La bestia acecha a sus víctimas de manera consciente, recordando en todo momento el poder que tiene sobre ellas. En ocasiones se trata de una simple mirada, o de unas palabras chocantes e incómodas, o de un contacto físico. En todo caso, siempre un aparente juego de poder. El dominio es a veces tan expansivo que se pueden llegar a esconder estos abusos, por temor a que la bestia caiga con todo su imperio detrás. Esta bestia siempre tiene nombre y apellidos, y una forma humana, pese a que sus actos no lo sean.
La bestia de la nueva novela de Emma Cline tiene nombre, Harvey, pero no apellidos. Esto es importante (a pesar de la manera en la que se quiera publicitar la novela), puesto que supone una declaración de intenciones: se huye del relato biográfico para focalizarse en el retrato psicológico de un condenado a la espera de sentencia. Con esta idea, en Harvey se reconstruyen las veinticuatro horas previas al dictamen que decidirá el futuro del protagonista, un hombre ya de edad avanzada que dedica su tiempo monótonamente a revisar correos, contestar llamadas, preparar proyectos y comportarse de forma patética.
El punto de partida es magnífico. Es imposible no sucumbir al morbo. ¿Quién no querría ver cómo se desmorona el castillo de naipes que ha construido una persona así? Sin embargo, no tienen que pasar muchas páginas para sentir que algo no cuadra. ¿A dónde lleva esta historia? Se pierde en anécdotas que no acaban de profundizar ni meterse en esta mente perturbada. El concepto queda claro con pocas frases y, a partir de ahí, todo es un cúmulo de sucesos que giran alrededor de la misma idea.
Emma Cline opta por huir del juicio moral, que habría sido el camino fácil para contextualizar su historia. Se agradece una narración más distante, que a su vez acierta al crear una atmósfera tensa e incómoda. Sin embargo, este envoltorio esconde un contenido vacío. Muestra a un hombre que sorprendentemente no es un villano a cada minuto del día, con escenas en su mayoría insustanciales. Mientras leía este pequeño relato, recordaba la película The assistant, de Kitty Green. Desde puntos de vista opuestos (la novela bajo la mirada del opresor, la película bajo la del oprimido y su entorno), ambas relatan una realidad desmoralizadora sin mostrarla en ningún momento. Donde la cinta ofrecía sutileza y, sobre todo, un objetivo claro, Harvey carece de todo ello, sin ningún ánimo de conseguirlo.
No puedo pensar en Harvey sin considerarlo desgraciadamente un experimento fallido. La autora se arriesga con una estructura de pequeños fragmentos (no tienen la independencia de capítulos), que puede resultar muy acertada cuando en pocas líneas o párrafos se consigue transmitir una idea muy poderosa, directa e impactante, sin necesidad de adornos. Tampoco es el caso. Muchas escenas pasan desapercibidas y, dado el escaso número de páginas, esto se acaba convirtiendo en un problema grave.
Puedo entender los fundamentos en los que se basa Harvey, e incluso aplaudo su originalidad. A pesar de ello, me quedo con la sensación de haberme encontrado con una obra que se ha quedado a mitad de camino y, en vez de meterme en la mente de la bestia, tan solo he conocido a un hombre que no me cae nada bien.