Una hermosa y necesaria reflexión sobre el poder de la letra impresa.
¿Para y por qué leemos? Se dirá que para llegar a ser más sabios, libres o mejores personas. Pero ¿es así realmente? ¿Queda algún resquicio que nos permita reivindicar la lectura como una característica singular del género humano, como herramienta de comprensión mutua e instrumento para afilar nuestro lenguaje y nuestra conciencia crítica? Algunos piensan que no. Esta obra busca entre los escombros argumentos para el sí, en concreto entre las ruinas del campo de concentración de Buchenwald, donde hubo una biblioteca.
En poco más de 20 historias-ensayos, este increíble autor español nos realiza un repaso por lo que podemos considerar el valor, la moral y la esperanza en torno a la lectura. Golpeándonos de entrada con la religiosidad que daban a la lectura, inventando incluso el formato de bolsillo de los libros -tan popular en estos días-, incluso estableciendo el lema: <>: podemos pensar en un gobierno social demócrata e incluso en algún proceso revolucionario de América Latina; pero no, fueron los nazis en sus campañas post 1933 quienes dieron ese sitial a los libros y la lectura. O tal vez de la importancia que le damos a la cultura escrita en desmedro de las tradiciones orales que hoy vuelven con mucho más fuerza gracias a las RRSS, o ¿acaso YouTube no es la nueva forma de aprender algo? Es a este tipo de debates, reflexiones y crítica es la que nos invita este historiador especialista en cultura popular. Podemos llevarnos más de una sorpresa en torno a esta pasión por las letras, los libros y la lectura. Una excelente forma de comenzar a leer finalizado el mes del libro y pensar nuestras nuevas lecturas, desde la mirada crítica que otorga bajar del pedestal esta construcción social (leer) que tiene menos de 2500 años desde los primeros símbolos escritos e interpretados. Y que nos conlleva de una otra forma a examinar cómo nos acercamos, y acercamos a otras personas, a lo que muchas y muchos definimos como una pasión: el leer. Interesante poder debatir estas lógicas en la plenitud de que el tiempo es escaso y saber si el leer puede ocupar un sitio importante en él o no.
Habiendo estado tras los pasos de este libro finalmente pude leerlo y vaya obra. La Furia de la Lectura, del autor español Joaquin Rodríguez, es el libro que todo lector debería leer con la intención de poder conocer mejor los vericuetos de la lectura a lo largo de los años. Este libro te bombardea constantemente con una incalculable cantidad de datos que se traducen en enriquecedores sobretodo si de un lector hablamos, el libro nos lleva a cuestionar el por qué de la lectura, su importancia como herramienta de superación, cuestionar si leer nos hace mejor persona o si el origen de tu familia influye en lo lector que puedas ser, es por ello que esta obra sería fundamental si tu avidez lectora es imperativa. La narrativa de Rodriguez es realmente incuestionable, el español logra transmitir una información que podría parecer pesada de una manera muy sencilla en un libro que cuenta con una lista de varios relatos independientes pero que a su vez hacen un engranaje perfecto para darle vida a este libro fantástico que si bien en momentos se descubre un poco denso, solo hay que leerlo con calma y concentración.
De manera personal debo decir que este libro no me ha defraudado, por el contrario ha sobrepasado mi expectativa y eso me hace sentir una tranquilidad lectora enorme. Cero chachara, cada palabra es concisa y directa en el formato de este libro, yo le pongo 5 estrellas y si eres un lector empedernido es necesario que leas este libro.
Conjunto de ensayos que plantean preguntas para una actualización de los fundamentos de la promoción de la lectura y, por tanto, de su utilidad social, moral o política. La apelación a ejemplos históricos, desde la política cultural nacionalsocialista hasta los programas de alfabetización de Freire en la República Dominicana le sirven para alejar sus planteamientos de lugares comunes y exaltaciones de cánones y tópicos y a formular más preguntas qué respuestas.
Quien ame los libros y la lectura disfrutará este libro. Al autor aborda puntos de vistas de gran interés y que enriquecerán nuestra experiencia de leer. Sin dejar de ser un libro denso y profundo se lee muy bien y rápido.
Me encantan los libros que hablan de libros, y cuando vi este me hizo ojitos… y no me equivoqué, porque lo he disfrutado mucho 📖✨.
Joaquín Rodríguez, en La furia de la lectura, plantea múltiples cuestionamientos y nos lleva por distintos temas que, históricamente, nos hacen dudar o reafirmar la importancia de la lectura en la humanidad y esos grandes beneficios que se le atribuyen. También aborda muchas de las discusiones que han surgido alrededor de este hábito.
