«Con valentía y hondura, Diana Ospina Obando reflexiona en esta novela sobre la pérdida y el dolor de ser hija, al tiempo que nos entrega un relato de iniciación sobre el descubrimiento del deseo y del propio cuerpo en la adolescencia». Pilar Quintana
Una mañana, cuando las vacaciones escolares recién inician, la narradora de esta novela recibe una terrible noticia: su mamá está muerta. Ahora que han pasado más años de su vida sin su madre que con ella, decide regresar a ese lugar fangoso que es la adolescencia para reconstruir no solo ese momento que rompió su vida en dos sino el tiempo que lo precedió y las maneras en que el silencio se había apoderado de todo.
El funeral, las diligencias con certificado de defunción en mano, un padre que regresa de lejos para embarcarla en una aventura inesperada serán algunos de los hilos que tejerán el duelo de una joven de catorce años. Ella irá descubriendo las grietas del pasado, aquellos pesos que su familia y su madre cargaban, mientras va encontrando las palabras y la fuerza necesaria para nombrar esa inexplicable muerte.
Con gran destreza narrativa, Diana Ospina Obando reconstruye la mirada de la adolescente para hablarnos de heridas profundas, de soledades y silencios, de corrientes que nos arrastran a lugares oscuros sin que podamos evitarlo y del camino que toca recorrer para seguir viviendo. Una novela que conmueve y que en cada página muestra hondura y belleza.
Este es el tipo de libros que amo, narra los dolores y los silencios de la vida con una prosa tan hermosa, que pareciera que la vida es hermosa a pesar de la ausencia y de la pérdida. Y el dolor. Cuenta lo cotidiano con tanta finura que lo hace extraordinario. Y toca las fibras más profundas de tu ser, si te dejas que las toque. Todo se va acomodando de forma perfecta, como la vida misma, si le damos el tiempo suficiente para que se acomode. Lo que se barre abajo del tapete, aflora y terminas encontrando el sentido. A vivir. Y a leer.
Conmovedor es la primera palabra que llega a la mente después de leer esta historia. Es una especie de reconciliación con una pérdida a una edad demasiado temprana para asimilar en todos sus matices, pero suficiente para recordar con todos sus detalles. Haber vivido una pérdida similar a la del relato crea una forma de conexión con las reflexiones y los sentimientos que expresa el personaje y hace que su historia se perciba cercana, que haya una identidad. No estaría muy segura de que formalmente corresponde a una novela, aunque la autora logra armar un secuencia con cronología coherente, unos personajes sólidos y una trama bien estructurada, pero la riqueza del texto se ubica más en las reflexiones que en el desarrollo. El estilo de narración es cuidado, profundo y fluido.
La narradora de esta novela es una adolescente que, el día que empiezan sus vacaciones del colegio, recibe la peor noticia de su vida: su mamá está muerta. Lloré varias veces, no solo porque las palabras "muerte" y "mamá" juntas me encharquen los ojos automáticamente, sino por las reflexiones que ella hace sobre su relación con esa mamá triste en los meses y días antes de la muerte. La confusión, la culpa y la rabia son sentimientos comunes en la adolescencia, pero con un evento como el que vivió ella, se multiplican por cien. ¿Cómo no enfrascarte en pensamientos como "si le hubiera dicho...", "si hubiera hecho..."? ¿Cuáles son las reacciones "normales" en medio de un duelo? ¿Cómo vivir sin quien te dio la vida? En fin, es triste y bello... bello y triste.
Este libro es sobre una adolescente que narra un hecho que marcó su vida para siempre: la inesperada muerte de su mamá. La autora, ahora adulta y convertida en mamá, reconstruye ese momento de su vida y, más que sobre la muerte en sí, nos comparte lo que significó para ella la ausencia de esa mujer que "se supone" debía acompañarla mucho más tiempo y sobre los sentimientos y emociones que experimentó antes y después de ese hecho traumático. Es, en sus propias palabras, "mirar atrás para no temer avanzar hacia el futuro".
