Elle a passé la nuit avec un homme et est venue se présenter à la police. Alors ce dimanche matin, au deuxième étage du commissariat, une enquête est en cours. L’haleine encore vive de trop de rhum coca, elle est interrogée par le Major, bourru et bienveillant, puis par Jeanne, aux avant-bras tatoués, et enfin par Carole qui vapote et humilie son collègue sans discontinuer.
Elle est expertisée psychologiquement, ses empreintes sont relevées, un avocat prépare déjà sa défense, ses amis lui tournent le dos, alors elle ne sait plus exactement. S’est-elle livrée à la police elle-même après avoir commis l’irréparable, cette nuit-là ?
Inspiré de l’histoire de l’auteure, De mon plein gré est bref, haletant, vibrant au rythme d’une ritournelle de questions qui semblent autant d’accusations. Mathilde Forget dessine l’ambiguïté des mots, des situations et du regard social sur les agressions sexuelles à travers un objet littéraire étonnant, d’une grâce presque ludique. Il se lit comme une enquête et dévoile peu à peu la violence inouïe du drame et de la suspicion qui plane très souvent sur sa victime.
Un relato breve pero que deja poso sobre una violación y la violencia institucional que la sigue al atreverse una a contarlo y denunciarlo; sobre el cuestionamiento a las víctimas como si fueran culpables de un crimen.
Escuché a la autora hablar del libro y la verdad es que el planteamiento me atrapó (con la inspiración en El proceso de Kafka, etc), pero creo que me ha acabado gustando más la idea de lo que iba a ser que la ejecución en sí misma, como que no lo he sentido logrado del todo, redondo. Quizá no me haya convencido la traducción (?), no estoy segura.
No se puede decir mucho sin desvelar el final. La forma en la que está escrito no es de mis favoritas, por la cantidad de oraciones cortas que componen la narración, pero entiendo su función. El relato tiene una lógica ilógica impecable, no dudas en ningún momento de que la autora podría estar contando en realidad algo que le ha sucedido a ella o a cualquier mujer. Con muy pocas palabras es capaz de hacer que entiendas perfectamente lo que hay en la cabeza del resto de personajes que aparecen en la historia, quizá porque empezamos a estar más acostumbradas, por desgracia, a cruzarnos con ellos por el mundo y hemos aprendido a identificarlos a partir de cuatro tropos.
Por no ahondar en el contenido, destacaré lo precisas que me han parecido las escenas de espera en la comisaría; detalles sin importancia aparente en los que la protagonista pone todo su interés, la torpeza del policía a la hora de mecanografiar o los patrones que traza mentalmente mientras mira las manchas del suelo.
Es un libro que hay que leer sin saber de qué va, porque incluso cuando parece que lo sabes, resulta que no.
«El cuerpo es un lugar del que nunca te vas. Puedo irme de una ciudad, de un país, dejar a una persona, o alejarme al menos. Pero cuando el acontecimiento ocurre en el cuerpo, en su interior, en el fondo de las tripas, estás condenada a vivir con él».
Corto, conciso y desconcertante a la vez. Perspectiva muy interesante, y crítica, respecto a una denuncia por violación: la mujer es la culpable, denunciar es el crimen.
empiezo el libro sabiendo que critica la violencia institucional cuando se denuncia una violación, y sin embargo, tengo todo el libro la misma sensación: ¿pero qué ha hecho ella? ¿ha matado al agresor? ¿realmente no ha habido una agresión? y me doy cuenta de que ese es el punto del relato. no se trata tanto del contenido sino de las sensaciones que produce en quien lo lee. un libro corto pero directo, que narra la violencia sin hacerla explícita, y te hace sentir lo mismo que sienten las víctimas cuando denuncian: culpa, vergüenza, confusión, miedo, indefensión, incluso sabiendo que la víctima eres tú. la violencia (no solo física) que atraviesan las violaciones no termina con la agresión, sólo es el comienzo si se decide denunciar. mientras siga vigente un sistema policial y judicial que utiliza eternos y repetidos interrogatorios revictimizantes escudándose en la necesidad de “contrastar el testimonio”, la culpa será el eje de esta vivencia (que, por cierto, no tiene que ser necesariamente traumática por sí misma). leedlo!! (como único pero, la traducción un poco regulera a veces)
«Si tuviese que llorar por lo que la violación destruyó dentro de mí, lloraría toda la vida. Así que lloro cuando se me cae al suelo la tostada del lado de la mermelada. Lo que perdí aquella noche es inenarrable, así que si, voy a llorar por mis vaqueros favoritos. Porque hacer el duelo de lo semana podría matarme. Al menos al principio. Puede que lo que perdí aquella noche se llame ligereza. En un principio prefiero pensar que tendré que aprender a vivir sin mis vaqueros favoritos en vez de sin ligereza.»
