A pocos libros les doy 5 estrellas, cuando lo hago, es porque lo considero perfecto. Pero apenas 2 o 3 libros me han gustado tanto como este y si pudiese le daría 6 estrellas. Para los que disfrutamos y llenamos nuestro día con geopolítica, geografía, historia y todo lo relacionado con las Relaciones Internacionales, Jerusalén, Santa y Cautiva es lectura obligatoria.
Desde 2015, ya empezada la Guerra Civil Siria, empecé a interesarme por el conflicto que se desarrollaba en el país y seguidamente de los que llevaban años minando naciones como Afganistán, bien llamado “Cementerio de Imperios” y sobre todo, Palestina. Aunque recibimos constantes bombardeos de información sobre el conflicto entre Israel y Palestina, sobre todo en los últimos dos años, es difícil para quien no conoce las raíces del conflicto, entender la propia esencia del mismo. La situación geográfica y demográfica en la zona es un completo caos que requiere muchas horas de información para llegar a hacerse una mínima idea de lo que pasa en la región y Jerusalén es el mejor ejemplo de ese caos demográfico para empezar a indagar. Como Mikel menciona al principio del libro, Jerusalén es una tierra en la que inevitablemente el pasado se come al futuro, y es por ello que sin conocer la historia, no se puede conocer Jerusalén.
Esperaba encontrarme una lectura que fuese una descripción más de la ciudad de Jerusalén en la que el autor se basase simplemente en explicar cuál es el conflicto, historia, beligerantes, etc. Pero te acabas topando con un relato en el que Ayestarán plasma de primera mano como es la vida en la Ciudad Vieja, desde su punto de vista como vecino del barrio de Musrara pero también desde el punto de vista de varios personajes que viven en Ciudad Santa, cristianos, musulmanes y judíos. La descripción tan detallada de sus calles, algunas como Al Wad, arteria que conecta con el Muro y Al Aqsa, o el zoco de Khan Az Zait, por donde se accede al Santo Sepulcro, las vistas desde el Monte de los Olivos desde donde se divisa la Cúpula de la Roca en la Explanada de las Mezquitas, el cementerio judío que discurre por su ladera o una simple descripción de como se elabora el café turco, patrimonio inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, hacen que te tomes este libro en parte como una guía de viaje. Y en relación con esto, si ya de por sí Jerusalén era para mi un destino muy deseado, ahora mismo es un objetivo fundamental.
Los testimonios de distintos jerosolomitanos, tanto cristianos, como palestinos y judíos, son fundamentales para entender como la gente vive el conflicto en su día a día sin importar lo que pase en los despachos de Washington o Tel Aviv. Sobre todo destacando las palabras de cristianos y palestinos, los más perjudicados por las pretensiones imperialistas de la ocupación israelí, pretensiones que lejos de promover un escenario de tolerancia y convivencia, promueven la desaparición y censura del resto de religiones en la Ciudad Vieja. Los cristianos como un grupo de comunidades (griegos, armenios, coptos, etc.) que poco a poco son desplazados de sus barrios y limitados por los pocos recursos que tienen para mantener sus templos y activados, y los musulmanes que ven como la maquinaria israelí poco a poco se apodera de las casas de su barrios por parte de los judíos más radicales o sufren la crispación por parte de la policía y el ejército en las calles. Censura que se materializa en casos como el del librero Mahmud Muna, analista del conflicto que hace unos días (del presente 2025) sufrió la detención y parcial desmantelamiento de su Educational Bookshop, la librería con el mayor catálogo de Jerusalén sobre el conflicto. Como uno de los judíos entrevistados para este libro dice —Esta tierra nos pertenece y tenemos una dedicación ideológica a nuestra causa. Lo hacemos por el judaísmo; es una misión divina. No hay distancia que pueda frenarlo. — o estás otras líneas que suenan con el mismo peligro —La única solución pasa por derribar la Cúpula Dorada cuanto antes y levantar el Tercer Templo. Cuanto antes lo hagamos, mejor. Es un asunto prioritario y la única forma de acabar con el conflicto.— Primero ocupar, después desplazar para acabar arrasando con miles de años de historia palestina y cristiana. Esa es la solución que proponen algunos extremos, soluciones que cada vez son más aceptadas por el Estado de Israel y que poco a poco se van poniendo en práctica.
Está claro que la historia de Jerusalén es eterna y complicada. Puede que no lleguemos a ver nunca el final del conflicto, porque donde opera la religión, muere la razón, y Jerusalén es Ciudad Santa por muchos motivos, los mismos que hacen que el conflicto sea inherente al desarrollo de la ciudad. Puede que veamos la desaparición de Palestina, o por lo menos una ocupación plena, pero eso no acabará con la causa nacional por la que decenas de miles han muerto y decenas de miles más lo harán por el mismo motivo. Mientras Israel, quien tiene la llave para desbloquear el conflicto, no haga el más mínimo movimiento hacia una paz verdadera, el conflicto seguirá. Para cerrar la reseña añado esta parte que aparece en el libro y que resume a grandes rasgos lo mencionado anteriormente: —Si los israelíes quieren toda la tierra y ser a la vez un Estado democrático, este Estado no será judío. Si, por el contrario, buscan crear un Estado judío en todo el territorio, este no podrá ser democrático. El deseo por la tierra fuerza este pulso entre democracia y religión y, por ahora, la balanza se inclina a favor de la religión, como ocurre en el resto de Oriente Medio. La religión manda.—