El silencio definitivo, la ausencia ineludible y el vacío denso que deja la muerte de una madre son algunas de las formas que toma la tragedia en “Parece que Dios hubiera muerto”.
Lejos de elevar al lector hacia un cielo mágico, la narradora lo aterriza página tras página con la certeza de esa “Desgracia impeorable” que también contó Handke en el libro sobre el suicidio de su madre. Pero tampoco es esta una madre de ensueños, abnegada y amorosa hasta el entrañable empalago; sino una mujer que padece el peso del alma humana y se hunde en la oscuridad de sí misma.
No es un libro triste ni pesimista. Es un libro necesario, una historia que se lee como si saliera de uno mismo...
Me lo leí en 2 sentadas. Me encantó pero me destruyó, el dolor de asumir la pérdida de un ser querido, sumado al hecho de explorar la maternidad de alguien con problemas mentales, lo cual tocó fantasmas de mi pasado donde en las épocas donde la depresión me dio más duro, llegué a pensar que alguien como yo no debería ser mamá, y para rematar, el hecho de ver lo que lidian los familiares de personas que mueren por suicidio, y ponerme a pensar en qué habrían sentido mis papás, familiares y amigos si aquellos intentos de hace unos años hubieran funcionado, hizo que este libro hit close to home.
4.5 Me parece un relato, increíble, profundo, doloroso, conmoverdor pero esperanzador.
Creo que todos los momentos de la vida que representan un quiebre para el ser humano, merecen ser procesados a su tiempo y sanados. La muerte es uno de ellos. Ninguno está preparado para perder a nadie, y es precisamente de lo que se trata este libro: perder a una madre cuando aún la necesitas.
Este es un relato hecho tiempo después de esa mañana de un miércoles en que todo cambió, donde el silencio y el dolor ahogado se apoderó de todo, donde habían mas preguntas que respuestas, descubrir esas grietas familiares que se fueron abriendo ante la mirada ciega de todos, el conocer a una madre por lo que dejó amigos, objetos como siguiendo pistas o armando un rompecabezas, así como la oportunidad de reconectar con un padre ausente.
Este libro lleva a la reflexión de temas como la muerte, el duelo, la salud mental, la familia, el amor, aquello sea lo que sea que nos mantiene vivos, el poder del silencio así como el poner en palabras aquello que nos duele, la magia del mar y la naturaleza para sanar, el cambio de conceptos sobre lo que es ser débil, llorar, el seguir viviendo y aún así reflexionar sobre el pasado.
Sólo podré decir que es un libro escrito de una manera hermosa, suave y tranquila pero desgarrador, fuerte, doloroso y muy, muy triste.
Diana Ospina logra que sea una adolescente la que habla desde lo más profundo de su corazón, de su alma, sobre ese dolor que siente pero que nadie sabe como abordar, sobrellevar y sobrevivir a el.
Una historia llena de imágenes y de lugares que muchos recorremos a diario y que nos pueden contar un antes y un después de un suceso que marca nuestra vida.
Existe un camino, para todos distinto, a veces más largo para algunos, entre la muerte de un ser amado y las lágrimas que anuncian la despedida. Este libro narra ese viaje desde la vivencia de una joven ante la muerte de su madre, ausencia que se entona con un mantra: “El silencio es tan grande que parece que Dios hubiera muerto”.
Diana hace una profunda reflexión en torno a un tema sumamente personal y sensible como lo es la muerte de una madre. Los porqués y la culpa que subyace a la pérdida se desarrollan de manera dulcísima, con mucha fortaleza de espíritu y con tanto amor, pero al mismo tiempo descubriendo la fragilidad de la vida. Un llamado a recordar la importancia de la salud mental en nuestros días.
Usualmente los libros que me hacen llorar no avisan el golpe. Este no fue la excepción. Sentí mucha compasión, mucho esfuerzo, tramitar una pérdida nunca es fácil y este libro me parece que da la licencia de revisarse de muchas maneras. Desde el duelo, desde la angustia, desde las decisiones fatales.