Autobiografía de una violación, sin paños calientes y sin autocompasión. Una lectura espeluznante por cómo cuenta lo que cuenta, desde el total desamparo ante las autoridades, incomprensión ante gran parte de la sociedad y miedos múltiples que la protagonista va encarando como puede. Está muy bien escrita, desde dentro, narrando un hecho tan traumático de manera bastante aséptica, centrándose no tanto en lo físico en sí, que también, si no en toda la devastación que arrastra algo tan bestia como una violación. Y en las reacciones del resto de actores del drama, desde la serie de policías que le toman declaración a l@s amig@s que la ayudan, sin querer juzgar demasiado pero dejando caer por su propio peso la cantidad de contradicciones que genera todo esto: exposición de los hechos una y otra vez; exigir a la víctima una defensa que no tendría ni que imaginarse; falta de empatía con casos así… Corta pero gran narración sobre hechos leídos mil veces pero con matices nuevos que estremecen y acercan un poquito la realidad de las víctimas al resto de la sociedad.
“Je n’ai tué personne. Mais il va falloir me defendre car je suis coupable. Sans victimes déclarées, les crimes n'existent pas. En le revelant, je suis coupable de faire exister le crime.”
Por voluntad propia, novela corta de Mathilde Forget, se presenta a primera vista como un cuento incisivo que explora las entrañas de un sistema judicial y social implacable, donde la burocracia opresiva no solo falla en su función protectora sino que se convierte en prisión para quienes deberían ser amparados. La historia gira en torno a una joven que, tras sobrevivir a una violación, decide entregarse “por voluntad propia” ante las autoridades. Sin embargo, este acto, que podría interpretarse como búsqueda de justicia o liberación, se convierte en el detonante de una pesadilla marcada por la culpa impuesta, la confusión interna y el rechazo tanto institucional como personal.
Desde su primer encuentro con la comisaría, Forget establece un ambiente de desconcierto y paradoja. La protagonista misma cuestiona su identidad y el significado de su entrega, desplegando una tensión palpable que se alimenta de la contradicción entre víctima y culpable. El título es ya una declaración de intenciones cargada de ironía: la expresión “por voluntad propia” suele reservarse al agresor que reconoce su crimen, pero aquí es la víctima quien usa esas palabras, revelando una inversión cruel del sistema que juzga y condena más a las personas que a los hechos mismos. La confesión lapidaria de la protagonista —“Soy lo que los demás piensan de mí. No. Soy lo que pienso que los demás piensan de mí. No. Soy lo que yo pienso de mí. Y no pienso nada bueno.”—, revela esa fractura de la subjetividad, donde el peso del estigma mina cualquier posibilidad de autovaloración.
La prosa de Forget transita entre la suavidad y la ira contenida, reflejando la complejidad emocional de una joven que enfrenta no solo el trauma de la agresión sino también el brutal rechazo de una sociedad marcada por la intolerancia y la falta de empatía. La novela hace una crítica frontal a un entramado institucional burocrático que se limita a levantar “muros de humo” para ocultar la verdad y perpetuar un mecanismo de violencia latente. En este sentido, la influencia de El proceso de Kafka es clara: la angustia existencial y lo absurdo se conjugan para retratar un sistema que condena sin razón, que presuponen culpable a quien simplemente existe o tiene la osadía de denunciar.
Uno de los momentos más potentes ocurre cuando la narradora aclara que no ha cometido homicidio, pero sí un “delito”: haber revelado la agresión sufrida. “No maté a nadie. Pero tendré que defenderme porque soy culpable. Sin víctimas declaradas, no hay delito. Soy culpable de que el delito exista porque yo lo he revelado.” Esta frase sintetiza la denuncia central de la obra: la revictimización y criminalización de quienes buscan justicia. En ese laberinto cerrado y opresivo, marcado por espacios reducidos y tensos, la protagonista vaga entre intermediarios insensibles que lejos de escucharla, la silencian.
La ruptura constante de identidad que experimenta la joven no solo es producto del sistema, sino también de un entorno social hostil. Su orientación sexual es otro punto de conflicto, un elemento que añade capas de marginalidad y reforzamiento del estigma. La autora pone en evidencia cómo los discursos de poder moldean la percepción pública y provocan heridas emocionales profundas. La máxima “Presuponen, luego existo” refleja la imposibilidad de ser vista sin prejuicios, sin etiquetas que distorsionan la realidad.
