Un millón de dólares en el bolsillo. La policía pisándote los talones. ¿Qué harías?
Porque, en Plata quemada, de Ricardo Piglia, esa es la pregunta que define a sus protagonistas, y de la que no se puede escapar. El destino de estos hombres está marcado, pero no por el dinero ni la fuga, sino por lo que está en juego: la vida misma, que se convierte en una ficha de ajedrez en una partida fatal donde nadie sale ileso. Esto no es solo un atraco. Es violencia cruda, obsesiones febriles y una lealtad llevada al extremo. No hay héroes aquí, solo fugitivos acorralados, pistoleros al borde del colapso y un destino escrito a ráfagas de metralleta.
La historia nos transporta al Buenos Aires de 1965. Una banda de delincuentes asalta un camión de transporte de dinero para las nóminas de la municipalidad y emprende una huida desesperada que los llevará al otro lado del Río de la Plata, a Montevideo. Pero este no es un simple asalto: la mitad del dinero estaba destinada a policías y políticos corruptos que ahora los quieren muertos, lo que convierte a estos delincuentes en piezas desechables de un juego que no comprenden del todo. Aquí no se habla de víctimas o héroes, sino de hombres atrapados en su propio infierno
Y es que, aunque no conozcas la verdadera historia, enseguida intuyes que aquello no puede acabar bien. Lo que empieza como un golpe maestro se convierte en un descenso brutal hacia la locura y la paranoia, con la policía —o mejor dicho, una parte de ella— cerrando el cerco no para hacer justicia, sino para borrar pruebas. La novela reconstruye con precisión el camino sin retorno de estos hombres mientras se atrincheran en un apartamento en Montevideo, rodeados, armados hasta los dientes y consumidos por su propia desesperación.
Piglia no escribe un thriller tradicional, y mucho menos una novela policial convencional. Si hay una comparación inevitable es con A sangre fría de Capote. Ambas novelas reconstruyen un crimen real con un nivel de detalle casi obsesivo, ambas mezclan el periodismo con la ficción y ambas avanzan con el peso de un destino escrito a fuego desde la primera página. Pero mientras Capote nos obliga a mirar a sus asesinos con cierta empatía —especialmente a Perry Smith, con su infancia destrozada y su vulnerabilidad a flor de piel—, Piglia no nos da tregua. Sus delincuentes son puro fuego: violentos, paranoicos, atrapados en su propio delirio. No hay compasión aquí, solo una lealtad feroz y un código que se escribe con pólvora. Capote te invita a entender a sus criminales; Piglia te deja en medio del tiroteo sin tiempo para pestañear.
Y en esa diferencia radica toda la brutalidad de Plata quemada: una narración que huele a pólvora y adrenalina, con el pulso de un thriller tarantinesco, pero sin espacio para el artificio. Su desarrollo es frío y obsesivo, como una crónica periodística escrita por alguien que conoce demasiado bien la mente criminal. La violencia puede parecer gratuita, pero forma parte del código de estos hombres, un lenguaje que se habla con balas y silencios. Plata quemada no es solo un relato sobre un atraco, es una inmersión despiadada en la marginalidad, la locura y la fidelidad absoluta entre aquellos que saben que no tienen redención posible.
Uno de los mayores aciertos de la novela es, a mi juicio, su estructura narrativa: Piglia alterna entre una voz omnisciente en tercera persona, que nos mete de lleno en los diálogos y pensamientos de los atracadores, y la voz de un periodista, también en tercera persona, que sigue el caso para el diario El Mundo. ”El chico era un pibe de pelo crespo, con la credencial del diario donde se leía Emilio Renzi o Rienzi bien visible en la solapa de la chaqueta de Corderoy”. ¡Qué casualidad! El cronista de El Mundo es nada menos que el alter ego del propio Piglia en tantos otros libros.
Y es precisamente esta combinación la que le da a la novela una textura híbrida entre la ficción y el reportaje, creando la ilusión de que estamos leyendo una reconstrucción documental de los hechos, como si leyéramos en el periódico la crónica a pie de calle de su reportero. En algunos momentos, ambas voces se mezclan, y el efecto es brutal: la narración omnisciente se filtra en la crónica periodística, sugiriendo que la verdad no está en los hechos sino en la forma en que se cuentan. Y, además, Renzi —o Piglia en el papel de Renzi en su labor de periodista— es quien hace las preguntas incómodas a la policía: “Había que matarlos para que no hablaran. ¿De qué? ¿Hubo negociaciones? ¿Es cierto, comisario —anotaba el cronista de El Mundo las preguntas en su libretita— que algunos policías, se dice, habrían arreglado en San Fernando la fuga de los malhechores a cambio de una parte del botín?”
Pero si algo hace que la novela suene real, es su lenguaje. Piglia no embellece ni estiliza los diálogos: los atracadores, los soplones, los policías corruptos, todos hablan en la jerga del mundo del hampa. Es un lenguaje crudo, plagado de códigos, insultos y giros propios de los bajos fondos. No es solo una cuestión de estilo, sino de identidad: estos personajes no podrían hablar de otra manera sin perder credibilidad. Sus palabras reflejan su forma de pensar, sus lealtades y su manera de ver el mundo. Y ahí es donde Piglia brilla, porque no traduce ni adapta para el lector; nos mete de lleno en ese universo y nos obliga a entenderlo en sus propios términos.
