Qué bien escribe Iturbe. Cuánto me he aburrido.
· Es la de Iturbe una prosa culta, elegante, de párrafos notables llenos de hallazgos e incluso gotas cervantinas. En esta, La playa infinita y a pesar de los buenos oficios, la redacción se hace premiosa y envolvente para, de esa contumacia, amasar un sustrato monocorde, como un bajo continuo del que surge una única y repetida melodía: la nostalgia.
· La nostalgia es un sentimiento amistoso, un refugio entrañable que renuncia al presente y descuida el futuro. No es saludable, al contrario, la nostalgia abusiva —es el caso— y sin solución —también— tiende al saturnismo y la melancolía; y esto ya es un problema serio. La novela comienza atractiva para entrar casi enseguida en ese bucle ensimismado y egotista que tanto exige y tan poco aporta.
· Después de años de ausencia, Iturbe regresa a sus orígenes en busca de algo o de alguien. Se instala en la casa de un compañero de colegio, un tal González, que resulta ser un trasunto del mismo Iturbe replicado. Entre ambos, en la intimidad de un sótano mistérico y en unos diálogos que en realidad son soliloquios, van alternando historias de cómo era el escenario (La Barceloneta), cómo había cambiado, cómo eran entonces, con quiénes compartían juegos, con qué se ilusionaron y así, como en el juego de la oca, de nostalgia en nostalgia vamos avanzando para quizá volver a la casilla de salida o perder turnos en el pozo sin que nadie nos rescate.
· El gran problema de la nostalgia es que todos, usted y yo, su prima Lola, el cura párroco de san Julián y la vecina del cuarto derecha, adolecemos de ella. Todos tuvimos infancia y un instituto y jugamos al fútbol y nos peleamos e incluso tuvimos una novieta que aún no olvidamos: dónde, pues, lo extraordinario. El aburrimiento me ha salvado de acabarla, aun así, doscientas páginas de cortesía y constancia son doscientas páginas en las que, por cierto, no pasa nada.