Clarín es uno de esos autores que, cuando acierta, te deja dándole vueltas a la historia durante días. Y cuando no acierta… bueno, tampoco se hace insufrible, pero se nota. Esta recopilación es puro Clarín: crítica social afilada, ironía, sensibilidad, y una forma de mirar al mundo que, más de un siglo después, sigue diciendo mucho. No todos los cuentos están al mismo nivel, pero los buenos son tan buenos que elevan el conjunto con creces.
Lo que más destaca es su forma de contar: Clarín no va al qué, sino al cómo. Le importa poco la acción, y muchísimo más la conciencia del personaje. En lugar de narrar sucesos, nos mete en la mente de alguien, nos abre sus miedos, su inseguridad, su deseo de redención o de belleza. De hecho, la crítica moderna lo sitúa como uno de los grandes renovadores del cuento precisamente por eso: por usar el relato breve como una lupa sobre lo íntimo, lo contradictorio, lo que no se ve.
En “Cambio de luz”, por ejemplo, lo importante no es que Jorge Arial esté enfermo: es cómo piensa, cómo duda, cómo se aferra al arte o al afecto familiar mientras se tambalea su mundo. Es un cuento de transición interior, y todo —el ritmo, el tono, incluso la iluminación del espacio— acompaña ese desajuste existencial.
“El dúo de la tos” es minimalista y delicado: dos personajes tuberculosos, en habitaciones contiguas, que no hablan entre sí, pero se reconocen, se consuelan, solo por cómo tosen. Es una historia de ternura indirecta, de humanidades heridas, que en otra época habría sido una tragedia y que Clarín convierte en un momento suspendido, íntimo, sin dramatismo.
También están los cuentos en los que la psicología se mezcla con la sátira o con estructuras más teatrales, como “Rivales”. Aquí la literatura se convierte en espejo deformante: un escritor intenta olvidarse de escribir para vivir “de verdad”, pero acaba atrapado en una historia que también parece de ficción. Lo interesante no es el triángulo amoroso que se forma en este relato, sino cómo se lee la situación desde dentro de cada personaje —y cómo Clarín juega con eso.
En “Un viejo verde”, la narración parece más ligera pero es puro veneno. Clarín construye al personaje masculino desde fuera, con tono sarcástico, pero a ella —Elisa Rojas— la dibuja con más complejidad. El resultado es un cuento donde el juicio moral y el afecto se cruzan. Y el final, con esa declaración desde la tumba, más que redentor, parece una última ironía.
“Pipá”, que da nombre a una de sus colecciones, tiene algo de cuento social a lo Dickens, pero sin dulzura. Clarín se mete en la mente de un niño marginal, una especie de antihéroe callejero, y lo acompaña hasta la destrucción. Es uno de los pocos cuentos que dan voz a quienes no suelen tenerla. Sin sentimentalismo, pero con compasión.
Luego hay cuentos más flojos o que no han envejecido tan bien. En “Avecilla”, por ejemplo, Clarín se detiene tanto en retratar a un tipo y sus manías, que olvida contarnos una historia. O en “El hombre de los estrenos”, donde el personaje es más un chiste repetido que alguien a quien podamos seguir con interés. Son cuentos que parecen más pensados para lectores contemporáneos suyos que para durar.
Pero incluso los más débiles tienen frases memorables, observaciones agudas o un tono que delata siempre a un narrador lúcido, irónico, muy dueño de su estilo. Y cuando todo eso encaja bien, como en los mejores relatos de esta colección, lo que logra Clarín es un cuento moderno antes de que eso existiera como tal: abierto, psicológico, imprevisible.
Me quedan aún varios cuentos por leer, y ya empiezo a sospechar que Clarín se guarda más de una bala en la recámara. Eso sí: cuando los termine, no me va a quedar escapatoria. Tarde o temprano tendré que enfrentarme a “La Regenta”. Y esta vez, sin excusas.