El estilo de Piglia aquí es brutal, seco, sin barroquismos. No hay espacio para sentimentalismos ni para girar en círculos: cada línea te golpea como un puñetazo. La violencia no está solo en los hechos, sino también en el lenguaje: cada palabra es como un disparo en la cara. Y esa crudeza, esa forma despiadada de hablar, es lo que le da credibilidad a todo lo que pasa. No estamos en un mundo idealizado, no estamos en una novela donde todo se explica y se justifica: aquí, las amenazas, los insultos y las órdenes son tan afiladas como las balas. No hay poesía en estas voces, solo pura supervivencia. No lees la historia: la hueles, la oyes, la sientes en la piel como el olor a pólvora después de un disparo.
Pero más allá de la violencia física, hay otra que se va filtrando poco a poco: la locura. No la locura teatralizada ni la de manual psiquiátrico, sino la que crece en espacios cerrados, en mentes paranoicas, en la certeza de que el mundo está podrido y el único camino es la destrucción. Piglia nos mete en la cabeza de estos tipos hasta que sentimos el aire viciado, el sudor frío, la desesperación que los lleva a cruzar todas las líneas. Y lo más inquietante es que consigue que llegamos a entender cómo piensan, que leamos lo que subyace en sus mentes.
Ahora, hablemos de estos tipos, de esos criminales tan crudos como la ciudad que pisan. Plata quemada no es solo una historia de delincuentes, es la historia de una masculinidad rota, esa que se mide en violencia, en coraje mal entendido, y en la idea de que morir matando es la única manera de ser valiente. Dorda y Brignone, el Gaucho y el Nene, no son héroes, pero Piglia, con su mirada fría y certera, consigue que entendamos la tragedia detrás de sus ojos. Y ahí está la clave: Plata quemada no es un relato donde el mal se enfrenta al bien. No, aquí el caos y el orden chocan en un baile macabro donde no hay salvación. Ambos lados están perdidos, en su propia oscuridad, y Piglia lo muestra sin ningún juicio, sin pretender salvar a nadie.
Entre tanto fuego cruzado, hay algo que brilla más que las balas: la relación entre El Nene y El Gaucho. No es un detalle menor ni una insinuación velada, es una historia de amor sin sentimentalismos, tejida con lealtad, deseo y violencia. En el código de estos tipos, querer a alguien es estar dispuesto a matarse con él. Y ellos lo están. No hay concesiones románticas, no hay discursos, solo el vínculo brutal e inquebrantable de dos hombres que saben que no tienen un lugar en el mundo más allá del otro. En un universo donde la traición es la norma, ellos eligen ser fieles hasta la muerte. Y vaya si lo cumplen.
Y el final... ese final. En un tiroteo que se convierte en la lucha por la vida y la muerte, Piglia nos enfrenta a la brutal realidad de sus personajes. Dorda, ese criminal cuyo último aliento lo muestra vulnerable, se aleja de la imagen del monstruo, pero no te engañes: no es compasión lo que sientes. Es una sacudida brutal, el recordatorio de que incluso los más duros, los más perdidos, tienen algo humano. Piglia no busca conmoverte ni tu empatía. Lo que te da es una verdad incómoda: en este mundo, nadie tiene redención.
Porque lo más aterrador de Plata quemada no es la sangre ni la pólvora, sino la certeza de que no hay escapatoria. Es una novela donde el destino está escrito desde la primera página, donde cada decisión es un paso más hacia el abismo. Piglia no da tregua: su narración es tensa, asfixiante y sin concesiones. Para cuando llegas al final, no hay alivio. Solo fuego, solo humo, solo cenizas. Quemar el dinero no es solo un acto de locura o de furia: es el último grito de quien ya no espera nada. No hay botín, no hay recompensa, no hay escapatoria. Plata quemada no es solo un título: es el destino inevitable de todos los que se atrevieron a jugar esta partida. Y cuando cierras el libro, el olor a billetes chamuscados sigue en el aire
¿Es Plata quemada una historia real? La contraportada, y el propio Piglia en el epílogo, dicen que sí, pero si eres de los que se preguntan hasta qué punto la realidad se mezcla con la ficción, prepárate para un juego de espejos. En este caso, Ricardo Piglia nos da el mapa y, justo cuando creemos que estamos por llegar al final del laberinto, nos invita a salir por una puerta secreta. El caso policial de 1965, que la novela asegura ser real, es en realidad una mezcla de hechos auténticos y pura invención, porque claro, ¿quién no ama una buena historia que juega con nuestras expectativas? Lo que importa, al final, es la ‘verdad’ literaria que el libro nos ofrece, no los datos fríos. Y si no te convence, tranquilo: la novela está construida para que te olvides de lo real y te adentres en un territorio mucho más tentador: el de la ficción hecha arte.
Porque, ¿qué más da si todo ocurrió exactamente así? Plata quemada no es solo la historia de un crimen. Es una novela que se siente real hasta en su última línea, que te deja con el pulso acelerado y una sensación de asombro difícil de sacudir. Un viaje a la locura, la lealtad y la violencia donde, cuando todo termina, lo único que queda es el olor a pólvora y billetes ardiendo.
Así que dime, ¿qué harías con un millón de dólares y la policía pisándote los talones? Porque en esta historia, la única respuesta posible es prenderle fuego y ver cómo todo arde. Sí: plata quemada.