Quizá uno de los aportes más complejos de Por voluntad propia sea la tesis radical sobre la “culpa heredada”. A partir de una lectura kafkiana, Forget sostiene que en el sistema patriarcal las mujeres nacen ya marcadas por la culpabilidad. El comentario final de la protagonista al comandante —“… dígale a su hija que es muy peligroso denunciar cuando eres culpable. Dígale también que nació culpable.”— funciona como un símbolo inquietante de este legado histórico. No solo se trata de que la víctima sufra la agresión y el daño inmediato, sino que herede una culpa intergeneracional vinculada a su género y existencia misma.
A nivel narrativo, la obra se sostiene en esta atmósfera de inquietud, incomodidad y cuestionamiento. Para mí, aunque reconozco y valoro la valentía de Forget al abordar temas tabú con integridad y profundidad, el texto no logró conmoverme o atraparme del todo. La incomodidad persistente, las preguntas irresueltas y la sensación de vacío pueden entenderse como parte del propósito de la autora: plantear un relato que no ofrece consuelo ni respuestas fáciles, sino que invita a la reflexión incómoda y al silencio culpable que todos compartimos.
Por voluntad propia es, entonces, mucho más que un testimonio sobre violencia y justicia; es un espejo donde se refleja la crueldad institucional, la fragilidad de la identidad y la herencia oscura de la culpa femenina en una sociedad patriarcal. La novela de Mathilde Forget consigue así mantenerse como un llamado urgente a la transformación, una denuncia poderosa que desestructura el silencio y obliga a mirar de frente lo que muchas veces preferimos ignorar. En esa misma incomodidad reside quizá la fuerza mayor de esta obra inquietante y necesaria.
Un relato llamativo, complicado, real. Lo que más me ha gustado es cómo poco a poco se va descubriendo y a la vez cuestionando quién es el culpable. “Soy culpable de que el delito exista porque yo lo he revelado”.
No sé si Por voluntad propia es un gesto de precisión feroz o un mecanismo construido para que el lector sospeche esa precisión incluso cuando no termina de entender qué acaba de leer. Esa duda no desapareció al cerrar el libro. En parte porque Mathilde Forget no concede demasiado tiempo para acomodarse dentro de su propuesta: la desborda, la fragmenta y la arroja hacia adelante sin pedir permiso ni disculpas.
La narradora llega a una comisaría para declarar, pero habla y se comporta como si hubiera ido a entregarse. Ese desplazamiento es lo que más me quedó de la novela: una mujer que ha sufrido una agresión acaba examinándose a sí misma como posible culpable. No necesita que nadie formule una acusación completa; ya ha interiorizado las preguntas, las sospechas y el escrutinio. La policía intenta reconstruir una secuencia verificable, mientras ella busca algo mucho menos ordenado: comprender qué ocurrió dentro de un cuerpo y una conciencia que ya no responden según una cronología limpia.
Una frase condensa bien esa contradicción: «aunque no dudaba de la belleza de mi descubrimiento, ahora tampoco dudaba de su fealdad» (p. 33). Me interesa esa mirada porque la lucidez no aparece como alivio. Descubrir algo sobre un mismo también puede significar encontrar una forma nueva de horror. En esta novela, comprender no repara: a veces solo permite ver con mayor nitidez la dimensión del daño.
La comparación con El proceso, de Franz Kafka, resulta casi inevitable, pero no únicamente por la comisaría o por la maquinaria institucional. La resonancia está en la manera en que la culpa precede a cualquier delito demostrado. La narradora intenta explicar lo que le hicieron y termina defendiendo su propia conducta, su memoria, su sexualidad y hasta la disposición de su cuerpo. Como en Kafka, la institución no necesita declarar abiertamente que alguien es culpable: basta con obligarlo a hablar desde esa posición.
La escritura reproduce esa experiencia mediante cortes, reiteraciones, asociaciones súbitas y frases que parecen llegar antes de que uno haya podido comprender la anterior. Ahí está tanto la fuerza como el límite del libro. La forma fragmentaria transmite una conciencia sometida a presión, pero también mantiene al lector a cierta distancia. No me dio tiempo de saborear la prosa ni de permanecer demasiado en sus hallazgos; apenas empezaba a reconocer una imagen cuando la novela ya había saltado hacia otra. La brevedad intensifica el desconcierto, aunque por momentos también parece utilizarlo como prueba automática de profundidad.