Maravilloso libro. Una novela sobre el duelo, sobre la tragedia que precede a la muerte y las ausencias. Quienes hemos perdido a nuestra madre, sobre todo a una edad similar como la narradora, sentiremos cercano el relato y las reflexiones desgarradoras. Leerse en las palabras de otra persona es doloroso pero muy revelador.
Duro pero hermosamente escrito. Que fácil es describir la hermosa Colombia cuando la tragedia esta también siempre cerca. Al final, es un libro mas de como ignoramos los síntomas de enfermedad mental en nuestra sociedad.
Una historia desgarradora, escrita de una manera tan suave que logra cautivar desde un principio al lector y entender que profundas heridas no sanan por completo pero nos acompañan en nuestras vidas para aprender y entender que hay vidas más cortas o menos fáciles de vivir y sin embargo son aprendizajes para los que se quedan.
Quiero creer que desconozco porque luego de un duelo, leer sobre más causa cierta tranquilidad en mi pecho. Es que cada uno es tan distinto en cada dimensión y a la vez tan igual en esencia... superó mis expectativas, que dolor leer esto, que triste es la perdida. Me parece desconcertante que sea parte inevitable de la vida.
Un libro con el que sentí inicialmente que no conectaba y terminó conmoviéndome profundamente. Narra desde un lugar de cotidianeidad el aspecto inexplicable (sin sentido?) de la muerte. Al final la muerte también es cotidiana.
La historia es muy impactante y la escritura, brillante y original. Me conmovió mucho. Heartbreaking but with a really beautiful note of hope at the end.
Desde la primera línea, Ospina Obando intenta sumergirnos en un mar de emociones profundas, narrando la historia de una joven que enfrenta la muerte de su madre. Sin embargo, a diferencia de obras maestras del género como La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero, que teje con maestría el duelo personal con reflexiones universales, Parece que Dios hubiera muerto se siente limitado, atrapado en la superficialidad de sus propias ambiciones.
Uno de los elementos más destacables de la obra es su intento de capturar la esencia del duelo adolescente, un tema que, sin duda, merece ser explorado con la profundidad y complejidad que requiere. Sin embargo, la narrativa de la autora carece de la sutileza y la profundidad psicológica que caracterizan a autores como J.D. Salinger en El guardián entre el centeno, donde la pérdida y la búsqueda de identidad se entrelazan de manera magistral.
La estructura del libro, aunque intenta ser innovadora, termina por desorientar más que por aportar al desarrollo de la trama o la evolución de sus personajes. En contraste, obras como Tokio blues de Haruki Murakami, demuestran cómo se puede jugar con la estructura narrativa sin sacrificar la cohesión o el impacto emocional de la historia.
En cuanto al estilo literario, esta obra se esfuerza por encontrar una voz única, pero se queda en un terreno demasiado común, sin alcanzar la poesía o la potencia lingüística de La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, donde cada frase parece destilar la esencia misma de la existencia.
La decisión de otorgarle 2 estrellas no es un acto de desdén, sino un llamado a la reflexión sobre lo que hace a una obra literaria resonar con su audiencia. La literatura, en su expresión más elevada, debe desafiar, consolar y transformar. Este libro, para mí, alcanza a vislumbrar estos horizontes, pero, lamentablemente, se queda a mitad de camino, sin lograr el impacto emocional o intelectual que promete.
Mientras que la obra de Diana Ospina Obando se embarca en un viaje a través de los temas del duelo y la pérdida, su ejecución deja mucho que desear. En un mar de opciones literarias que abordan estos temas con mayor profundidad y maestría, Parece que Dios hubiera muerto se presenta como una oportunidad perdida de explorar las profundidades del alma humana.
Preludio (non-related reseña): Esta reseña no pretende ser una reseña. No está libre de sesgos y probablemente sea una justificación más para seguir escribiendo sobre mi mamá.
