Estos dos libros de Borges editados en un solo volumen y separados por 27 años tienen algo en común: descubrimos en ellos al Borges lector.
Su frase, tan popular ya, "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído” refuerza su significado en este libro completamente.
Pero además de su pasión por los autores que marcaron su vida (Cervantes, Dante, Swedenborg, Browning, De Quincey, Poe, Stevenson, Wells, James, Kafka), Borges incluye ensayos sobre el tiempo, la filosofía, la metafísica, la poesía, Dios y por supuesto, su amado Don Quijote de la Mancha.
Es verdad que “Inquisiciones” (recuerdo que cuando lo leí por primera vez tuve serios problemas de entendimiento), es un libro que está escrito a sus 25 años de edad con una prosa mucho más compleja que “Otras inquisiciones”, cuando ya tiene 52, aunque no por ello de menor intensidad.
Ha sido un visionario ya desde el principio del siglo XX y concuerdo con una frase que leí en la tapa de una edición de “Ficciones” que decía que “Sin Borges la literatura latinoamericana moderna simplemente no hubiera existido.”
Adelantado a su tiempo, su sabiduría marcó el camino para cientos de escritores de todo el mundo y le dio a su país el prestigio literario que otros grandes escritores supieron hacer en los suyos (Dante en Italia, Goethe en Alemania, Shakespeare en Inlgaterra, Cervantes en España).
Ese Borges se apasionaba con la lectura de escritores que lo influenciaron: reseña el Ulises de Joyce, al que nunca pudo terminar de leer, interpreta la poesía Quevedo, se maravilla con el origen onírico de los poemas de Samuel Taylor Coleridge, nos deleita con sus impresiones sobre Alonso Quijano y Miguel de Cervantes, que son una misma entidad, expresa su admiración por Nathaniel Hawthorne dictando una conferencia con un análisis exhaustivo del cuento “Wakefield”, posiciona a Oscar Wilde en el sitial de honor que se merece, describe las audaces aventuras de Chesterton, pondera la ciencia que nos regala el primer H.G. Wells, y muy especialmente se rinde a los pies de su admiradísimo Franz Kafka, cuando afirma que los grandes escritores crean y justifican a sus precursores en el delicioso apartado "Kafka y sus precursores".
Por último nos explica por qué leer a los clásicos, idea que después desarrollaría Ítalo Calvino para regalarnos una frase que lo define todo, tanto para él como para nosotros que compartimos su misma pasión, la de leer libros:
“Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.”
¿Quién se atrevería a contradecirlo, maestro?