La novela se presenta como una cruda y descarnada narración que se adentra en las profundidades del dolor y la desesperación de una madre que vela por su hijo en estado de coma. A través de capítulos breves (numerados) y una prosa fragmentada, la autora teje una atmósfera opresiva y claustrofóbica que atrapa al lector desde el inicio.
Al ritmo agónico de la respiración del hijo en coma, la historia se desenvuelve, creando una monotonía que refleja la desolación de la madre. La carencia de humor, si bien resta fluidez, intensifica la crudeza, sumergiendo al lector en un universo de desesperanza.
A medida que las páginas avanzan, se van introduciendo nuevos personajes que aportan complejidad a la historia y permiten conocer diferentes perspectivas de la situación. Cada uno de ellos guarda secretos y alberga sus propias batallas internas, contribuyendo a la atmósfera de misterio y tensión que envuelve la novela.
La familia se presenta como un espacio enfermizo, plagado de violencia, secretos y locura. La madre, atormentada por los recuerdos del abuso sufrido por parte de su marido, busca refugio en la enfermedad de su hijo, creando una relación codependiente y tóxica. Estos pasajes obtusos añaden una capa de complejidad psicológica a la historia, invitando al lector a reflexionar sobre los traumas y las cicatrices que deja la violencia.
Si bien Los Enfermos no es una novela redonda en cuanto a su estructura, su crudeza y realismo la convierten en una lectura que no dejará indiferente al lector. La novela explora temas universales como la culpa, la familia y la esperanza, de una manera que removerá las entrañas y hará cuestionar la fragilidad de la vida.