“Soy arqueólogo pero la santa verdad es más que un profesional competente en la materia soy un burócrata experto en la toma de datos que no interesan a nadie. De hecho, en los trabajos “científicos” que he realizado en fondos de lagunas y regiones montañosas lo único que he logrado es descubrir tumbas y más tumbas de aborígenes. En la práctica soy entonces un desenterrador de osamentas y pedazos de trapos descoloridos. “No obstante, los Caminos del Señor son siempre contra todo lo esperado, la última novelita que escribí – parte de cuya trama se desarrolla en Tigzirt, país africano en el cual residí en mi juventud – tuvo un relativo éxito. Y no sólo el Agregado de Cultura de Tigzirt me contactó para darme apoyo económico e invitarme a difundir el texto en Tigzirt. “De esta manera, a través de un auténtico “golpe de suerte”, ahora tendría la ocasión de visitar exhaustivamente los frescos del Tassili-n-Ajjer, escenario arqueológico milenario enclavado 2500 kilómetros al sur de Tigzirt, más allá del Sahara, en las montañas del Hoggar. Y eso sí me interesaba, sería casi un cuento de hadas recorrer Djanet, Jabbaren… touaregs, foggaras, gueltas, akbas ardientes… los frescos del Tassili. Así, desde un escenario muy lejano, empieza a desarrollarse la trama de esta novela de espionaje. Un espionaje de un tipo muy especial, claro está. En una visión muy personal, de manera, hermética, con gran fuerza de lenguaje y no exenta de crítica, J. F. Villagrán pretende demostrar que la realidad no identificada coexiste con la fantasía.