Por eso no es un libro que se entregue con facilidad. Forget no organiza la experiencia para volverla cómoda ni ofrece una interpretación estable de cada gesto. Incluso frases como «Ahora mi está precintado» producen una resistencia que no siempre pude distinguir: no sabía si estaba ante una torsión deliberada del lenguaje, un efecto de traducción o una opacidad que la novela esperaba que yo aceptara como parte de su lógica. Esa incertidumbre puede ser estimulante, pero también desgasta la relación con el texto.
Lo más sólido está en la inversión de responsabilidades. La novela muestra cómo una víctima puede terminar buscando dentro de sí misma la explicación del delito, como si haber estado allí, haber bebido, haber acompañado a alguien o no haber reaccionado de la manera correcta constituyera una forma de participación. La agresión no termina cuando el agresor desaparece: continúa en la necesidad de producir un relato coherente y convincente para quienes deciden qué versión merece ser reconocida.
Cuando terminé Por voluntad propia me di cuenta que no iba a resolver la duda inicial. Quizá su forma quebrada sea exactamente la que necesitaba esta historia. Quizá, en algunos momentos, también confíe demasiado en que la dificultad será confundida con hondura. Entre ambas posibilidades queda una novela que me interesó más de lo que consiguió conmoverme, pero que encontró una imagen difícil de desalojar: la de una mujer que entra a denunciar y descubre que ya se había sentado, sin saberlo, en el lugar de la acusada.
No hay fuente mas útil para entender un delito que la que puede aportar la víctima, pero siempre es olvidada en el proceso y tratada simplemente como objeto en el que recae el hecho. En una peor situación siempre se encontrarán las mujeres, quienes parece que siempre deberán obediencia a los hombres.
Es ridícula la lentitud del proceso y la carencia de personal formado y sensibilizado en temas de agresión sexual. No es un relato aislado, es lamentablemente lo de siempre, no vemos esfuerzo por el cambio de esas concepciones erróneas en las que se sigue basando el tratamiento de las víctimas.
Vivir una experiencia traumática obliga a las víctimas a reestructurar todo lo que daban por sentado, lo que pensaban que eran y lo que esperan del mundo y de la justicia. A parte del suceso, tienen que enfrentarse a una revictimización por parte de los operadores que supuestamente deben protegerla. El libro muestra el por qué de la existencia de la gran cifra negra de denuncias y el contexto por el que cabe el desistimiento del proceso.
Creo que el tratamiento de los delitos, sobre todo los que son contra las personas y de los que pueden derivar consecuencias psicológicas graves, debe ser interdisciplinario y diverso, siempre ajustándose a las necesidades de la víctima. Nos olvidamos de que son personas individuales y no un simple número para las estadísticas.
Fascinant la mirada cristal·litzadora de l’autora sobre un tema encara tan controvertit. Una de les novel·les més acab que he llegit.
Em quedo amb la frase: “La brigada del tigre es impresionante, sí. Pero esto no quita que estos dos, con el mono blanco, parecen más algodones de azúcar que felinos.”
Compartim el mateix tipus d’humor. En aquest cas s'agraeix ja que et permet respirar dins d’una narració tan colpidora. El final m’ha deixat amb el cor encongit. La recomano molt.
"el cuerpo es un lugar del que nunca te vas. puedo irme de una ciudad, de un país, dejar a una persona o alejarme al menos. pero cuando el acontecimiento ocurre en el cuerpo, en su interior, en el fondo de las tripas, estás condenada a vivir con él"
L’autora troba la manera de transmetre la desconfiança que sent la protagonista al denunciar els fets a través d’una narració que porta al lector a desconfiar també de la protagonista. És així com crea una històra dura però que alhora et convida a seguir llegint per acabar descobrint la veritat.
Desde fragmentos que reconstruyen el trauma sin enunciarlo, este brevísima novela aborda la violación sexual sufrida por la autora a partir de una estructura muy similar a Mira esa chica de Cristina Araujo. Me parece valiosa la forma en la que señala lo inevitable que es continuar habitando un cuerpo violentado.
Es muy de huérfana eso de querer casarse.Es verdad, me atrae mucho la idea de que alguien tenga que hacer trámites administrativos antes de poder abandonarme
La forme n'est pas toujours agréable car le récit disgresse souvent, mais ça montre surtout les conséquences de ce qu'elle a subi et comment les victimes sont (mal)traitées, même quand les policiers ou l'entourage ne le font pas volontairement.
Un relato en forma de metáfora para denunciar el bochornoso e incompetente sistema judicial al que se enfrentan las mujeres víctimas de violencia sexual: ¿Cuánto puede llegar a cambiar un suceso dependiendo de la dirección y el enfoque dado a la narración de los hechos?