Bute: il titolo, enigmatico, non evoca in noi nulla di noto ma immediatamente indica la volontà dell'Autore: egli vuole rendere omaggio ad una figura marginale le cui tracce si riassumono in una manciata di versi delle Argonautiche, scritte da Apollonio Rodio ad Alessandria nel III sec. a.C. Bute è l'argonauta che volle ascoltare il canto delle Sirene e si gettò nell'acqua.
Solo tra tutti, Bute rispose all'appello del canto originario, meraviglioso e mortale, e si tuffò verso l'ignoto. Su questo personaggio oscuro che la storia ha dimenticato, Pascal Quignard si china con gesto amoroso per farne l'incarnazione del desiderio di avvicinarsi al fondo abissale della vita e all'enigma della natura umana. A partire dal mito lo scrittore intreccia sapientemente una trama di immagini e di riferimenti letterari. E mentre li offre al lettore insieme a frammenti di eredità greca e latina,tesse la sua meditazione sulla musica e tenta di afferrarne l'essenza. Per Quignard la musica si spinge verso quel luogo estremo che è al-di-là del linguaggio, punto d'origine sospeso tra la vita e la morte. Là giace l'inarticolato. Là è il grido dell'infans, la notte da cui siamo scaturiti, la matrice sonora che ci ha plasmati. È verso questo luogo, da cui siamo per sempre separati, che la musica ci conduce. Compromessa con questa eccedenza oscura, con un limes che nessuna lingua potrà mai afferrare, che nessuna immagine potrà mai rappresentare, la musica ne conserva le tracce. E chiama colui che, come Bute, acconsente ad ascoltare.
Con Boutès, magnificamente tradotto in italiano da Angela Peduto, Pascal Quignard torna in Italia dopo un silenzio di quasi quindici anni.
Romancier, poète et essayiste, Pascal Quignard est né en 1948. Après des études de philosophie, il entre aux Éditions Gallimard où il occupe les fonctions successives de lecteur, membre du comité de lecture et secrétaire général pour le développement éditorial. Il enseigne ensuite à l’Université de Vincennes et à l’École Pratique des Hautes Études en Sciences Sociales. Il a fondé le festival d’opéra et de théâtre baroque de Versailles, qu’il dirige de 1990 à 1994. Par la suite, il démissionne de toutes ses fonctions pour se consacrer à son travail d’écrivain. L’essentiel de son oeuvre est disponible aux Éditions Gallimard, en collection blanche et en Folio.
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Pascal Quignard is a French writer born in Verneuil-sur-Avre, Eure. In 2002 his novel Les Ombres errantes won the Prix Goncourt, France's top literary prize. Terrasse à Rome (Terrasse in Rome), received the French Academy prize in 2000, and Carus was awarded the "Prix des Critiques" in 1980. One of Quignard's most famous works is the eighty-four "Little Treatises", first published in 1991 by Maeght. His most popular book is probably Tous les matins du monde (All the Mornings in the World), about 17th-century viola de gamba player Marin Marais and his teacher, Sainte-Colombe, which was adapted for the screen in 1991, by director Alain Corneau. Quignard wrote the screenplay of the film, in collaboration with Corneau. Tous les matins du monde, starring Jean-Pierre Marielle, Gérard Depardieu and son Guillaume Depardieu, was a tremendous success in France and sold 2 million tickets in the first year, and was subsequently distributed in 31 countries. The soundtrack was certified platinum (500,000 copies) and made musician Jordi Savall an international star. The film was released in 1992 in the US. Quignard has also translated works from the Latin (Albucius, Porcius Latro), Chinese (Kong-souen Long), and Greek (Lycophron) languages.
El hombre se levanta de la banca y suelta el remo, avanza hasta el límite y salta al mar. La espuma acaricia al hombre que nada. El hombre nada a la isla. El hombre muere y es transportado por la diosa del mar al cielo. Del agua al aire. El fuego en su adentro. La tierra en los músculos. Cansancio vencido y el canto, el nuevo canto, el otro canto.
Luego otro hombre escribe sobre el hombre que salta al agua. Luego otro hombre lee el libro que escribe el hombre sobre el hombre que salta al agua. La música suena. La música crea.
