***ESTA RESEÑA TIENE SPOILERS***
Mucho se ha escrito y hablado sobre el amor entre personas de diferentes esferas sociales. En la música, José Alfredo Jiménez lo hizo en Vámonos, Rubén Blades en Ligia Elena y hasta Selena con Amor Prohibido. ¿Cómo darle la vuelta a un tema tan tratado?
Desde el principio sabemos que la historia de amor terminará en violencia. Vemos a una mujer herida, huyendo de agresores armados sin que nadie salga a defenderla. Alguien le apunta con una pistola y le dice “Hasta aquí llegaste, pendeja”. No es difícil intuir que se trata de Marina Longines, la coreográfa protagonista que pertenece a la clase alta. El secreto estará en saber cómo y por qué se llegó a esa situación.
Tengo muchas cosas qué decir de Salvar el Fuego.
En varias entrevistas, Guillermo Arriaga ha mencionado que después de leer a Martín Luis Guzmán se dio cuenta que entre escritores y lectores hay distintas especies, y que entre esas especies yace un abismo enorme. Me considero parte de la misma especie de Arriaga, que es similar a la especie de Juan Rulfo, William Faulkner, Guzmán, Hemingway, entre otros. Autores en cuyas historias siempre están pasando cosas. Si el mundo estuviera recién creado y hubiera que nombrar un destello en el cielo oscuro, Arriaga diría “está relampagueando”. Otros se pondrían a describir al relámpago.
Para mí, ese es el gran acierto de Salvar el Fuego. La interminable lista de sucesos que le ocurren a los personajes no permite que uno suelte el libro. Una novela de casi 700 páginas que en ningún momento parece aburrir. Incluso, pensaría que muchos detractores de la novela fueron incapaces de abandonar la lectura, aunque sea para confirmar su criterio. No se pierde el interés sobre el destino de los personajes. La tensión está muy bien construida, y llega a su punto máximo a partir de la batalla entre policías federales y reos por el control del penal hasta el final mismo de la novela.
Arriaga sabe transmitir emociones y sensaciones por medio de su escritura. En Salvar el fuego, podemos oler la cárcel. Sentir el miedo como si el lector también fuera un preso caminando por los pasillos envueltos en tenebra, volteando a cada rato para cuidar que no lo acuchillen. Sentimos el aguacate usado para esconder armas punzocortantes, la sangre que José Cuauhtémoc lame en su primera noche junto a Marina. Palpamos la miseria de los presos, la humedad en los muros. Cuando Marina llega por primera vez a los deplorables cuartos que se usan para las visitas conyugales, estamos a su lado viendo las cucarachas, las moscas revoloteando alrededor del foco y la sucia colcha con estampas de personajes de Disney.
Otro acierto de Salvar el Fuego es que hizo cuestionarme varios prejuicios propios. Constantemente me ponía del lado de los personajes que increpaban a Marina por su relación amorosa con José Cuauhtémoc, compartía los cuestionamientos a sus decisiones. De alguna manera, me ponía el saco de los “burguesitos” molestos con la valentía de Marina. Yo también habría reaccionado como Alberto Almeida lo hace con ella al final, con todo ese enojo, después de enterarse de todo el escándalo que ella provocó. Al final, Marina siempre estuvo en lo correcto. El corazón tiene razones que la razón no entiende, dijo Pascal con mucha razón.
Otro prejuicio que me confrontó fue el aspecto físico de José Cuauhtémoc. Pensaba: ¿No hubiera sido más disruptivo que JC no fuera rubio ojo azul sino moreno? ¿Qué en vez de ser alguien con conocimiento de todo, tuviera limitaciones y que a pesar de ellas lograra que Marina Longines se enamorara de alguien como él? Al ser rubio, alto y culto, no pareciera ser tan diferente a Marina. Me refiero a que, leyendo el manifiesto de JC, él mismo se ubica en una zona marginal, con los jodidos, pero ha viajado a Estados Unidos, ha sido privilegiado. ¿La cultura es un privilegio en México? En un país tan racista, que se fija tanto en el color de la piel, ¿realmente JC es víctima de discriminación siendo rubio ojo azul? En la página 532 unos policías privados dejan ir a JC porque piensan que es un turista estadounidense. Marina dice: Las ventajas de la blancura en un país racista. Luego me preguntaba si yo no estaba cayendo justamente en el prejuicio de asociar a gente blanca con dinero.
