlo en porteador de novias y envenenar con su recuerdo el destino de una mujer. Muchos años después, la vieja Idalina se alivia cavando agujeros en el jardín, enterrándose en la tierra memoria, en la tierra lombriz. Junto a ella, una galería de personajes igualmente una monja que ansía ser madre, el niño Lucas, su hermana Blanquita, inocente y puta, y, finalmente, el idealista Federico, al que un enano vendedor de sangre le enseña que la expectación es el presente del futuro y que los sueños, a veces, los traen los trenes.
Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968) es licenciada en Ciencias de la Información y en Derecho y colaboradora de la prensa y crítica literaria.
Para aquellos que les gusten las historias simples, con estructuras claras y desenlaces poco dudosos, creo que no deberían continuar leyendo esta reseña ya que este libro no les gustará y acabarán por abandonarlo más bien pronto.
A quien le guste de vez en cuando buscar nuevas formas de novela; nuevos retos aunque no se tenga claro del todo que es lo que hay delante; quien persiga cosas que le llamen la atención, lecturas que se quedan recurrentemente en la cabeza; si eres ese tipo de lector(a), este puede resultarte un libro muy sugestivo.
La autora usa un lenguaje novedoso y visual, colorido, de una gran riqueza. Para mí eso es lo más atractivo del libro. Aunque no soy un gran lector de poesía, aquí sí que percibe la poesía de forma más o menos explícita por todas partes, entreverada con prosa de forma brillante, mezcla atrevida de adjetivos y sustantivos y que serían más propios del riesgo, evocación e interpretación de poesía, que de la prosa. Hay que llevarlo despacito, sin prisa.
El estilo no tengo del todo claro que sea uniforme, creo más bien que tiene mezcla de muchas lecturas de Cristina S., por ejemplo creo que pudiera definirse como u.a abstracción con claras influencias del realismo mágico, y tal vez incluso me atrevería a decir también de S. Beckett y esa agonía vital que siempre transmite, o incluso tocando el absurdo por momentos.
El núcleo de la historia es tan particular y exótico, que en determinados momentos durante la lectura, si frenas, miras alrededor y haces balance, alucinas por lo pintoresco y a la vez adictivo que es el paisaje. Mucho simbolismo oculto.
Aunque creo que, como decía, se trata de una lectura muy minoritaria, es una propuesta atrayente para sacarnos de la zona de confort.
«Honda, silenciosa, dinámica, la memoria es tierra, presente, agujero. Tierra turbia y poderosa, penetrada por la lluvia; presente habitado por las sombras de los olores y sensaciones, agujero que se afana en su vacío. Vieja: ni vieja, tan siquiera. Olvidar el color de las frambuesas en las uñas y en las yemas de los dedos. el aroma agrio de la saliva de la madre en las mejillas sucias, el olor del colegio, el pan con chocolate de las meriendas, la humedad fragante de la madera de los lápices de colores, el vértice amargo del limón, el miedo a Dios, el tufo rancio a pis, la manzana roja en la mochila del primer amigo, la ropa flamcando en el tendedero, el sollozo de una madre, el rostro de un padre que sale por la puerta, el piar de unos gorriones grises, el chirrido de un columpio, el peso de otro cuerpo en la áspera oscuridad, el pálpito de otra carne en la propia carne, el miedo a ese leve temblor del azar, el bramido del mar, una punzada de felicidad, pena hiriente y prolongada, olvidar, yo elegí estar loca para seguir viviendo, hija, hija, todo eso, esas grandes cosas o esas pequeñas hazañas de las que está compuesta la vida, todo eso o mucho más y nada más».
-Pág. 118 de ‘Bueyes y rosas dormían’(2001) de Cristina Sánchez-Andrade.
Prosa exquisita en una novela que contiene relatos y poemas. Un ejercicio de estilo que se disfruta de principio a fin, el descubrimiento de una autora que quiero seguir leyendo.
De un cuento mágico aparecen cebollas, un palacio, el sabio, la loca, el pájaro, la ballena. Pueblo se llena de bruma, se pinta de rojo, de prohibiciones, de deseos. La muerte. La peste. El amor y la familia. Y así, con lo cotidiano la autora hace la magia y hace una novela para leer y divertir. Y hasta pensar.