Nota: 4 sobre 5
Premisa:
Arnau retoma el contacto con Aurora, su hija, tras años separados. Con el paso de los días viviendo juntos, ambos aprenden a conocerse y a quererse desde un extraño punto de partida. Comprenderemos el porqué de algunos silencios y vacíos al echar la vista atrás, recuperando pesares y terremotos del pasado de Arnau, cuyos desperfectos fueron predestinados a cimentar su presente.
Opinión:
Disfruto mucho cuando puedo comenzar una novela sin tener ni idea del argumento ni de su temática. No suelo conseguirlo, pero, si sucede, atesoro el momento al máximo: su potencial se agita esperando respuesta en la antesala de un posible flechazo. La experiencia puede ser aún más especial cuando la novela constituye un enigma en sí, cargada de tensión implícita, que espera desvelar sus secretos en el momento oportuno. No imaginé que encontraría este tipo de viaje al leer esta novela, por lo que ya imagináis el resultado.
Laia Viñas nos presenta la relación entre un padre y una hija que prácticamente son desconocidos, tratando de recuperar parte de lo que recuerdan, aunque en realidad tengan que construir su vínculo desde cero. Un punto de partida cargado de esperanza, pero también de recuerdos y vacíos. Un peso que, aunque intente pasar desapercibido, se sostiene en el ambiente, aumentando su densidad y enturbiándolo sin dejar evidencias.
A través de una estructura fragmentada, revivimos acontecimientos del pasado de Arnau: una infancia marcada por las consecuencias de la posguerra. Un contexto cuya impronta es tan intensa que pasa a formar parte de la personalidad de quienes lo habitaron. Esta vuelta atrás aparece con tanta frecuencia que llegamos a percibir su presencia como un flujo natural de pensamientos, aunque inicialmente genere un poco de desconcierto.
A medida que se desarrolla el relato, los vacíos comienzan a desaparecer y la imagen final adquiere forma y consistencia. Tú, mientras tanto, vas conteniendo cada vez más la respiración y anticipando un desastre que parecía imposible. Todo está dosificado con precisión, favoreciendo que podamos atisbar la dimensión de lo que nos está contando. Porque, en ocasiones, para valorar el calado de una realidad, es necesario haber recorrido el camino que se transitó para alcanzarla.
Quedé más conmovida que sorprendida y no vi venir el desenlace. Quizá porque nos lleva a poner el foco en los detalles importantes, en la evolución de un vínculo que siempre nos devuelve a nuestros referentes. Pero, tal y como pasa en la vida, los árboles no siempre nos permiten ver el bosque hasta que se adquiere la perspectiva adecuada.