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971 pages, Paperback
First published February 1, 1953
- Ahora siento mi pecho lleno de cascabeles, lleno de corazoncillos. Parezco un campo de flores.
- Para ti serán mis lágrimas y mis besitos, que eres un clavel.
-En la bandera de la Libertad
bordé el amor más grande de mi vida.
Borda y borda lentamente.
Yo la he visto por el ojo de la llave.
Parecía el hijo rojo, entre sus dedos,
una herida de cuchillo sobre el aire.
- Ya muerto lo podrás acariciar siempre en tu cama tan lindo y peeipuesto sin que tengas el temor de que deje de amarte. Él te querrá con el amor infinito de los difuntos y yo quedaré libre de esta oscura pesadilla de tu cuerpo grandioso. Tu cuerpo... que nunca podría descifrar...
-Un puñal, unas tijeras, duran para siempre, y este pecho mío sólo dura un momento.
—Por eso es tan terrible ver la sangre derramada por el suelo. Una fuente que corre un minuto y a nosotras nos ha costado años. Cuando llegué yo a ver a mi hijo, estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé las manos en su sangre y me las lamí con la lengua. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso. En una custodia de cristal y topacios pondría yo la tierra empapada por ella.
—¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Y cuando te vi a lo lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño fue llenando
las carnes con mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
—¿Por qué tus ojos traidores
con los míos se fundieron?
¿Por qué tus manos tejieron,
sobre mi cabeza, flores?
(...)
—Tierna gacela imprudente
alcé los ojos, te vi
y en mi corazón sentí
agujas estremecidas
que me están abriendo heridas
rojas como el alhelí.
—Todo está acabado... y sin embargo, con toda la ilusión perdida, me acuesto, y me levanto con el más terrible de los sentimientos, que es el sentimiento de tener la esperanza muerta. Quiero huir, quiero no ver, quiero quedarme serena, vacía. Y sin embargo, la esperanza me persigue, me ronda, me muerde; como un lobo moribundo que apretara sus dientes por última vez.
—Mirando sus ojos me parece que bebo su sangre lentamente.
—Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por las que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos las corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.