Las narraciones de los presos fue lo que más disfruté de la novela. Incluso me gustaron más los textos “escritos” por reos comunes que los del propio José Cuauhtémoc. Crudos, estrujantes pero con una alta dosis de ternura y de poesía. Lamento que no tuviéramos más escritos de los presos participantes en el taller literario. Para mí, los mejores relatos son A veces, Mi perro, La muerte puesta.
Mención aparte es Mi historia de amor (pg. 209). Se trata del escrito carcelario que más me gustó. En ese texto está impregnada toda la ternura y todas la ansiedad y toda la jiribilla y todo el arrepentimiento y toda la esperanza que pudiera sentir un preso enamorado:
“Tengo tus fotos pegadas en la pared
Cuando me voy a dormir
Te beso
Cuando me despierto
Te beso
Y pienso ¿Qué estará haciendo?
Y entonces suavecito susurro
Que te amo
Y en la foto
Sonríes
Y no me importa lo que pase en el día
Yo me acuerdo de ti y sonrío.”
El efecto de saber que el autor ficticio del texto está sentenciado por estupro y violación le da un giro impresionante a su “amor” y cambia por completo el sentido de lo leído. Esos pequeños detalles me gustaron mucho.
Ahora voy a decir lo que no me gustó de Salvar el fuego porque estoy convencido que Arriaga respetaría más un comentario negativo pero honesto a uno zalamero y complaciente.
Me parece interesante que en una entrevista con Carmen Aristegui, Guillermo Arriaga afirmara que su novela no trataba sobre el narcotráfico. Incluso parecía ofendido de que Salvar el fuego pudiera catalogarse como narco novela, género apestado que por culpa de varias obras mediocres ha opacado novelas valiosas. El rechazo me resulta interesante porque el narcotráfico abunda mucho en la historia; a lo largo de tantas páginas se nos intenta explicar el fenómeno, el significado de términos y palabras usados por los narcos, aparecen acuerdos con el gobierno, negociaciones para que un cartel limpie al país de escoria a cambio de mover drogas con tranquilidad. Hay un intento por explicar las leyes del hampa. Incluso se teoriza con que la gran revolución marxista no provino del proletariado sino de la delincuencia organizada. En la novela hay torturas, ejecuciones, decapitaciones, la cara más violenta y cruel del narcotráfico en México. ¿Por qué negar esa etiqueta?
Algunas situaciones me parecieron inverosímiles. Cuando JC resulta más valioso vivo que muerto (y por eso El tequila lo protege) me costó creer que JC tuviera tanta importancia para merecer esa generosidad en un país y en una cárcel donde la vida no vale nada. ¿De verdad su muerte hubiera entorpecido unas negociaciones con el gobierno? ¿De verdad al gobierno le hubiera importado? ¿En una cárcel que alberga millonarios y delincuentes de cuello blanco y políticos y actores de telenovelas? A la larga, salió más caro para el cartel mantener vivo a JC que si se lo entregaran a El Máquinas para su venganza. También tuve problemas con el plan de El Máquinas para envenenar el agua potable de la prisión, un plan de villano trillado que se ha visto hasta en Batman. Ni qué decir de la resolución que se le da al personaje, muy fácil comparada con el enorme tamaño de su plan de venganza.
Esto me lleva al que considero es el mayor desacierto de la novela: la voz “malandra” en tercera persona, usada para narrar las aventuras de José Cuauhtémoc y las desventuras de El Máquinas. Considero que es una voz que no logra sostenerse a lo largo de tantas páginas, que repite las mismas expresiones que pretenden ser chistosas (algunas lo son) y que agota con su spanglish y su intención por explicarnos todo, como si el lector no pudiera llegar a conclusiones por sí mismo. O constantemente reitera cosas que ya quedaron claras. Por ejemplo, fue agotador que para referirse al personaje de Esmeralda, el narrador a cada momento la nombrara como “fatilicious”, “New Born Flac”, “suculenta ex fat”. Una sola mención hubiera bastado.
