Nunca había leído un libro que hablara de arte de una forma tan amable y escueta, y conversara con artistas, sus vidas y sus obras con tanta gracia y singularidad.
La narradora de estos textos sobre arte no solo roba obras de artistas colombianas, sino que le roba al lector suspiros, horas de sueños y mucho espacio mental para emprender fugas imaginativas tanto hacia las obras que roba y describe desde su mirada, como a ese museo voraz que va cobrando forma conforme a una serie de reglas y deseos. No se trata de una curaduría ni de una colección. De entrada se aleja de todo discurso academicista del arte y reflexiona sobre su intención de dejar de lado todos aquellos términos que comúnmente se usan para hablar de arte: abstracción, apropiación, arquetipo, configuración, contemplar, deconstruir, dialogar, época, estética, evocar, entre otros. Es precisamente esa consciencia de querer evitar estas palabras una de las tantas riquezas que se le revelan a la lectora, así como el solo hecho de pasearse por los pasillos y las salas del museo creado con el arte de la narración y la imaginación.
El detalle a propósito de ser solo un museo de artistas mujeres, y de que no aparezca ni un solo nombre masculino en el libro, es también una postura fascinante de la autora.