Las semanas que siguen al nacimiento son como la travesía de un desierto poblado de las nuevas sensaciones internas que asaltan el cuerpo del niño. Tras el calor del seno materno, después del abrazo que es el nacimiento, llega la soledad helada de la cuna y entonces surge una fiera, el hambre, que muerde al bebé en las entrañas. Sin embargo, lo que trastorna al niño no es la crueldad de la herida. Es la novedad, que confiere al ogro unas proporciones inmensas. ¿Cómo calmar semejante angustia? ¿Alimentar al niño? Sí. Pero no solo con leche. Hay que abrazarlo, acariciarlo, acunarlo... y masajearlo. Hay que hablarle a la piel; hablarle a su espalda, que tiene tanta sed y tanta hambre como su vientre. En los países que han conservado el sentido profundo de las cosas, las mujeres todavía conservan esta sabiduría. Aprendieron de sus madres y enseñarán a sus hijas este arte profundo, sencillo y muy antiguo que ayuda a los niños a aceptar el mundo y sonreír a la vida.
Un libro hermoso y sensible que va mucho más allá de una simple guía técnica de masajes. Leboyer logra transmitir la filosofía y el amor detrás de esta práctica milenaria que descubrió en India. Lo que más valoro es cómo el autor enfatiza el vínculo emocional entre padres e hijos a través del contacto físico. Las fotografías son preciosas y ayudan muchísimo a comprender cada movimiento, aunque a veces hubiera agradecido instrucciones un poco más detalladas. Es un libro poético y contemplativo, no un manual paso a paso. Si buscás algo muy técnico y estructurado, tal vez no sea lo tuyo. Pero si querés entender la esencia del masaje infantil como un acto de amor y comunicación, este libro es perfecto. Lo recomiendo especialmente para padres primerizos que quieran establecer una conexión profunda con sus bebés. Una lectura que te invita a desacelerar y estar presente.