Cuando uno lee novelas como esta, mucha de la literatura latinoamericana actual palidece, casi se esfuma. Donoso es uno de los maestros más grandes que han tenido las letras hispanas. No es por el Boom. No. Porque Donoso no fue de los nombres con más marquesinas, aunque por supuesto que fue reconocido en su tiempo y muy leído. El tema con Donoso es que dentro de toda esa corriente de realismo sucio, neo-naturalismo y costumbrismo salpicado de un realismo extraordinario (únicamente localizable en algún país latinoamericano), no deja rasgo alguno de impostación, y tampoco ello opaca el hecho de ser un maestro de la palabra. Un maestro del lenguaje. Como muchos de los grandes narradores, Donoso es un constructor de universos, lo que él hace con la literatura es palabra pero no solo palabra. Él hace que la verdad dentro de la ficción sea tan o más verosímil que la propia realidad. Lo que escribe es la verdad. Nada se siente el artificio, es más, el artificio de la palabra se diluye completamente en esa construcción dramática tan enorme, que se sale por completo de los linderos de lo literario.
En El lugar sin límites, Donoso construye, inventa, erige, materializa un espacio que ya existe, pero que a la vez no puede existir, porque es un no-lugar. Es un prostíbulo en un pueblo abandonado en el interior de Chile, que seguro habrían muchos con esas cualidades en el Chile de aquellos años. Es el margen del margen. No hay sitio más retirado y escupido de la sociedad que ese. Allí en donde todo es posible y nada pasa. Solo es una inmensa espera. Espera que es metaforizada brillantemente por Donoso como la esperanza de la llegada de la luz eléctrica al pueblo, cuando todo será prosperidad. Antes, su condena: se construye otra estación de tren que deja a la estación del pueblo abandonada y así inicia su lento perecer. Destino que muchos pueblos en varios lugares del mundo han tenido gracias al Progreso y los avances tecnológicos.
Aquí, en este no-lugar, es en donde Manuela, la bailarina con cuerpo de hombre, pero más mujer que muchas, que todas, llega para divertir a los clientes del prostíbulo de la Japonesa grande, la matrona, la madame del lugar. Ella y luego su hija, la Japonesita, Don Alejo (el diputado y dueño del pueblo) y los jornaleros decadentes, sus últimos clientes... Todos allí, bebiendo vino, esperando la noche, esperando la muerte.
Hay que leer esta novela estupenda con una estructura de ciclos, siendo cada capítulo un ciclo que se enlaza con otro, con prolepsis y analepsis (avances y retrocesos en el tiempo), con personajes perfectamente construidos sin necesidad de desgastar descripciones, solo con lo justo, pero a la vez con una abundancia narrativa, por momentos casi poética, casi epifánica, con pequeñas cataratas de palabras que se derraman sobre Manuela en los momentos precisos, lo cual hace que se admire aún más la maestría del autor, pues construye precisamente a este personaje sobre esa abundancia verbal que se desborda y no. Porque es en ese desborde cuando Donoso pone una pausa, un freno, y no deja que Manuela se diluya nunca. Ella volverá. Eso lo saben todos.
Una magnífica novela, entrañable, impecablemente escrita, de la que se puede decir mucho, mucho más. Recomendadísima.