A veces pienso que de la muerte solo sabemos una cosa: que es inevitable. Todo lo demás, toda la literatura que intenta entenderla, es literatura vitalista. Gracias a la literatura, lo sabemos todo sobre el duelo.
Del suicidio también sabemos mucho: tenemos los testimonios de destrucción: Paul Celan, Virgina Woolf, Pizarnik, Plath, Anne Sexton. Lo sabemos todo y no sabemos nada: estas fueron las causas, estas las consecuencias. Sin embargo, que el acto en sí no sea inevitable (aunque inevitable sea la muerte) lo convierte en un tema central para la literatura. Aquí Félix Romeo se agarra a la vida de su amigo, a sus primeros momentos y a los últimos, y se pregunta si pudo hacer algo, si estaba en sus manos salvarle; también le maldice, le culpa por haber abandonado a su familia y a sus amigos, le llama egoísta. Afortunadamente, no hay conclusiones: todo buen libro sobre suicidios carece de conclusión.