Tengo muchas emociones encontradas con este libro. Los puntos positivos son muchos. En particular, me gusta su perspectiva crítica, casi cáustica, y científica del ecologismo. Denuncia medidas extendidas como las bolsas de tela, eliminación del glifosato, políticas antitransgénicos como incongruentes y, en el fondo, antiecológicas. También agradezco mucho el carácter pragmático de la mayoría de los capítulos: desde cómo calentarte en invierno o qué ropa usar hasta cómo desplazarte de la manera más respetuosa con el medio ambiente posible.
Ahora bien, los puntos negativos también existen y me han resultado especialmente insidiosos. Empiezo mencionando su «cornucopianismo» —derivado de «cornucopia», el cuerno de la abundancia en la mitología grecolatina—. Se trata de la visión de que el futuro, la ciencia y tecnología deparan soluciones novedosas que mejoran enteramente problemas iniciales asociados a productos o servicios nuevos. Con justicia, debo decir que no es necio «el futuro y la ciencia nos salvará» —algo que también critica explícitamente en el libro—. Ahora bien, sí creo que está más próximo a ese lado que al contrario, esto es, una perspectiva más revolucionaria políticamente hablando. Su pragmatismo se vuelve, así, en cierta sumisión sociopolítica. Dicho de otro modo, se preocupa más de usar lo que hay de manera más responsable y esperar soluciones mejores que pensar alternativas radicales. Esto es bueno y malo a la vez, pero cuando se extiende a toda su visión política, creo que se vuelve conservadurismo.
El segundo defecto más molesto desde mi punto de vista es cómo prioriza unos daños ambientales frente a otros sin mucho criterio, no sopesando previamente si esos daños que prioriza son solucionables de otra manera. Hablo de las bolsas de plástico. Sí, es cierto, la bolsa de tela tiene una mayor huella hídrica y deforestación que la de plástico, es menos segur alimentariamente... Pero la de plástico no es biodegradable. No obstante, el autor prioriza su impacto hídrico y forestal a su biodegradabilidad, defendiendo su posible reutilización y reciclaje ♻️. No obstante, el reciclaje no siempre se practica ni se hace eficiente y sigue manteniénonos políticamente dependientes del petróleo para su manufactura. Por tanto, no comparto que sea mejor usar muchas veces una bolsa de plástico y luego reciclarla a que se use una de tela igualmente muchas veces, biodegradable, manufacturada con productos locales, de manera responsable. Ahí es donde veo que está aceptando sin más el tipo de sociedad que produce las bolsas, el uso de la gente y las alternativas actuales. Considero que en otro contexto sociopolítico las bolsas de tela —por seguir el ejemplo— ganarían a las de plástico. Además de ahorrarnos daño a la fauna, algo que simplemente ni se plantea en el libro.
En fin, ha sido una lectura satisfactoria a grandes rasgos, pero siempre con sensaciones agridulces no por negar los datos, que no es el caso; sino por no cuestionar el contexto donde esos datos cobran relevancia y guían la decisión pragmática que él tanto defiende.