En otras ocasiones, se olvida del lenguaje de barrio que pretende tener y narra con una voz neutra, seria. No consigue reinventar el lenguaje coloquial. Lejos está de Rulfo y el habla poética de los campesinos, lejos queda la voz demoníaca con jarochismos que Fernanda Melchor usa en Temporada de Huracanes. Una voz malandra que lo mismo sabe de rencillas literarias (no deja de ser irónico que las critique diciendo que a nadie importan al mismo tiempo que les dedica varias páginas para defenestrarlas, hablando mal de críticos y autores blandos) que de arte, de la vida en la cárcel, de los secretos de la guerra contra las drogas, conspiraciones, el proceso de escritura, filosofía, etc.
También es incongruente con su propia narración. Se refiere a los personajes de El Camotito y El Carnes como unos pendejos sin cerebro. Una línea después, El camotito idea un plan para asesinar a JC que es bastante astuto para un personaje con las limitaciones recién descritas.
Tengo un problema con los personajes que no tienen debilidades, que son chingones en todo. José Cuauhtémoc no solo ha leído cualquier libro, además escribe muy bien, conoce música clásica, sabe idiomas, súper atleta y huele rico. Si Marina le hubiera pedido bailar también sería talentoso en la danza. Mi punto no es que él no pueda saber todo eso, es que además también es buenísimo en el sexo y todas las mujeres mueren (literalmente) por él ¿En dónde están sus grietas, sus contradicciones, sus debilidades? Esa condición de súper hombre es clara cuando escribe un texto en el que se muestra como un semidiós al cual no pueden decapitar fácilmente. A pesar de ser un asesino, JC termina más como el prototipo del delincuente que siempre fue bueno. En La Bella y la Bestia, hasta la Bestia llegó a dar miedo en algún momento. JC, a pesar de sus asesinatos, no parece imponer ese temor debido a sus múltiples virtudes. En El Salvaje, personajes como Juan Guillermo y su hermano, que también lo saben y conocen todo, parece que salieron del mismo molde que José Cuauhtémoc: disfrutan de la misma música (Jimmy Hendrix y odian a Los Beatles), han leído los mismos libros, son cultos, sementales sexuales y aunque cometen crímenes, son honrados, porque tienen que ser los héroes de la historia.
Concluiré esta reseña, casi tesis, volviendo a los aciertos de la novela. El final me pareció muy bueno y me lleva a pensar que cada personaje vivió su propio tipo de cárcel. La esposa de Ceferino está presa en su matrimonio, los hijos presos del miedo a su padre, Marina presa en su estancamiento creativo y después presa en una cárcel real. Fue un gran giro saber que Francisco y Ceferino quedaron atrapados en una prisión bajo tierra, condenados a convivir juntos por el resto de la eternidad cual Juan Preciado y Dorotea en Pedro Páramo, enterrados para siempre mientras abrazados escuchan el golpear de la lluvia.
Las consecuencias de los actos de Marina la llevan a compartir el destino carcelario de José Cuauhtémoc. Sentí un aire con El amor en los tiempos del cólera: Es la vida, y no la muerte, la que no tiene límites. Cuando Marina menciona sus planes de vivir en Sonora una vez que cumpla su sentencia, para vivir cerca del penal en donde está José Cuauhtémoc, me parece que ahí está lo hermoso de la historia: en la apuesta y la fe por el amor. Marina ya no se angustia por el presente, su esperanza está en el futuro. ¿Se seguirán queriendo? ¿Sobrevivirán a la cárcel? ¿A la distancia? ¿Y si llega el olvido cabrón y les desbarata la ilusión? ¿Y si Dios se ríe de los planes de Marina? Otra vez el riesgo, otra vez todo en contra. A Marina no le importa, su amor vive en el mundo y eso es motivo suficiente para vivir también. No importa que los dioses vuelvan a castigar su osadía, ellos intentarán mantener el amor, intentarán salvar el fuego, desde sus propias prisiones.
Guillermo Arriaga escribió, a su manera, una intensa historia de amor.