Esta novela no cuenta una historia fácil, ni lo pretende. Nada más empezar, sabes que no estás ante una novela convencional: el protagonista, Diego Martín, confiesa sin rodeos que ha matado a un hombre. El misterio no es el crimen, sino el abismo que lo ha llevado hasta ahí.
Pero es el peso del legado familiar, lo que realmente impulsa la novela. Diego es alguien que ha intentado construir una identidad a la medida de sus aspiraciones, alejándose de sus orígenes humildes, de un padre autoritario y de una infancia marcada por la dureza emocional. Ha estudiado, ha ascendido socialmente, ha levantado muros entre su pasado y su presente. Pero la novela te lanza una pregunta incómoda: ¿es posible romper por completo con aquello de lo que venimos?
A través de Diego, el autor muestra cómo las heridas familiares no se borran con éxito profesional o distancia geográfica. Las raíces emocionales —esas que a menudo negamos— siempre encuentran la forma de aflorar y acabamos viendo a Diego repetir los patrones que odia.
La forma en que la novela retrata la violencia no explícita: la emocional, la que se hereda en silencio, te remueve por dentro.
El padre de Diego no es solo un hombre frío y distante; es el producto de su propia historia, de un abuelo marcado por la guerra y por un entorno que enseñó a los hombres que mostrar afecto era sinónimo de debilidad. No hay justificación para sus actos, pero sí contexto, y eso es lo más perturbador: entender cómo la dureza emocional viaja de generación en generación.
Pero la historia no se queda solo en el dolor. En medio de tanta fractura, la relación entre Diego y su hermana Liria ofrece un resquicio de ternura. Liria, vulnerable y encerrada en sí misma, se convierte en el único vínculo puro de Diego con su pasado, la única persona que le recuerda que, a pesar de todo, es capaz de sentir amor. Esa necesidad desesperada de protegerla, añade una dimensión profundamente humana al personaje. Porque la violencia de Diego no nace del odio, sino del miedo a perder el último hilo que lo une a algo auténtico.
Víctor del Árbol no da respuestas fáciles. Sus personajes no encuentran redención completa, porque la vida rara vez funciona así. Y esa falta de un cierre reconfortante es lo que hace que la novela duela, pero también lo que la vuelve honesta.
El hijo del padre no es una novela cómoda, es una historia sobre las cadenas invisibles que nos atan a nuestros orígenes, sobre la violencia que se arrastra sin palabras y sobre cómo, a veces, incluso cuando creemos que hemos escapado, seguimos siendo prisioneros de un legado que nunca pedimos.