El último libro del periodista Juan Cristóbal Guarello, “País Barrabrava”, posee una declaración de intenciones potente, ubicada en un vericueto insignificante de sus primeras páginas: “Este texto es apenas una mirada personal, con el aval de miles de horas de vuelo en el estadio. A esta altura creo que puedo desmentir todas las imposturas, las (sic) estetización de la violencia y las visiones románticas, buenistas sobre todo, que las barrabravas provocan en ciertos estudiosos e individuos ajenos al ambiente” (Pág. 11 – 12). Hubiese sido una medida sensata remplazar por tales letras humildes la pretensiosa afirmación de la contratapa: “En este breve pero contundente ensayo, que da cuenta de un análisis crítico del fenómeno de las barrabravas”. La decepción no tarda en aflorar.
El ensayo resulta simplón, carente de un orden que nos permita escudriñar con rigor lo fundamental: si la visión del autor nos convence o no. No tiene capítulos, títulos ni subtítulos que nos ubiquen en un trayecto a recorrer, atentos a lo que se nos pretende comunicar y, en la medida que a lo largo de todo el texto encontramos descalificaciones, más o menos fundadas, a quienes forman parte del fenómeno que observa, cuesta bastante asumir que busca ser objetivo y convencernos de sus mensajes más relevantes sobre las barras bravas en Chile.
La mirada a las expresiones foráneas que nos muestra, no trasciende del reduccionismo clásico: mencionar a los hooligans ingleses, los barrabravas argentinos y, en definitiva, aterrizar en el terreno local asumiendo que hablamos de lo mismo, sin justificar por qué. Sin dar motivos que nos convenzan de que las reflexiones del Informe Taylor o el análisis profundo de eminencias trasandinas como Pablo Alabarces, son aplicables a nuestra realidad sin más. Y no solo eso, sino que no menciona una palabra del fundacional informe, y a la hora de hacerse cargo de la exposición de los detonantes de la crisis inglesa incurre en imperdonables errores fácticos. Tampoco aborda seriamente la evolución de la normativa nacional: ni una palabra sobre contenidos de la ley de violencia en los estadios, originales o recientes.
El autor no se hace cargo de una cuestión central: si podemos llamar barrabravas a aquellas hinchadas poco masivas, poco organizadas y alejadas de la interacción con equipos rivales clásicos, solo por el hecho de desplegar un lienzo con un nombre pintoresco y tener participación en algún evento noticioso, o si, por el contrario, el fenómeno del barrabravismo en Chile existe en términos similares a los argentinos, pero restringido a las barras multitudinarias que menciona Guarello con mayor avidez y frecuencia: las de Colo-Colo, Universidad de Chile y Universidad Católica.
Cansa el abuso del supuesto, la generalización, el argumento de autoridad, las descripciones detalladas de los crímenes, delitos y faltas cometidos por integrantes de barras, sin mostrar interés por entender la configuración interna de cada una, ni siquiera sobre aquello que permita una distinción clara para comenzar el análisis. Para Guarello “…difícilmente se puede diferenciar, salvo por el color de la camiseta a los integrantes de una u otra barra” (pág. 25) y no nos entrega antecedentes suficientes, sólo anécdotas, como para convencernos de tal apreciación. Sin duda su pilar argumentativo es que en Chile existen barras bravas como fenómeno masivo, que no podemos encontrar en ellas más que disvalores, que se sienten cómodas en un entorno neoliberal y no tendrían vocación de solidaridad social relevante . Pone especial énfasis en que lo que denomina despectivamente “neobarrabravismo antifa” (Pág. 96), esto es, el surgimiento de sectores de las barras que aprovechan su cohesión para coordinarse con otras tradicionalmente rivales, de modo de hacerse escuchar en torno a demandas sociales propias del “Estallido Social”. En tal sentido, afirma categóricamente que “no resulta creíble que estos grupos sin ideología, sin dios ni ley, en menos de un mes y como un acto de magia se hayan convertido en conscientes luchadores sociales” (Pág. 97) y para ello nos muestra episodios más o menos inconexos, muchas veces inexactos, con sobre abundancia de interpretación maliciosa.
Ahora, si prestamos atención a su relato sobre aventuras y desventuras de protagonistas capitales de las barras, también extrañamos a varios de los imprescindibles, como Mario Montoya, el “Chirola” (Colo-Colo) o Walter Zagal (Universidad de Chile) tal vez los líderes más relevantes y simbólicos en los orígenes de cada gran barra.
En síntesis, el libro puede entretener, pues buena parte de los eventos tratados y maltratados, conforman un texto que permite pasar el rato en tiempos de cuarentena. Tal como el “Anecdotario del fútbol chileno” que construyó, también con bastantes errores, junto a Luis Urrutia O'Nell “Chomsky”. Pero si espera cultivarse y entender de mejor manera el complejo fenómeno de las barras y las barras bravas en el fútbol -en especial en el criollo- mejor mire en otra dirección.
Ficha Técnica:
País Barrabrava
Debate, Penguin Random House Grupo Editorial
Primera edición: abril de 2021
ISBN 978-956-6042-43-3