En Geografía de la oscuridad, Katia Adaui construye un territorio narrativo donde cada palabra pesa, cada silencio respira, y lo no dicho ocupa más espacio que lo dicho. Lejos de la visceralidad y el desgarro explícito que caracterizan a autoras como María Fernanda Ampuero, Adaui opta por una contención extrema: una escritura que se repliega sobre sí misma, que se construye desde la fractura y la elipsis, como si el lenguaje mismo temiera traicionar el dolor que intenta nombrar.
Esa elección formal —la de la escritura limitada, esa economía expresiva que Cormac McCarthy consolidó en Meridiano de sangre y que ya había ensayado Tom Spanbauer en El hombre que se enamoró de la luna— encuentra en Adaui una variante íntima y emocional. En Adaui, sin embargo, esa contención no es un gesto de frialdad, sino una forma de ternura incómoda, una forma de mirar el daño sin recrearse en él.
Cada relato de Geografía de la oscuridad funciona como una constelación fragmentada, un conjunto de escenas apenas unidas por un hilo de memoria o de culpa. Los clímax están ausentes: los relatos son anticlimáticos por decisión estética y ética. Nada estalla; todo se filtra, se insinúa, se aplaza. El lector debe reconstruir la historia a partir de los huecos, leer los gestos más que las acciones, las pausas más que los acontecimientos.
El eje temático —las relaciones entre padres e hijos, madres e hijas, los vínculos fallidos que dejan a ambos bandos varados en una especie de exilio afectivo— se articula en un registro de violencia emocional sutil, casi doméstica, que nunca se enuncia de frente. En esos márgenes, Adaui explora la imposibilidad del amor filial, la herida heredada que atraviesa generaciones y que sólo el lenguaje, en su precariedad, puede intentar bordear.
Su prosa lírica y elíptica, de una belleza tensa, recuerda por momentos la cadencia contenida de Jon Fosse, ese modo de decir a medias que hace del silencio una forma de sentido. También recuerda que la familia, más que un refugio, puede ser un espacio de extrañamiento, un paisaje donde la ternura y la incomunicación coexisten sin resolverse.
Geografía de la oscuridad es, en última instancia, una cartografía del vacío: un libro que mide con precisión lo que debe callar, que confía en el lector para completar lo que falta. En tiempos de literatura ruidosa, Katia Adaui escribe desde la penumbra, y su tono bajo, su palabra medida, resuena más fuerte que cualquier grito.