Han pasado casi dos años desde que este libro estaba ahí, en espera, en el librero, un poco “al borde”. Mucho tiempo preferí dejarlo sin tocar. Impoluto.
Ya sabía hacia donde me llevaría su lectura. Y, sin embargo, se trató de una experiencia en la que pude asignarle voces a los silencios, dolor a las ausencias, frío cuando un cuerpo no existe más.
El vínculo y entramado que se estableció entre los poemas de Chantal Maillard y Piedad Bonnett es, sin duda, una forma en la que se construye el dolor, se le configura alrededor de la imagen y el recuerdo de la persona amada y, ahora, sepultada.
Poemas del duelo, del tiempo, de las cosas que se dicen, no se dicen, se ocultan, se hacen evidentes a partir de las palabras. Hablar desde la muerte del hijo, de los hijos. Construir poemas que hagan un hueco en la memoria, en la imagen que quedó.