Todos los sábado en la noche mi viejo me invitaba a ver uno de sus programas favoritos de TV, solo con él. Yo disfrutaba tanto de ese ritualito que jamás le confesé que el show me cagaba de miedo, en especial su onírica y surrealista intro llena de ojos que no ven, puertas y ventanas que llevan a ningún lado y esos malditos riffs y voz en off anunciando la inmersión en lo desconocido "más allá de la visión y del sonido". No era un temor primitivo, como el que le tenía a los fantasmas, sino uno mucho más delirante e interno; era el miedo de no saber distinguir la realidad y de no poder confiar en mis sentidos, que es igual de aterrador porque se parece mucho a estar loco.
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Recordé esa sensación al leer Cámara Oscura, once cuentos en los que su autor, Julián Isaza, vuelve a sus raíces de escritor de ficción (aunque supongo que nunca dejó de escribirlos, es mucho más conocido como cronista), una ficción que distorsiona nuestra concepción de la realidad moviéndose entre lo siniestro y lo bizarro (en su acepción más anglosajona), pero siempre logrando que tanto personajes como lectores nos cuestionemos por nuestra propia sanidad mental, ignorando si lo que ocurre, si el temor que sentimos proviene de un ser externo que nos amenaza o de nuestra propia cabeza, de nuestra propia locura. ¡Me encantó!
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Con la adultez le perdí el miedo a ver La Dimensión Desconocida, pero leer a Julián fue volver a recordar esa acojonante y emocionante sacudida de psiquis, esa certeza de que los verdaderos demonios están en tu cabeza y que eso es precisamente lo que los hace reales.
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Por cierto, cada uno de los perturbadores cuentos de Julián vienen acompañados de igualmente sombrías ilustraciones que no solo complementan los textos y embellecen el libro sino que, en mi mente, hacen las veces de intro de ese programa de TV. Me encantaría saber si los editores de @reynaranjoeditores lo pensaron así.
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No hay mejor cuentista que un cronista. Probablemente tan categórica sentencia no se sostenga por si sola, pero me gusta pensar que algo de cierto tiene. Al fin y al cabo una crónica no es nada más que un cuento que si ocurrió. Además, y esto es solo una descabellada hipótesis que no me atrevería a defender por fuera de la arbitraria seguridad de mi cuenta, imagino que los cronistas sienten una desenfrenada libertad al escribir sin tener que cumplir con los éticamente necesarios pero creativamente encadenantes principios de objetividad y veracidad.
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Cierto o no, a Julián lo conocí primero como cronista y después como cuentista, lo cual no deja de ser curioso porque él primero fue cuentista y después cronista, condición esta última con la que alcanzó el prestigio y la relativa fama literaria. Siempre me gustaron sus escritos en El Malpensante o en el Tiempo, con una narrativa que se movía entre la tragedia y el Lado B de lo cotidiano, por lo que no puedo decir que me cogió del todo por sorpresa cuando, al leer por primera vez sus cuentos, encontré esa misma armónica contradicción entre lo real y lo irreal, o mejor, entre la oscuridad y la luz, o mejor, entre lo paranormal y la demencia, que dan igual terror pero no es lo mismo.
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