Uno tiende a dar por sentada la escolarización como camino para enfocar la educación. Cuando un niño llega a la edad en que normalmente comienza la educación formal, la pregunta que un padre/madre suele hacerse es: ¿a qué tipo de colegio enviaré a mi hijo? Naomi Fisher argumenta que hay una pregunta previa que casi todos simplemente pasamos por alto: ¿por qué debo enviar a mi hijo al colegio? Junto con esa pregunta viene el cuestionamiento a la escolarización tradicional, nacida al alero de la revolución industrial, que obliga a aprender información y una serie de reglas que, si se analizan con distancia, poco tienen que ver con la manera en que opera el mundo real.
La mayor fortaleza del libro está en las reflexiones, muy agudas, sobre la forma en que un individuo aprende a lo largo de su vida. El análisis se sostiene y resulta convincente, pero para mí flaquea cuando Fisher asume un tono crecientemente agresivo. Fisher está muy, muy enojada con el sistema de escolarización tradicional, y esa emoción interrumpe la argumentación serena. Al final la autora plantea un llamado apasionado por la desescolarización absoluta, pero la pérdida de la compostura en el tono hace que el llamado parezca una arenga, y no la conclusión natural de una reflexión serena y lógica.
Aun con ese pecado, que me resultó bastante distractor en muchos momentos, el libro me abrió un mundo.