¿Será que leer nos hace mejores personas? 🤔 Este es uno de los temas que más me gustó. Junto a él, el autor explora la llamada furia de la lectura (Lesewut), un fenómeno del siglo XVIII en tierras germánicas, donde el auge del libro impreso y de obras como Las penas del joven Werther desató una verdadera pasión lectora. Esto llegó a preocupar a ciertos sectores de la sociedad, que veían cómo las personas descuidaban otras actividades por leer.
Así, el autor nos revela aspectos muy interesantes de la historia de la lectura, su relación con la locura y también cómo, en muchos casos, ha sido un acto de resistencia.
Es un libro que disfruté mucho. La única pega que le pondría es que al final de algunos capítulos deja una gran cantidad de interrogantes (incluso una hoja entera de preguntas), lo que en ciertos momentos llegó a molestarme. Aun así, es un libro que definitivamente se va a quedar conmigo 💛.
En el campo de concentración de Buchenwald había una estancia absurda, aparentemente irracional en un ecosistema del desvarío y la inhumanidad: una biblioteca situada en el Bloque 5, entre la Schreibstube, la oficina de la secretaría, y la Arbeitsstatistik, la oficina encargada de los recuentos y estadísticas del campo de concentración. En un diminuto habitáculo, un bibliotecario, Anton Gebler, uno de los Kapos del campo que se había reservado las labores administrativas, podía ejercer el oficio del préstamo y la reclamación de ejemplares. Una biblioteca como una especie de oasis en un campo de desolación y degradación, un lugar que invitaba a la lectura en un espacio de envilecimiento y desmoralización. ¿Qué inspiró al Cuerpo de Inspección de los Campos de Concentración, al Inspekteur der Konzentrationslager, IKL, a Theodor Eicke y a Heinrich Himmler a incluir en el diseño de los campos de concentración una biblioteca, una invitación a la lectura? ¿Qué clase de supuesto poder inherente a los libros y a la lectura parece tan universalmente evidente que hasta los responsables del despliegue y mantenimiento de los campos de concentración decidieron añadir una biblioteca al diseño carcelario? ¿Sirven los libros y la lectura para una cosa y su contraria, para compartir la poesía y la belleza de la vida, como sugería Wolfgang von Goethe, y para recluir y reeducar a presos sin esperanza alguna de vida, como urdieron Eicke y Himmler? Algunos campos de concentración eran, al mismo tiempo, campos de reeducación, Umschulungslager, y la lectura parecía tener cabida en el repertorio de herramientas destinadas a una rehabilitación inexistente.
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De hecho, el aprecio casi reverencial por los libros y la lectura, por su valor como solaz y recreo pero, también, como instrumento pedagógico y formativo, se tradujo en un despliegue no menos sistemático de las «bibliotecas de frente» (Frontbuchhandlungen) y de los «bibliobuses móviles» (Bücherwagen) que abastecían a las tropas alemanas, allí donde se encontraran, de una relación de títulos elaborada por el Ministerio de Propaganda y de algunas otras novedades que conformaban el canon de la época. Se calcula que en enero del año 1940, solamente cuatro meses después de que se iniciara la guerra, existían 27.000 bibliotecas de frente donde se acopiaban unos 8,5 millones de libros y que, en el paroxismo de la promoción lectora y la accesibilidad, se llegaron a dotar de bibliotecas a los submarinos de guerra alemanes. La coordinación de una red de bibliotecas de tales dimensiones y tal impacto potencial, conscientes como eran las autoridades alemanas de la dimensión propagandística y modeladora de la lectura, llevó a conformar en octubre de 1939, inmediatamente después del inicio de la guerra, como si se tratara de una acción promocional preeminente, una Central de las Bibliotecas del Frente y una «lista categorizada de libros recomendados» (1940-1941). En su pormenorizada confección intervinieron varios organismos encargados de la forja del espíritu nazi, a cuya cabeza se encontraba el Ministerio para la Ilustración Pública y la Propaganda. Joseph Goebbels, el plenipotenciario, culto y leído ministro, sabía bien que el 95 por ciento de las lecturas que se proporcionaban a los soldados debían estar dirigidas al esparcimiento y que el 5 por ciento restante cabía basarlo en lecturas ideológicas destinadas a la conformación del espíritu nacionalsocialista, aunque en esa lista de lecturas no faltara un «reader» de Kant y una biografía de Rainer Maria Rilke. […]
Fantástico ensayo, para leer con papel y lápiz. Contiene reflexiones valiosísimas sobre la lectura, la educación, la tecnología y la cultura, entre otras cosas.