El libro es hermoso, las imágenes que se crean al rededor de la música y de la épica me encantan, lástima que el postfacio sea tan académico y aburrido
Quignard focuses on the figure of the argonaut who jumps into the aegean, after hearing the sirens call. He uses this image to expound on the pre-lingustic qualities of music and expands the metaphor throughout the book, though I can't say it's a remarkable expansion. A good read if one wants a praise to music.
Extrayendo la savia de una anécdota circunstancial, protagonizada por un personaje segundón, el escritor francés Pascal Quignard (Verneul-sur-Avre, 1948), en su libro Butes (Sexto Piso), no sólo nos abre una perspectiva insospechada para la lectura de un clásico, Las Argonáuticas, del poeta épico griego Apolonio de Rodas (hacia 295-hacia 215 antes de Cristo), sino que literalmente nos zambulle en una reflexión sobre el origen de la música y, también, en el fondo, sobre el sentido del arte. La anécdota aprovechada se refiere al momento en que los argonautas, que navegan en busca del vellocino de oro, deben afrontar la mortal audición del letal canto de las sirenas, del cual son salvados por Orfeo, cuyo tañer de la lira se sobrepone a la peligrosa melodía femenina. Se salvan todos, menos uno, precisamente Butes, que abandona los remos y se lanza al agua en pos de esa llamada irresistible.
Que yo sepa, nadie había reparado en la suerte del desdichado Butes, quizás porque la desgracia de dejarse arrastrar por esta atracción fatal fue borrada por la hazaña del astuto Ulises, que logró sobrevivir a la experiencia de la audición del canto de las sirenas haciéndose atar al mástil de su nave. Fue la suya, sin embargo, una victoria relativa, porque, como muy bien apuntaron Adorno y Horkheimer, en su Dialéctica de la Ilustración, justo a partir de ese instante triunfal, narrado en este caso por Homero, el canto y la música quedaron irremediablemente heridos, al instaurarse el placer artístico como una pérdida. Con la intención de hurgar en esa herida, Quignard recupera la figura inapreciada del saltarín Butes, que se ahogó por seguir el canto hasta el final. Con su prosa poética, plena de fulguraciones, Quignard, que es también un musicólogo y un filólogo de gran talento, nos va llevando a lo que él considera, en efecto, el origen de la música, el primer arte, pero no en un sentido técnico, sino, por así decirlo, conjetural, porque trata de emplazarnos en el momento previo a que la música fuera música, lo cual supone una verdadera zambullida, como la del argonauta Butes en el mar. En este sentido, además de las investigaciones que rastrean los primitivos ritmos -¡quién sabe si emulando el hombre el canto de los pájaros!-, los primeros sonidos que le es dado oír al ser humano los percibe, amortiguados, en el lecho acuoso del vientre materno, donde indeclinablemente los mortales estamos impelidos a regresar.
Entre las muchas agudas y perentorias sutilezas con que Quignard da vueltas en torno a la súbita inmersión acuática de Butes, hay una muy bien urdida a partir de la etimología de la palabra "disidente", que procede del latín dis-sedeo y significa "des-sentarse", que es lo que hace este remero al levantarse de su banco y lanzarse al mar. En realidad, Butes se precipita -del latín praecipitatio-: "Con la cabeza por delante"- al arrojarse a las olas, pero, además, para retroceder -de retrocadere: "caer hacia atrás"-, volver a la pérdida original. Hoy, con harta facilidad, calificamos como disidentes paradójicamente a los que hacen "sentadas", quizás porque consideramos que la disidencia es un asunto político, pero, de ser así, permítaseme apuntar que, desde esta confortable plataforma, uno sólo se cae del guindo. La disidencia del arte es radicalmente distinta y mucho más comprometida: como le ocurrió al acrobático y decidido Butes, te lleva al fondo de las cosas, a su sonido original, aunque acabe contigo o para acabar contigo. "La música", escribe Quignard, "comienza por murmurar al oído del que la ama y que se acerca al canto que le envuelve, donde consiente en perder su identidad y su lenguaje: acordaos, un día, antaño, se perdió lo que se amaba...".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de septiembre de 2011
José Morella
Ulises pide que le aten a un mástil para escuchar a las sirenas. Los demás se tapan los oídos con cera. Todos excepto Butes, que al oír el canto deja su puesto y se arroja al mar. Pascal Quignard nos da, con la historia de Butes, muchas otras cosas: un acercamiento a lo estético como la auténtica experiencia radical humana. La música como una cuestión de vida o muerte.
