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222 pages, Kindle Edition
Published February 1, 2021
Solo hay un aventurero en el mundo moderno, como puede verse con diáfana claridad: el padre de familia. Los aventureros más desesperados son nada en comparación con él. Todo el mundo moderno está organizado contra ese loco, ese imprudente, ese visionario osado, ese varón audaz que hasta se atreve en su increíble osadía a tener mujer y familia... Todo está en contra suya. Salvajemente organizado en contra suya...
Charles Péguy, Temporal and Eternal
El hombre actual, para ser parentalmente competente, deberá realizar un ejercicio malabar de equilibrio entre la fortaleza y la delicadeza (...) En concreto, su figura actual evoca a Héctor, héroe troyano de la Ilíada. Héctor es fuerte y valiente, decidido a enfrentarse a peligros y dar su vida por sus seres amados; por ello lleva su armadura y su yelmo, que le cubre la cabeza en las batallas que habrá de afrontar en la defensa de Troya. Pero antes de salir a luchar frente a Aquiles se despoja de su yelmo para no provocar miedo en su pequeño hijo, Astianacte, y poder tomarle en sus brazos para despedirle con ternura antes de dar la vida por su pueblo. El gesto de Héctor, despojarse de su armadura (fortaleza, seguridad, agresividad, autoridad) para mostrar su lado más humano (amable, afectuoso, tierno, intimista) constituye la gran novedad del padre actual; y supone un delicado y complejo equilibrio que los hombres deberán aprender mediante el propio ejercicio de su paternidad.
Paternidad robada, María Calvo (p.16-17)
Los escáneres cerebrales revelan que cuando una mujer se comunica cara a cara activa de promedio entre 14 y 16 puntos distintos en ambos hemisferios cerebrales. Dichos puntos se utilizan para descodificar palabras, cambios de tono de voz y señales emitidas por el cuerpo. El hombre, sin embargo, presenta tan solo entre cuatro y siete de estos puntos. Por tanto, la mujer posee una capacidad innata para leer los gestos y ademanes de las personas que les rodean.
Paternidad robada, María Calvo (p.207)
Un hijo no viene a llenar nuestros vacíos existenciales, a compartir nuestros intereses, a cumplir nuestros sueños frustrados, a ser corcho de los agujeros ya no se subconsciente, a dar seguimiento a una tradición familiar, a servirnos de acompañamiento y consuelo en nuestra soledad o a satisfacer nuestro propio narcisismo. Un hijo viene al mundo a ser independiente y cumplir su propia tarea vital. Los hijos vienen a cumplir un propósito único e intransferible, a desarrollar una vida propia, a convertir en actos las potencialidades que se encierran en su ser.
Paternidad robada, María Calvo (p.244)