Hace algún tiempo, cierta influencer de renombre puso sobre el tapete el irrelevante debate de si los libros estaban pasados de moda y el lector proscrito. Pero esa irrelevancia trajo del fondo de la alcantarilla un detalle ulterior: el despliegue de superioridad moral de quienes se sienten mejores personas por el simple hecho de ser lectores, o de decir que lo son. Sorprendentemente, y desde una mezcla de fascinación y vergüenza ajena, seguí este sangrado del orgullo cultureta sin poder pestañear. Joaquín Rodríguez tendría mucho que decir sobre estas diatribas, pues en esta colección de ensayos que acoge La furia de la lectura, más allá de su receta como elixir para abrazar la eternidad y expandir el hipocampo, marca a fuego varios tótems, desde la autocrítica y la expiación, que todo "devorador de libros" debería tatuarse en la frente antes de dinamitar su empatía hacia la otredad menos lectora o nada lectora:
La dictadura del canon y el arrebato doctrinario. El pensamiento único sobre cómo se debe abordar un libro está matando la lectura. Ese arrebato místico de ciertos lectores "puristas", que exigen una reverencia casi religiosa ante el texto, solo sirve para levantar muros. Rodríguez aboga por recuperar la reinterpretación y la apropiación: el libro debe ser un espacio de uso, un campo de batalla colectivo donde las nuevas generaciones puedan crear y recrear su propio sentido, sin que los guardianes del templo les digan que lo están haciendo mal.
El fracaso de la propaganda. Las campañas institucionales de fomento de la lectura suelen ser el mayor repelente de lectores. Al presentar el libro como un objeto sagrado o un deber civil, terminan dinamitando la entrada de los jóvenes. No se puede imponer la "furia" mediante un eslogan ministerial.
El mito de la lectura como bálsamo moral. Hay que decirlo bien alto: la lectura per se no te hace mejor persona. Rodríguez acude al escalofriante relato de los nazis, que formaron una de las comunidades de lectores más voraces y cultas de la historia. La literatura no es un caldo mágico que destile bondad, creer que el índice de lectura de un país garantiza su salud ética es, en el mejor de los casos, una ingenuidad y, en el peor, una mentira interesada. Las bibliotecas en los campos de exterminio buscaban la reeducación y la culpa del reo, aunque éstos llegasen a encontrar cobijo y huida en ellas (Jorge Semprún al margen)
La pérdida de la savia oral. Siguiendo la estela de los Tristes trópicos de Lévi-Strauss y las reticencias de Sócrates, el autor nos recuerda que la escritura, al fijar el pensamiento, destruyó la riqueza de la transmisión oral. Aquel otro antropólogo inocente en su particular bestseller descubrió que la escritura a menudo se usó más para esclavizar y jerarquizar que para liberar.
El deseo frente a la imposición. Forzar el deseo es la forma más rápida de matarlo. Desde la visión de Rousseau, de la Rodríguez mantiene una equidistancia férrea, se filtra aquella idea de que el deseo propio es la garantía al acceso de los futuros lectores, sólo cuando su propia quietud y curiosidad lo demanden, y no cuando les sea proyectada por maestros o adultos que buscan en el niño un reflejo de sus propias ambiciones intelectuales.
El peligro de la triada lectura, bibliofilia y locura. Al suplir vida por lectura, mientras se tenta a la eternidad y tu cognición se blinda, la biblioteca terminará levantándote los pies de la orilla. Los ejemplos son profusos y dramáticos.
Como decía al principio me quedo con la autocrítica al rol del lector canónico, los reversos de la lectura y la expiación de los propios pecados del autor. Por ello, si algo saco de este viaje de libros que llevan a otros libros, es que, en lugar de usar éstos como armas de estatus contra las nuevas generaciones, deberíamos recuperar la lectura como un espacio de reinterpretación colectiva, demostrando que el verdadero analfabetismo reside en creerse mejor persona por el simple hecho de sostener un libro.
Un libro que toda persona que disfruta de la lectura, y que quiere entender más de esta magia poderosa y misteriosa, debe leer. Una publicación que desgrana el impacto que la lectoescritura ha tenido en el ser humano desde su invención, hace más de 2500 años, y que reflexiona sobre cómo fomentarla en lxs jóvenes y público ajeno a este hábito maravilloso, sobre todo en tiempos de decaimiento de la lectura y el ascenso de las redes sociales y del ecosistema digital.
Apoyado con data pertinente y usando un lenguaje claro y preciso, este libro concluye que la lectura está más vigente que nunca. Sin embargo, las estrategias para su impulso en la educación deben reenfocarse de acuerdo al contexto actual, sin dejar de lado su importancia social y moral en el proceso de cambios que tanto necesita nuestra aldea global.
Un ensayo pura sangre que desprende rigor y nos interpela continuamente. Oscila entre la desacralización, el complejo de los que no leen, sus limitaciones, o lo flipaos que somos los que leemos (si no tiene libros en casa no te lo estupres jaja soy mongolo), su uso político, etc. Y también sobre su espacio de libertad, empatía, e idealización flower power. Por lo tanto tenemos la pasión e importancia de la lectura, la defensa pedagógica de la no lectura, y también su hecho antropológico y social. Gran trabajo, denso y serio.