Cuatro cuentos breves que repasan temáticas borgeanas por excelencia. En “Veinticinco de agosto, 1983” se insiste con la idea del doble: hay dos personajes llamados Borges, uno de ellos el narrador. En este cuento pareciera como si Borges, ahora el autor, estuviera releyéndose a sí mismo: repasa su legado, enumera las virtudes de su obra, como si se tratara de un testamento. Un aire onírico recorre las páginas.
Uno de los mejores cuentos del libro, “Tigres azules”, plantea un escenario de película de clase B en la que un personaje viaja a la selva hindú en busca de un mitológico tigre azul. Ese ambiente extraño que es la selva (junto con sus inquietantes pobladores) introduce el elemento sobrenatural: piedras mágicas que “destruyen la ciencia matemática” porque resultan imposibles de contabilizar. Es también el movimiento fantástico con el que opera Borges en muchos de sus grandes cuentos canónicos, como en “El Aleph”, por ejemplo: un sobrenatural que modifica la percepción de la realidad conocida.
“La rosa de Paracelso” es una pequeña fábula a la manera kafkiana. Quizá no merezca mucha más atención.
El último cuento da título a todo el volumen. “La memoria de Shakespeare” repite, otra vez, una obsesión: la memoria. Es también una parábola fantástica que tiene su origen, según anuncian los personajes, en tradiciones orales del Islam, casi como si la tradición con la que trabajara Borges fueran leyendas de lugares y siglos remotos. Esa tradición cuenta que el rey Salomón poseía una sortija que le permitía entender la lengua de los pájaros. En manos de Borges, este breve relato oral se convierte en una metáfora cuyo sentido se vuelve literal, como si Borges reelaborara el significado de lo que implica una metáfora. El rey Salomón quería comprender el idioma de los pájaros; Hermann Soergel, el protagonista de este cuento, quiere tener la memoria de Shakespeare que le es ofrecida por un colega suyo, como si se tratara de la sortija del rey. Las viejas tradiciones, los viejos relatos, Borges los vuelve propios.
Así, una metáfora se vuelve en una figura retórica que implica literalidad: tener la memoria de Shakespare hace al personaje releer los libros que hubiera leído el dramaturgo inglés de acuerdo a sus influencias, se descubre pensando en sus aparentes negligencias que fueron criticadas por escritores como Hugo, visualizando caras y habitaciones desconocidas; tener la memoria de Shakespare es poseer su lenguaje, pero no sus capacidades. Soergel, de a poco, se va olvidando de sí, lo va ocupando a medida que pasa el tiempo la memoria de otro. Necesita pasar la maldición, deshacerse del extraño que lo habita.
La resolución del cuento se sabe perezosa: “He olvidado la fecha en que decidí librarme. Di con el método más fácil. En el teléfono marqué números al azar.” El protagonista, sin más, lega la memoria de Shakespare a un desconocido del otro lado de la línea. ¿Qué habría pasado si la transformación, como aquel personaje cronenbergiano que se convierte en mosca, se hubiera llevado hasta sus últimas consecuencias; si la memoria de Shakespeare hubiera terminado por habitar definitivamente el cuerpo de Soergel? El recurso no se explota al límite de sus posibilidades. El cuento, de todas formas, hubiera sido otro, el género explotaría a sus vertientes pop o vanguardistas más puras, en el sentido negativo de la palabra “vanguardia”, y en la forma más oscura que puede adoptar la palabra “pura”. Nunca lo sabremos, y estas suposiciones no tienen otro fin más que una intención lúdica. A Borges, sin embargo, le alcanza para otorgarle a la memoria un sentido fragmentario, ficticio, atemporal.