“¿Quién te ama más, y te ama mejor, y piensa en ti cuando el resto descansa?” dice Emily a Susan en una de las misivas de esta magnífica recopilación de las cartas de amor que durante toda su vida le envió a la que fuera su amante, amiga y cuñada por un “matrimonio blanco” que desgraciadamente se convirtió en un foco de abuso familiar también conocido por Emily, sobre el cual se escribieron y apoyaron siempre entre las dos.
El amor imposible y roto, pero eterno por los impedimentos exteriores, hace de estas cartas una delicia: “Si ha terminado dímelo y levantaré la tapa de mi caja de Fantasmas y pondré dentro un amor más, pero si vive y late todavía si todavía vive y late por mí, entonces dímelo, y pulsaré las cuerdas otra vez al compás de la felicidad antes de morir.”Un conjunto de emociones que, mezcladas con el arte supremo que muestra Emily al escribir poesía, tiene como resultado una obra en sí mima compuesta por muchas otras pequeñas obras cotidianas: “… pero por nuestro propio bien, querida Susie, que nos regocijamos con la idea de que somos las únicas poetas – y el resto sólo es prosa...”. Es una pena que no se conozca el paradero de las cartas de Susie, pues la conjunción de ambas, sería como poder tener acceso a la otra pieza del puzle.
La traducción de Arantxa Azurmendi, Ana Mañeru y Carmen Oliart es una obra de arte, teniendo en cuenta la dificultad que tiene la traducción de la poesía y más aún con los clásicos, hacen un trabajo más que magnífico y logran una de las mejores traducciones de Emily Dickinson que he leído nunca. A la par, la edición es increíblemente buena, con anotaciones y referencias al final de cada poema que ayuda con la comprensión al ofrecer un contexto detallado de los momentos y una explicación de las referencias. Lo único que podría criticar es la portada del libro pues siento que no está nada relacionada con su amor ni con la temática de la compilación.
“He pensado en ello todo el día, Susie, y nada más me inquieta, y cuando he ido al culto, me ocupaba tanto la mente, que no he podido encontrar ni un resquicio para el respetable reverendo; cuando él decía “Nuestro Padre Celestial”, yo decía “Oh querida Sue”; cuando él ha leído el Salmo 100, yo me repetía tu preciosa carta desde el principio, y Susie, cuando cantaron— te habría hecho reír oír una vocecita trinando por la ausente. Me inventé la letra y seguí cantando cuánto te amaba, y que te habías ido, mientras el resto del coro entonaba Aleluyas. Supuse que nadie me oía, porque cantaba muy bajito, pero fue una suerte de consuelo pensar que podía sofocar sus voces cantándote a ti.”