José Ruiz nos introduce en la niebla, en la bruma, en la oscuridad remota de donde emana lo que hoy se conoce como Flamenco, y lo hace al principio con cautela, fuertemente respaldado por sólidas investigaciones, por intuiciones que los datos que aporta, sin duda, refuerzan y corroboran; y así nos convence, nos atrapa con su visión de Alándalus y del papel que los moriscos jugaron en la génesis de lo que luego derivará en flamenco; nos resulta razonable la asimilacion de los moriscos en los núcleos marginales gitanos, la artimaña de hacerse pasar por gitanos y todas las demás formas de supervivencia que, posiblemente, adoptaran frente al destierro o la muerte, para quedarse aquí o para retornar a la tierra de la que los expulsaron; nos convence también su descripción de la música andalusí y de la posibilidad de que en estas composiciones se fuera nutriendo, de manera difusa, sin conciencia aún de sí mismo, un cante, un quejío que nace del dolor, la pena, el sufrimiento de los nadie, de los que nada tienen.
Esta obra esta en consonancia con el libro de Antonio Manuel, "Flamenco, arqueología de lo jondo", y mantiene buena parte de las tesis vertidas en él, aunque sin en lenguaje tan poético y bello de Antonio Manuel.
A medida que avanza el libro, incluye algunas etimología dudosas, interpretaciones algo subjetivas, referencias a lo telúrico y lo ancestral de la Madre Tierra, que resulta más complicado de relacionar con el Flamenco, tal vez porque en el islam no hay una imagen femenina tan potente como, en el cristianismo, la Virgen María.
Es cierto que faltan referencias a otros elementos que sin duda influyeron decisivamente en el Flamenco, como los bailes de negros, procedentes del continente africano cuando Sevilla era en el siglo XV y XVI uno de los centros mundiales del comercio de esclavos: el guineo, la zarabanda, la chacona, el cumbé.., la Escuela Bolera y los bailes boleros andaluces, y algunos otros aspectos que irían puliendo lo que entendemos como Flamenco.
Sin embargo, esta obra arroja luz sobre la fuente donde bebe la esencia del Flamenco, e intenta recuperar la silueta del dios que en otro tiempo sustentó e iluminó esta liturgia convertida en cante, un dios que devino duende, duende esquivo, difícil de invocar pero que en ciertas ocasiones, muy pocas, nos conecta íntimamente con nosotros, con nuestro pasado y con la vida.