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100 pages, Paperback
First published June 2, 2021
El problema hoy es que no se está dando clase. Y, lo que es más grave, se ha llegado a un grado de confusión tal que nos hemos olvidado de qué tipo de contenidos son estrictamente necesarios en una democracia del siglo XXI, embarcados únicamente en cuestiones metodológicas y futurismos cada vez más estériles. Nuestra sociedad impide aprender porque desea llenar con marketing el espacio mental que habitualmente se reservaba para la educación y el saber.
Marina Garcés ha señalado con preocupación la inquietante facilidad con la que nuestra sociedad contruye vertederos físicos y simbólicos y arroja a ellos toda la población que considera residual. Educar para la inconsciencia y la banalidad es el único recurso que le queda a nuestra sociedad para evitar que la población se pregunte por la insultante desigualdad que va creciendo.
Cada vez que consumimos esa peculiar literatura pedagogista llena de agelologías y utopismos, deberíamos recordar que trabajamos para escuelas concretas, al servicio de personas reales y vivas, que tienen derecho a ser educadas y a moldear el futuro según sus creaciones, y no según las nuestras, que son de una hipocresía manifiesta.
La mente inmadura ignora también tantos sus derechos como sus deberes, está solo pendiente de su comodidad inmediata o de su visibilidad espectacular en las redes. Esta mutación afecta a ámbitos muchos más ammplios que el educativo: el problema de la credulidad y la visceralidad ideológica afecta a todo el conjunto social. Y lo más preocupante es que ese comportamiento dopamínimo y errático sea también el que caracteriza al ciudadado de edad adulta.