Del fuego la ceniza (Reseña, 2020)
Conocí a Le Guin en mi adolescencia por sus crónicas de Terramar. Durante meses soñé con sus dragones, con sus laberintos ocultos, con su academia de magia donde se aprendía el nombre verdadero de las cosas. Recuerdo que mi entusiasmo ante sus universos se resentía en sus finales, que no comprendía por qué Gavilán prefería ser un granjero a su trabajo como archimago, que no compartía esa decisión de dejarse vencer incluso siendo el más fuerte. Hay cosas que leemos para entenderlas mucho más tarde. La literatura es ese oráculo cuyo sentido sólo el tiempo nos entrega.
Pasada la adolescencia, luego de ese caos tierno cuyas secuelas todavía acuno con la esperanza de sanarlas, la obra de Le Guin creció dentro de mí como otra cosa, con otro talante. Gavilán, el mago más fuerte de todos, era un pacifista, ese conocimiento me alimentó en dolores. También ese otro, más directo pero invisible entonces, de que la magia es el lenguaje. Acompañó mis noches y todavía es una de mis devociones profundas. Nombrar es hacer magia. Procuro recordarlo siempre que me siento a escribir para asumir la responsabilidad nostálgica de aquel niño que soñó con hacer volar objetos con la mente, del que soñó con acudir a la academia de Terramar.
Con el tiempo no sólo descifré esos mensajes. Con el tiempo también supe que de todas mis lecturas adolescentes la de Le Guin había sido distinta. Que en ella había una sustancia no presente en otrxs. La intuición permaneció en mí, y otras lecturas, más disponibles (mi fetiche por el libro impreso condiciona mis posibilidades) me fueron formando y Le Guin permaneció en mi memoria, imprescindible, pero apenas intuida su fuerza, apenas recorrida… Y entonces leí “Los que se marchan de Omelas”, y esa intuición, y todo lo que había sentido adolescente, y todo el amor profundo que la novelista me había despertado, adquirió un nuevo brillo. Llamarada pura. Fuego que purifica. Candela que enseña a arder con el ejemplo.
Leí “El día antes de la revolución” con ese mismo espíritu, imbuido de ese entusiasmo. Supe que era la historia de Odo, de una de las que se marchó de Omelas. Supe que era una fábula anarquista. Supe todo eso, pero supe, primero, lo que es imposible de poner en palabras, aunque lo intento: que esa prosa no era material muerto, que esa palabra era palabra mágica, que nombrar es crear, y que Le Guin, en pocas páginas, alcanza a levantarnos, a hacernos flotas —con su mente, con su voluntad— para enrostrarnos aquello que podemos ser si nos atrevemos, aquello que podemos recoger si nos atrevemos, aquello que va a costar y va a doler, porque cuesta y duele el cambio, porque cuesta y duele desprenderse de los hábitos terribles que la comodidad hay cosido a nuestra piel, porque cuesta y duele toda literatura donde se escribe con las entrañas.
Y no esas supuestas entrañas del malditismo, no esas supuestas entrañas de la literatura explícita que tan poco me interesa por estos días, no esas entrañas que no son sino vísceras secas. Las entrañas que se ofrecen a la pitonisa para que lea el futuro. Las entrañas que palpitan en el cuerpo de una liebre saludable que atraviesa corriendo una llanura. Las entrañas que regularmente nos entregan el don del alimento cultivado. Hablo de la suavidad que está en la verdadera fortaleza. Hablo de la entrega que está en toda verdadera comunidad. Hablo de la furia que es centro de toda verdadera voz. Hablo de Le Guin, y de su cuento, como hablo de la antorcha que debe servir para encender la hoguera, de la hoguera que nos reúne a su cerco para compartir las historias, para amasar y cocinar y compartir el pan. Hablo del encuentro, y de la soledad, y del relevo generacional, y de la posibilidad de aprender por fin los nombres de las flores que se agitan más allá de la carretera.
Hablo de este cuento como un testigo que recibimos para seguir corriendo. Porque la carrera es de aguante, no de tiempo, y espero estar disponible para seguir, para acompañar, para entregar cuando sea mi momento. Y envejecer así, sabiéndome, contradiciéndome, permitiéndome ser ceniza con la que alguien escriba el testimonio del fuego.
Como torpemente intento, aquí, hacerlo con Le Guin.