Por José Villa Las propias condiciones que genera El núcleo de la tierra (seguido de El año de los psicotrópicos, ganador del premio Alfonsina Storni, organizado por la editorial Nebliplateada) hacen que la distancia entre la experiencia de la lectura y lo que uno puede explicar de ella sea muy breve y acotada. La experiencia estética a la que conduce el libro ocasiona una especie de perturbación que deviene en una duplicación, lo que pone al lector en una zona de alto contraste, de la que surge lo que llamaríamos un fantasma. El rasgo con el cual la voz rompe nos sitúa en una secuencia personal e incompleta (“Te mirás al espejo»); en una enrarecida contraoración (véase “Tres cantos a una bala”); en la puesta en marcha de un proceso de ficción (“Cruzamos la ciudad”); o en textos ajenos modulados dentro del conjunto (“En la noche helada de Treblinka…”). Se suma que la extensión o brevedad de algunas de estas proyecciones en forma de poemas, con variantes gráficas que mueven el texto hacia otro espacio de la voz, le dan al libro una idea de secuencias que pueden leerse encadenadas, y que pueden remover la opción más convencional: leer dos libros en uno, o la lectura independiente. Otro efecto de duplicación. Esta experiencia, que ya he considerado de alguna manera poco transferible, nos sitúa directamente en la poesía. En el hecho de habitar la lectura y en la acción de escribir. El lector es escritor; esta es una relación implícita en cada libro. Pero no en todos los libros se hace presente de una manera sensible: manera articulada y constante, y fundamentalmente física. Como para tantear la idea de lo físico en la lectura en estos poemas, cabe decir que los desenlaces se me hacen opacos, o signos que van cambiando de forma, o resoluciones un tanto fugaces. Es decir que la reacción física es una cuestión de goce o dilatación de los nervios principales, como dijo alguna vez un poeta, aunque también, si hubiere en ello alguna diferencia, es la composición virtual o imaginaria de las posibilidades del poema. Opacidad, transformación, fuga, son parte del proceso de El núcleo de la tierra. Se trata de efectos que la escritura produce y que la lectura, como operación mental, intenta de alguna manera organizar, recrear. Estos procesos o transiciones no se repiten buscando una retórica, no intentan convencernos de que estamos ante el volumen de una poética –o al menos no lo hacen de un modo directo– sino que más bien proyectan signos, como un mecanismo que ha buscado ir constituyéndose y que en ese ejercicio permanece en funcionamiento. El libro, con sus diferentes acotaciones gráficas, muchas de ellas epigramáticas, que implican alternancias, de voces, vacíos, sugiere una serie más constituida por episodios que por unidades. En esa trama rige cierta luz: el parpadeo de un tubo fluorescente, la luz solar que resbala sobre una planta, el resplandor de una pantalla. El reflejo, lo proyectado, aquello que produce un segundo orden, incorpora al lector como parte de la solución que integra esos fenómenos, por cierto con algo de fascinantes: “de los monitores / lo que me enamora es / es el haz de luz sobre tu cara”. Llegamos, entonces, a la instancia de ser manipulados por el artefacto que reproduce la luz; de este orden surgen visiones, con lo que ellas tienen de ficción y de hecho no resuelto, vigente; una idea hacia la cual deslizarse por el deseo, la sugerencia, la voluntad vectorizada por las palabras de sondear cierto límite:
Vibra la luz del tungsteno. Entramos. Cubiertas de auto como restos de un motín, un fuego, las cosas arrumbadas. No estamos volviendo al refugio después de una explosión nuclear, y sin embargo, en cómo vemos las cosas está la historia. Subimos al auto cumplimos los papeles que alguien nos asignó: vos del lado del volante, yo tu copiloto. En esta noche calurosa el mundo puede ser leído como una promesa pero para nosotros el tiempo es un fluido que nos atrapa. ¿Adónde estábamos yendo, qué misión íbamos a cumplir?
En este poema, y en otros, la trama ficcional desencadena alusiones a la realidad y la irrealidad, un pasaje de desmaterialización de lo real o de materialización de lo irreal, aunque para el caso es lo mismo, o podría ser de otro modo; lo relevante es el arco que la ficción establece dentro del poema: en cómo vemos las cosas está la historia. Allí es donde se produce la sombra del relato. Al fondo de todo esto al menos un hecho parece inamovible; el desgaste que provoca el tiempo, el del cuerpo, el histórico, el político, y es la materia bella la que nos hace percibirlo:
Pero acá se está bien. Estamos vivos. La sangre alimenta los músculos, la boca pide comida. Lo consideramos el Gran Beneficio. La Gran Diferencia. A veces llegan las cosas que necesitamos. Cuando empieza a colarse la nieve tapamos los agujeros con los brazos. Es hermoso verla caer encima nuestro, formar manchas húmedas, luminosas hechas de un daño sin sonido.
Vuelvo a la casa donde viví de joven. La rama del árbol cruza la ventana casi cinco metros creció, ¡diez años! Un viaje de ida, otro de vuelta y el corazón; una membrana menos flexible. Una planta crece y se convierte en algo vivo hermoso y obstinado. Una persona no, una persona crece y se convierte en una versión desmejorada de lo mismo. Antes era capaz de describir, ahora tardo meses para decir que el sol alumbra el árbol y que ese brillo, esd contacto me alcanza para certificar que estoy viva. Alguien dijo: después de los treinta se escriben los verdaderos poemas. Eso será verdad sí y sólo sí escribir se trata de reponer la distancia entre lo que esperábamos y lo que hay. En la ventana, las ramas del jacarandá sigue su camino hacia las nubes.