Diana Ospina nunca pudo despedirse de su madre. Un día salió de casa y no volvió más. Seguramente ella no lo sabía, pero en esa puerta se marchaban todas las oportunidades de poder ver las estrellas juntas, conocer el tipo de flores favoritas la una de la otra y crecer como madre e hija. No puedo siquiera imaginar ese sentimiento sin sentir un profundo dolor en el estómago, igual de físico al que sentí cuando mi hermana me decía que había pasado lo que tenía que pasar. A pesar de mi gran ignorancia médica, yo sí entendía lo que significaba un cáncer metastásico. Sin embargo, como Diana tampoco tuve una despedida, porque no quise entender ningún momento con mi mamá como el último y, con esa última visita médica, vestido con bata, también se fueron los miles de futuros con ella que construí, incluso con mayor fuerza, pensando que íbamos a salir de esta.
Muchas veces pienso que la muerte de una madre es algo que nos conecta con quienes la hemos vivido. No hay manera humana de entender este sentimiento sin vivirlo. Tarde o temprano te alcanza. A mi papá lo alcanzó cuando tenía menos de 10 años; a mí, a los 22; y a mi hermana, a los 35. Quien dice que está preparado para esto, miente.
Nada puede ser peor ni más terrible que lo que ya ha pasado; es un intento de paráfrasis de algún apartado del libro. Cuán cierto. Recomiendo este libro, sobre todo, si has vivido algo así. Quizás el sentimiento no sea idéntico, pero haces propias algunas líneas: líneas que, para otras personas, están en otro idioma. Estoy seguro de que podrás hacerlas tuyas y encontrar reconforte en que este sentimiento se parece, a atisbos, a algo que puedes estar sintiendo o haber sentido.
Ponerle un 5, un 4 o cualquier calificación es un chiste. No me atrevería a calificar qué tan bien puedes retratar el dolor de perder a tu madre. Me cierro con un 4. Ojalá, al igual que Diana, algún día me arme de valor para juntar todo lo que he escrito sobre lo que sentí, aunque la persona que más quisiera que lo leyera ya no está.
Me impresiona mucho que no sea una novela autobiográfica, hasta donde tengo entendido. La precisión en la narración, los detalles y el poder de sus palabras me transportaron a todos los lugares que describió, me hizo ponerme en sus zapatos y sentir lo que la protagonista sentía, desde la emoción e incomodidad del primer beso hasta el dolor por la pérdida de una madre y la sensación de estar en el Tayrona escuchando el mar y tratando de dormir.
Es una novela increíble, es imposible de soltar porque se vuelve adictiva, emocionante, triste.... ¡Y uno ya sabe para dónde va! O al menos se intuye desde el primer capítulo, no hay ninguna sorpresa ni giro inesperado, solo una narración soberbia, detallada, dolorosa, emocionante.
No conocía a la autora con anterioridad, el libro me llamó la atención de inmediato por su título y la pequeña sinopsis de la contraportada, y qué buena decisión que fue comprarlo. Es una invitación a las heridas del pasado de la narradora, una joven que perdió a su madre a temprana edad y tuvo que enfrentar ese violento cambio en su realidad. Su recorrido al pasado es increíblemente reflexivo, aterrizado, emocional sin exagerar ni llegar al drama total. Todo a su justa medida sin dejar de ser tan honesto como se puede ser. Su mensaje es claro, la invitación a ver la vida y la muerte a través de sus ojos es hermosa, valiente, inspiradora.
"Eso hace la muerte, le otorga a lo cotidiano nuevas connotaciones. Hace de un momento que hubiera sido originario algo único y memorable."