Quignard explica que la primera vez que aparece el término análisis en griego es en el momento en que desatan a Ulises y lo bajan del mástil. Analizar significa desatar. Para comprender, pues, necesitamos desligar o destrabar. Es curioso, porque a menudo tenemos la idea contraria, la de que hay que relacionar cosas, conectar: atar. Pero tal vez Quignard nos pida precisamente no comprender sino des-comprender, descomprimir, recuperar lo que de animal hay en nosotros, volver a un “estado larva”, como él lo llama, a un recuerdo de lo original, del hábitat líquido del útero materno. Restar humanidad para, curiosamente, ganarnos lo verdadero humano. Quignard habla de una música diferente, de una música no-órfica oída antes nacer, dentro de la madre. Un ritmo previo a todo. La musica de las sirenas, la que hace que Butes salte. De alguna manera Quignard se aproxima al pensamiento de un modo oriental, extraño a su estilo posmoderno, tan francés, ese que tanto disgustaba a Harold Bloom. Para saber de qué va esto de la vida, parece insinuar Quignard, hay que recordar aquello que está desde siempre y que se nos olvida a fuerza de querer comprender, agarrar y controlar. Atamos y estamos atados. Trabados. No libres. Una vez recordado u oído de nuevo ese canto de las sirenas, se pone en perspectiva todo lo que no importa. Todo lo que perseguimos en nuestras vidas de modo compulsivo como si fuera lo más importante: no lo es. En algún momento de nuestra vida, igual que le pasa a Butes, quizá sea posible entender que, como dice el sabio vietnamita Thich Nhat Hanh, «ya he llegado. Ya estoy en casa. No corro más. He corrido toda mi vida». No hay nada que demostrar. No hay que competir. No hay que saber más. Es más sabio desprenderse de lo aprendido que seguir acumulando palabras que tapan el canto original. Butes se lanza al mar para poder escuchar de verdad.
«Allí donde el pensamiento tiene miedo, la música piensa», escribe Quignard.
En este libro se expresa, me parece, un cansancio de la representación, de esta manía de explicarlo todo, de sumar palabras, de explicar, de atiborrar nuestras vidas con más mente. La música, según Quignard, re-siente, no re-presenta. Música que brota como alarma interna. «La vida que llevamos es como una tierra extranjera», leemos en Butes. Hay algo más profundo, más nuestro, autóctono, que fuimos olvidando o tapando. Interpretando a Quignard —sí, ya sé, interpretarlo es ir un poco contra sus propias advertencias, sumar un intento de comprensión, no analizar en el sentido de desatar y desasirse sino en el de trabar de nuevo, trabar más aún— me atrevo a pensar en esas personas que cuentan que, tras pasar por momentos muy difíciles cercanos a la muerte, como accidentes, graves enfermedades o grandes pérdidas, sus vidas ha cambiado de un modo radical pero para bien. Parece que la cercanía con la vuelta al mar de Butes nos da una perspectiva inmejorable de lo que verdaderamente importa. De nuestras pequeñas preocupaciones, de nuestras pequeñas fatigas. Cae al suelo lo que nos sobra. «Romper las amarras, liberarse de todas las precauciones», eso es lo que se nos pide. Salir del escondite del pensamiento y, finalmente, vivir en el único lugar que nos pertenece por derecho. Mientras sigamos dándole importancia a las apariencias, comparándonos, juzgando con dureza a los demás y a nosotros mismos, creyéndonos separados del mundo, nada irá bien. Hay algo más antiguo que nosotros -más grande- que nos llama. Es necesario oírlo. Por eso Ulises no se tapa los oídos con cera y exige que le aten al mástil. Se nos sugiere que vivamos, pues, como Ulises recién desatado. Sin ansia, sin apego.
Los músicos aflojan la lengua, dice Quignard. Dejan una parte de su humanidad para recuperar otra cosa. Escuchando música y bailando perdemos identidad, y por eso somos libres. Es cuando recordamos lo perdido que nuestra identidad se fortalece y la libertad se va.
