Ha publicado desde 1968 libros sobre sociología, psicología social, comunicación y semiótica, influido en un primer período por el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss y la teoría del signo de Ferdinand de Saussure (modelo binario) y luego por el pensamiento de Charles Sanders Peirce (modelo ternario), en quien se basó para desarrollar su teoría de la semiosis social (1988).
Entre 1970 y 1978 fue presidente de la Asociación Argentina de Semiótica.
Después de dos hermosos años transitados en mi carrera, terminé de leer todos los capítulos de éste libro. Y ¿qué querés que te diga, Eliseo? Deberías haber escrito un libro for dummies o para no comunicadores, así, tus teorías tan fundamentales para el desarrollo de la semiótica no se leerían en las universidades desde libros como éste: complejos, engorrosos e imposibles de dilucidar sin constante asistencia de quienes ya te han estudiado. Ojalá algún día aparezca alguien que me haga amigarme con vos, con tus milformas de definición de tejido, tus condiciones y tus gramáticas.
leyendo esto mientras tengo que dar un exámen final de semiología: no aguanto más la concha de la lora leyendo esto después de aprobar el final: Excelente obra de Eliseo Verón, gran admiradora de su trabajo como semiólogo marcando un antes y un después en la semiótica Argentina
Dos estrellas. No por irrelevante, sino por demasiado segura de sí misma.
La semiosis social funciona como una máquina eficaz para describir circulación discursiva y ordenar materiales mediáticos. Su éxito no es casual: ofrece un método claro, aplicable y reproducible —un lenguaje compartido que permite analizar desde afiches políticos hasta fenómenos de mediatización contemporáneos. Justamente por eso se volvió canon intocable en la carrera de Comunicación de la UBA.
El problema empieza cuando el método se confunde con comprensión profunda. El circuito producción/reconocimiento promete una inteligibilidad plena del sentido y termina funcionando como garantía: todo parece legible, mapeable, controlable. La teoría explica con precisión cómo se reconoce un discurso, pero no por qué se lo desea con tanta intensidad ni qué desconocimiento estructural sostiene la evidencia de lo “obvio” (esa naturalización que hace que ciertas posiciones se impongan sin cuestionamiento).
Cuando se institucionaliza como lengua experta dominante, la crítica deja de incomodar: se administra como procedimiento técnico. El sentido se estabiliza justo donde debería romperse, y la opacidad constitutiva del lazo social queda clausurada bajo capas de rigor metodológico.
Dos estrellas: una por su eficacia técnica y operatividad real; otra por la herencia peirceana que gestiona con prolijidad. Menos por lo que ocurre cuando el canon reemplaza a la pregunta abierta y la herramienta crítica se convierte en evidencia sofisticada de que “ya lo tenemos resuelto”.