Mis primeras lecturas de Lemebel fueron 'Tengo miedo torero' y 'Adiós Mariquita linda', ambas me gustaron mucho y en ambas advertí algo faltante: quizá porque la novela -a pesar de sus destellos- no llega a desprenderse del esqueleto de 'El beso de la mujer araña' de Manuel Puig; y porque las crónicas de 'Adiós Mariquita...' me resultaron a veces perdidas en la estridencia del lenguaje que hizo popular a Lemebel.
Pero en 'Loco afán' no hubo ausencia. De hecho, creo que tras su lectura me ha quedado bien clara la genialidad en la escritura de Lemebel, su belleza. Un estilo que amalgama lo barroco, lo poético en su modo más ornamental, con el ímpetu de la oralidad, de la calle, Lemebel escribe como quien habla emocionado, hay velocidad, hay respiración en medio de las palabras, una solemnidad enrevesada que a un mismo tiempo invita a la risa y al llanto, tantos retratos de dolor y grietas entre las que se filtra alguna esperanza.
Con toda la dignidad y la intimidad de quien vivió para contarlo, en Loco Afán se homenajea la vida de amigas travestis que mueren de sida, de una noche citadina vibrante y peligrosa, vidas y escenarios en constante movimiento, en constante quiebre, los cambios políticos son el telón de fondo para las ansias, para las pulsiones. Y no todo es Santiago de Chile, Lemebel nos obliga a ver la ruralidad, a los maricas de pueblo (quizá mis relatos favoritos) y en sus frases hermosamente hiladas, extrañamente hiladas, sexualmente hiladas, adivinamos una mirada compasiva del mundo, una mirada amorosa del mundo, una ternura radical.