“Butes” de Pascal Quignard, publicada en el 2011 por Editorial Sexto Piso, es una novela corta del autor francés que retoma al personaje mítico de Butes, quien acompañaba en la expedición de los Argonautas y se enfrentó al canto de las sirenas, esas extrañas aves que atraían irremediablemente a los marineros con su canto. Tres fueron los personajes de la mitología que se enfrentaron a estas criaturas; Ulises, tomó la precaución de hacerse atar de pies y manos al mástil de su navío, escuchó y sobrevivió; Orfeo, que en la expedición de los Argonautas vislumbra el mortal peligro de su música y lo neutralizó con las notas de su cítara; y Butes, navegante y compañero del anterior en la misma aventura, que sucumbió al hechizo y se arrojó de la nave. De una manera bella y sutil, Quignard rescata el acto de este personaje marginal de la mitología griega, «un olvidado del recuerdo del mundo», sin pretender jamás descifrarlo. Lo utiliza como paradigma de la «renuncia a la sociedad de los que hablan». A su vez también el autor y músico, busca crear una oda sobre la importancia del canto y la musicalidad en la vida de los hombres, un arte antiguo que nos ha acompañado por milenios y se hermana con la poesía y con la bella mesura de la música órfica. En este libro, como se comenta al principio de este, se crea una misma línea en la que Quignard plantea la dicotomía de elegir entre el salvaje nihilismo del instante o la cómoda muerte por anquilosamiento a manos de las formas sociales. En estos tiempos en los que hasta la propia disidencia está definida como parte de la renovación del sistema, existen por fortuna, a manera de respiro, algunos antiguos contemporáneos como Quignard, uno de los pocos «escritores más silenciosos que los demás, en páginas más mudas todavía». Una lectura placentera y hermosa, que nos hace plantearnos que somos ante la sociedad, nuestros sistemas, pero sobre todo ante las letras y la música. #Butes #PascalQuignard #literaturafrancesa #frenchliterature #novelacontemporánea #orfeo #musica #existencialismo #sirenas #victorthereader
La música y el mar, esos dos misterios profundos que desde siempre han hecho aflorar nuestra dimensión más profunda de lo humano. El mar es el sitio que no admite otra música que no sea la suya; el mar es el lugar sin música.
Bello y complejo. “Una mano terrible y más vasta que nosotros vacía toda el agua de la carne (sarx), apretando sin esfuerzo la masa esponjosa, exprimiendo el pasado del cuerpo. Expulsa hasta la última gota los actos, los amores, los alimentos, los placeres, todos los placeres, todos los sentidos, todos los sufrimientos, la visión fabulosa de la luz y de los colores, todas las cosas, todos los astros, todos los rostros, todos los nombres.”
La escritura fragmentaria de Quignard es luminosa. Va de un lado a otro, del relato al pensamiento y de vuelta. Así, Quignard no sólo habla del ser disidente y sus causas y efectos, sino que nos los muestra y nos hace parte de esa disidencia. Este libro disidente renuncia a lo humano, pero se entrega al lenguaje propio, a lo musical, a un "más allá".
De très beaux passages, surtout le début qui m'a vraiment captivé, puis le récit se complexifie et devient un peu trop intellectuel-philosophique à mon goût, alors que j'y attendais plus de narration. Une lecture sympathique que je relirai peut-être plus tard avec plus d'intérêt. On y parle de l'eau, du son, des sirènes, de la condition humaine, et d'autres choses que je n'ai plus en tête.
Precioso libro, entre Nietzsche e incluso Fisher en algunos instantes. A través de Butes, héroe trágico de la antigüedad que, al contrario que Ulises, se dejó atrapar por el canto de las sirenas, el autor escribe un genial ensayo sobre saltar y sobre el más allá, sobre dejarnos atrapar por una música libre de ataduras sociales y dar el paso y así zambullirnos en la mar.
Un texto misterioso, casi místico sobre un personaje poco conocido de los argonautas en la mitología griega. Es en realidad sobre la música y el contraste entre la de las Sirenas y la de Orfeo. El Postfacio escrito por dos filósofos catalanes es magnífico.
No estuve muy segura sobre el trasfondo del libro, pero tiene una prosa preciosa que te va a hacer leer más. Espero leer pronto de él una novela más grande y completa. :3
Lo leí por recomendación de Namjoon de BTS (aunque no fue el libro que recomendó en específico.
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"La música atrae a su oyente a la existencia solitaria que precede el nacimiento, que precede la respiración, que precede el grito, que precede la espiración, que precede la posibilidad de hablar. De este modo la muisca se hunde en la existencia originaria."
Me agrada mucho el estilo de Quignard, esa agudeza que teje entre la filosofía y la música. Debo confesar sin embargo que El oído a la música me pareció una lectura superior.