«En lo tocante al dolor, los seres humanos son como pozos sin fondo».
En varias ocasiones, he leído libros que, al acabar, me dejan la siguiente reflexión: si los hubiese leído antes, en mi adolescencia quizás, la forma de verlos habría sido otra, totalmente distinta. «Noche de alacranes» es uno de esos libros.
La historia se centra en Catalina, una señora mayor que vuelve al pasado para recordar una época en la que su nombre fue Delgadina, una revolucionaria antifranquista. De esta manera, el libro se divide en dos partes bien diferenciadas: pasado y presente.
El pasado es atractivo. Se construye a fuego (muy) lento, pero juega con el contraste entre las penurias de la posguerra y la inocencia de su protagonista para atraer la atención en todo momento. Así, se habla del miedo, de la lucha, del primer amor, de la construcción de la personalidad. En el camino, se hace un análisis de las consecuencias de la guerra, de la vida del bando perdedor.
El presente, sin embargo, es superficial. En el tramo final, se entiende el porqué de esta línea temporal, pero el planteamiento que se hace es erróneo. La forma de abordar esta parte entorpece la narración, llegando a ser incluso innecesaria.
Además de esto, el autor comete el error de hacer que las páginas avancen sin que la historia se vuelva más y más interesante. Sería injusto decir que el libro es aburrido, porque nada más lejos de la realidad, pero sí que uno se queda con la sensación de que podría haber sido más de lo que, finalmente, es. Las comparaciones son odiosas, pero la versión mejorada de la propuesta de Gómez Cerdá es «Dime quién soy», de Julia Navarro.
Con todo, «Noche de alacranes» es un libro sencillo que cumple su cometido: entretener. Es ideal para quienes quieren adentrarse en la novela histórica o para quienes buscan una lectura ligera, sin devanarse los sesos.