En mi ruta por el centro histórico del Puerto de Veracruz, un graffiti en el muro decadente de un callejón avienta en letras negras, chuecas y redondas que recorren la textura de unos ladrillos sin repellar:
"No todo es playa"
Siempre me ha gustado la manera lacónica en que, a mi parecer, éste resume una atrofia de la estructura veracruzana: el turismo y las atenciones del presupuesto, de la inversión privada, la derrama económica, el dinero, miran siempre al horizonte del litoral, incapaces de voltear al lado opuesto, a la urbe que se adentra más allá del circuito modernizado, remodelado, y ultrapavimentado de los boulevares presidenciales.
Reguero de Cadáveres muestra que, en efecto, no todo Veracruz es playa. Las colonias, los barrios que durante el siglo XX forjaron sus identidades, sus recalcitrantes rivalidades culminadas en las campales de los carnavales, una generación de jóvenes, periodistas, músicos, profesionistas de lo que una novela gringa llamaría "el bajo vientre de la ciudad" fue triturada en cuerpo y alma por el dominio del crimen organizado en las primeras décadas del nuevo siglo. De la misma manera en que las Legiones romanas "civilizaban" a los tan diversos pueblos galos, alemanes, homogeneizando bajo una misma bandera, para después aplastarla con indiferencia, el crimen organizado unificó a las pequeñas bandas y reclutó de todos los barrios, para disponer de ellos sin reconocimiento alguno de su humanidad. La brutalidad que el imaginario colectivo reservaba a "los que algo debían", quienes "en algo andaban metidos", culminó con el hallazgo de xx cadáveres al pie del monumento a los Voladores de Papantla, un centro focal del modernismo, del aspiracionalismo de las clases medias y altas veracruzanas. A quienes las autoridades en su momento señalaron como una masa de puros criminales, resultó ser una toma indiscriminada de hombres y mujeres, no menos que letras en una carpa para enviar un mensaje.
Con un fino oído para el diálogo, la mano taquígrafa al servicio de la anécdota al pie de la banqueta, en una mecedora junto a la puerta, en una mesa con caguamas, Juan Eduardo Mateos captura el instante preciado en que el miedo cede tantito y da paso a que la memoria confiese. Así, queda escrito el susurro o el sollozo de lo que se vió, lo que ya no se volvió a ver, lo que consta, lo que se sobrevivió.
El libro es también una macabra guía de la ciudad, trazando sus calles en referencia no a tal boulevard, no a la playa, no al folleto con la Isla de Sacrificios o San Juan de Ulúa, sino a las calles y avenidas en que la muerte dejó desparramada a una generación, o la desvaneció para siempre.
El reguero es aquel que se hizo al pie de los Voladores de Papantla, en las indescriptibles fosas comunes, pero también es el que Juan Eduardo Mateos hace con su pluma, brincando de una terrible anécdota a otra, regando los cadáveres, y los que ni en eso terminaron, a lo largo de la breve pero poderosa narración.