Las excelentes ediciones críticas del Nuevo Testamento pueden llevar a pensar que, tras años de exhaustivos análisis, tenemos a nuestra disposición el texto que salió de las manos de sus autores.
Sin embargo, en las últimas décadas los estudios de crítica textual muestran una realidad mucho más compleja: no solo resulta imposible recuperar el texto original, sino que se debe prestar atención a cómo ese texto fue modificado cuando se copió. Cada manuscrito y sus variantes se convierten en pruebas de un texto vivo, así como en ventanas por las que asomarse al mundo social del cristianismo primitivo.
Las implicaciones teológicas de esta realidad no son pequeñas. El complicado proceso de copia impide todo intento de convertir el Nuevo Testamento en un texto divinamente inmutable en su literalidad. Al mismo tiempo, pone de manifiesto la dependencia del texto respecto de la comunidad donde se lee y escucha, hasta el punto de plantear preguntas candentes sobre la autoridad del texto mismo.
Me parecieron muy interesantes los temas tratados porque tratan cuestiones con las que el cristiano común suele convivir: ¿en qué medida los textos del Nuevo Testamento son los que los autores originales escribieron?; ¿qué dijo exactamente Cristo?; ¿cómo se decide la lectura preferible cuando hay dos posibles?; ¿están los evangelios escritos por una mano o por varias?; ¿está Dios inspirando en el origen o siempre?; ¿valen las traducciones lo que el original (si tuviéramos el original)?; ¿es necesario un canon de libros sagrados?; ¿quién lo establece?, etc. El autor relativiza el valor de la Vulgata y la Neovulgata no como LA versión sino como la versión oficial para la Iglesia Latina. Pone de manifiesto que el Evangelio es parte de una tradición viva de la Iglesia oral en su origen, que se escribe, se traduce, se corrompe, se restaura, y en definitiva se interpreta en una comunidad de fe, que es la Iglesia.