Si pudiera escribirle a la autora le diría:
“Qué bueno que no escribes como Arriaga, (con perdón de tu hija). Qué bueno que aplazaste la novela sobre la “otra” Irene.”
Hacía un buen rato que no me sumergía en una historia con esta mezcla de emociones, de asombro y de placer.
Leo pedacitos de mi propia vida entre las páginas de «Lo que no he dicho». ¿Cómo ocurre esa magia? Estoy leyendo la vida de otra persona (¿será todo verdad?) y me reconozco en un montón de pasajes, pero más allá de la coincidencia de anécdotas, épocas vividas, sentimientos compartidos, es la fuerza de su literatura la que crea ese vínculo incluso en pasajes y experiencias ajenos: cuando como lector te identificas hasta la médula con la historia, estás delante de una chingonería.
Escribir desde la entraña y con el corazón en la mano debería estar catalogado como un súper poder. No soy muy fan de las biografías y menos de las autobiografías o autoficciones, pero, ¡caray! qué poder y qué habilidad para tejer una historia, darle vida y envolver con palabras y arropar con emociones.
Gran homenaje a la vida, al amor y a la amistad. No hay mejor tributo que estas letras.