Hay libros que, sin proponérselo demasiado, te tocan en lo más hondo. Fuimos tres niños en la niebla es uno de esos. No es solo una historia sobre la guerra o la infancia, es sobre lo que queda cuando el mundo se rompe: la memoria, los vínculos, la resistencia silenciosa.
Ruperto Long logra algo difícil: escribir sobre hechos duros sin caer en golpes bajos. Con esto me refiero que pese que sus protagonistas son 3 niños (Lizzy, Riki y Alex) no nos los presenta como víctimas pasivas. Al contrario, como cualquier ser humano están llenos de preguntas, contradicciones, decisiones difíciles… y eso los hace reales. Lo más potente del libro no es el contexto histórico —aunque está muy bien trabajado— sino cómo se refleja lo humano en lo pequeño: una mirada, una traición, una promesa que resiste el paso del tiempo.
En la historia hay momentos que duelen, Pero también otros que reconcilian. No todo es oscuridad; hay una calidez que aparece de a ratos y que sostiene la lectura, como si uno también necesitara aferrarse a algo para seguir. Algo que me gustó mucho es cómo Long nos muestra que en la peor de las tormentas, a veces, los actos más sencillos son los que nos salvan.
Este libro no solo se lee, se vive. Terminé con una mezcla de tristeza, gratitud y cierta esperanza rara, como si después de todo aún quedaran cosas valiosas por defender.