Esta es una historia corta pero contundente. A veces siento que uno no escoge a los libros, si no los libros a uno, y está lectura fue una prueba. Ahora vivo en Alemania, a medio mundo de distancia de mi mamá en Colombia, y la semana pasada tuvimos un viaje juntos por Europa. Este libro llegó a mi justo al final de este viaje, cuando tuvimos que despedirnos nuevamente así que el tema aunque gracias a la vida, no es nada en la situación que estoy, esa nostalgia que el libro te transmite frente a la relación con mamá, me llegó mucho más profundo. Es un libro duro, indudablemente te toca el corazón, es para sentirse triste, para recordar que aunque las relaciones con nuestros padres muchas veces son difíciles, en muchas ocasiones deberíamos tener más presente que nunca sabemos cuándo los vamos a perder, así a veces los problemas se pueden hacer más pequeños y las soluciones más visibles. Sé que hay muchas relaciones que no se quieren / deben / pueden salvar, pero es bonito que este libro y la situación tan difícil que se narra te permite reflexionar un poco que sería de ti si al despertar ya no tuvieras más a tu madre, y si el problema o situacion que su relación está enfrentando es lo suficientemente grande para impedir que se demuestren el amor se tienen, antes de que la vida ya no lo permita...
En Parece que Dios hubiera muerto, Diana Ospina Obando nos entrega una versión suya, adolescente, confundida, perdida ante la irrupción de la muerte de su madre y la ausencia estruendosa de su padre. Va por la vida, su vida tan joven, queriendo entender las razones, guardándose las preguntas, y anhelando descifrar el enigma del “qué tal si” que ha regido sus días desde aquel momento. “En la mañana de ese fatídico miércoles escuché el teléfono sonar, pero no me paré a contestar; la empleada ya debe estar, pensé, y me di vuelta dispuesta a seguir durmiendo, aprovechando las vacaciones escolares que apenas comenzaban (…) Apenas puse el pie en el piso sentí una punzada de dolor en el pecho. Golpearon a mi puerta; quien fuera ya estaba adentro y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. “Voy, voy”, alcancé a decir mientras me ponía un saco que me cubriera un poco. Abrí. Ahí estaba mi tía con los ojos llenos de lágrimas cargando a mi primo. Me bastó verla para tener la terrible certeza de lo que había ocurrido como si de alguna manera lo supiera; quizás, siempre lo supe”.
¿Qué pasaría si un día se despide de su mamá y nunca más la vuelve a ver? En su primera novela, la escritora y crítica de cine Diana Ospina, naufraga en sus memorias de adolescente para exponer las cicatrices que dejó la muerte repentina de su madre un miércoles por la mañana.
El pasado y el presente, una casa, un viaje, los interrogantes y las pocas certezas se convierten en materia fundamental para subsistir. No son solo los recuerdos que la hija guarda en su corazón, son también aquellos relatos de personas cercanas a su mamá, cuyas palabras son fragmentos conmovedores que aclaran las dudas de la Diana adulta en su búsqueda un por qué.
“El silencio es tan grande que parece que Dios hubiera muerto” se convierte en una frase fundamental para la autora, quien la repite como un mantra frente al ataúd y resuena en el latir de los lectores. El duelo se hace más presente que nunca en las 124 páginas de este libro, que arruga los corazones y trae al presente la vida de una mujer consejera, generosa e independiente que apagó su llama en un acto de fe..
"Eso hace la muerte, le otorga a lo cotidiano nuevas connotaciones. Hace de un momento que hubiera sido ordinario algo único y memorable".
"... lo que recordamos es el relato que hemos elaborado, la historia que nos contamos para ordenar el caos aparente del pasado y así está bien, no quisiera hacer tambelear os cimientos del edificio, este que he construido con tato esfuerzo y que, bien que mal, se sostiene a pesar de las tormentas".
La narradora, una adolescente de 14 años que el día en el que inician las vacaciones recibe la peor noticia que se puede recibir, su mamá ha muerto. A partir de allí la acompañaremos durante todo lo que rodea un momento tan doloroso como este, además de estar junto a ella, tratando de entender cómo y por qué murió la mujer que debía quedarse con ella para toda la vida.
Esta bellísima y dolorosa novela nos habla de duelos, pérdidas, silencios y salud mental. Recomendado total