A primera vista, Hércules en el desierto es el divertido recuento de un reportero sobre doce de sus investigaciones más sonadas. Y la verdad es que con eso bastaría, pues incluyen disfraces, personificaciones, espionaje, recapitulaciones para dar marcha atrás, atacar desde otros flancos. Pero no para Carlos René Padilla, quien además compara cada investigación con los trabajos imposibles encomendados a Hércules para probar su fuerza y su inteligencia. Y, por si fuera poco, acomoda oportunamente reflexiones sobre el periodismo como oficio, como literatura y como industria, que resultan invaluables consejos desde el campo de batalla para quienes quieren ejercer el reporteo y para quienes sólo lo practican desde la comodidad de su escritorio:
“El manual del periodismo se escribe todos los días sobre la libreta que cargas porque tratamos con gente que no te dice la verdad, o te da su versión de los hechos, o te oculta datos por miedo a señalar algo indebido, así que tienes que aprender todo sobre la marcha. El periodismo es un oficio que muchos sueñan con ejercer alguna vez, romantizado por películas que nos venden en Hollywood, pero que al momento de empezar a patear las calles bajo un clima inclemente, horas de mal pasadas, ver injusticias en primera fila y donde todo se vuelve competencia para destacar la misma nota sobre los demás, no todos lo soportan".
Empecé a leer a Carlos René Padilla con Yo soy el araña (2019), novela que me atrapó por su estilo, humor y una forma ácida de retratar la corrupción policial en Sonora.
En Hércules en el desierto (2020) hallé varias de esas mismas virtudes gracias a que conserva la fascinación del autor por las figuras policiacas y los juegos de identidad. Durante la lectura solté más de una carcajada gracias a la dinámica y los diálogos entre el protagonista sin nombre, apodado “Hércules”, y su editor Lupillo, una especie de J. Jonah Jameson norteño.
Sin embargo, terminé el libro con cierta decepción respecto a los temas que aborda. No digo que las historias sobre vidas marginales carezcan de relevancia, pero al final nunca parecen encontrar una resolución, y el protagonista sólo convive con esos contextos desde una posición casi usuaria: intenta dotarlos de cierta consciencia social a través de sus reportajes, aunque en el fondo permanece ajeno a ellos.
A eso se suma que el autor parece evadir el tema de la inseguridad y el narcomenudeo, pese a que ambos llevan más de dos décadas marcando la vida cotidiana del norte del país. Quizás por eso me sonó tan cínico el cierre: “algunas cosas no podrán ser cambiadas ni con todos los dioses del Olimpo”.