Como en "El extranjero", de Albert Camus, la breve noticia de la muerte de la madre del narrador es el disparador para esta estupenda novela de José Zuleta Ortiz. La deriva en la que su autor convierte una experiencia en una voz es suficiente razón para no soltarla. No es una novela de formación, pero lo es, no es una memoria, pero lo es, no es un poema, pero tiene mucho de eso... no es una trama unívoca, pero lleva de la mano al lector como las manos de un invidente imaginan un rostro. En esta novela del escritor y poeta caleño está el Lazarillo, el Buscón, en los múltiples oficios de Bukowski, en la influencia inequívoca de Salinger, Capote, Mailer, la presencia flotante de Pessoa, de León de Greiff, y de su padre, Estanislao Zuleta y de su madre, María del Rosario Ortiz. Esta es la novela de un hijo como testigo de desgarramientos que no juzga, y que convierte en parte del diálogo con esos otros –o con ese otro– que es la voz de un niño que se va haciendo hombre dándose cuenta de que crecer es ir perdiendo el valor de las cosas. Si una vida pudiera ser una función en tres episodios, creo que esta nos muestra cómo la literatura jamás concluye sólo abandona.
No sabía de la vida de Zuleta Ortiz, ni siquiera de su existencia, lo confieso. Ahora, que termino de leerlo, podría ser un amigo con quien disfruté algunos días de la belleza de las palabras y la riqueza de las imágenes : de la vida en clave de poesía.
Sin muchos adornos. Matizando los grises. Recorriendo solo un laberinto con su mamá en cada extremo, callada, desatando esta profunda historia. Coleccionando escombros para allanar caminos transitables, para quien los recorra pueda sentir su paso firme, aunque nunca repetido en el de otro.
"—Un intelectual es alguien que piensa sobre los problemas, o se los inventa. Pero sobre todo son señores que viven para conversar, para repetir lo que dicen los libros que leen, y lo que más les interesa es tomar trago con los amigos y sentirse todos muy inteligentes"
José Zuleta Ortiz es hijo del famoso filósofo colombiano Estanislao Zuleta. Eso a primera vista puede parecer muy interesante, pero no, no lo es. En Lo que no fue dicho José se sincra y cuenta las diez mil peripecias que ha tenido que vivir, porque no fue suficiente con su padre fuese famoso, crudo y decidiera educarlos en casa, sino que su madre -que es la relación más importante en la vida de todo ser humano- lo abandonó desde muy temprano. Eso lo marcaría para siempre, y para cuando pudo voler a verla, la muerte se la arrebató demasiado pronto.
Leer el libro fue una experiencia agridulce: me sentí identificada desde la herida del abandono, pero a su vez me sorprendí de ver el dolor que puede llevar una persona entre pecho y espalda, y cómo este puede transformar su vida entera. Lo mágico de este libro no fue solo su lectura, sino que tuve la oportunidad de conocer el autor y hacerle preguntas no solo como escritor, sino como persona, y ¡vaya si fue enriquecedor!
El Gimnasio Moderno hizo su habitual club de lectura mensual a propósito de este libro, y me invitaron al cierre, al que asistió José. Verlo hablar me evocó cada escena, diálogo y monólogo en el libro. Sí, la persona que había leído, el narrador de esa novela tipo memorias era el hombre que ahora hablaba con tanta tranquilidad del dolor que había tenido que sufrir. También habló como escritor, de cómo tuvo que separarse seis meses de su esposa para escribir esta historia que tantas lágrimas le sacó y no quería que su mujer lo viese así de vulnerable; mencionó el hecho de que el escritor no debe escribir solo para sí mismo, sino pensar tabién en sus lectores, pero a veces debe olvidarse de ellos, de algunos de ellos, y decir lo que tiene que decir.
Aprendí y crecí como escritora, como lectora, y como persona. En ocasiones hacen falta estas historias de personajes que no salvan el mundo, sino que a duras penas se mantienen a flote, y eso es ya una hazaña. Soy una de ellas.
Que bonita forma de escribir lo que no fue dicho. Maria hizo que cayera en cuenta de eso. Es una novela sobre esos silencios, la reconstrucción de una vida a partir de lo intuido, sin perder la esencia de lo mismo, sin decirlo todo. Se dicen algunas cosas, pero tarde, ya no son la historia, respetan los silencios del pasado aún definiéndolos: lo que se le dice al padre tras su muerte, lo que se le dice al hermano tras la ausencia, lo que se le dice a todas esas personas a las que les quedó la duda, aunque ya nada pueda cambiar. Lo recomiendo mucho, es bastante sincero. No hay que ir con la expectativa de un ensayo, o una reflexión con la profundidad de sus personajes. Tenía cierta expectativa de Estanislao que me era absurdo exigirsela al autor, cuando su objeto es otro, y es mucho más respetable.
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Un libro lleno de poesía y honestidad. Un maravilloso viaje al interior. Una vida que lo escogió para escritor. Un legado de un padre que aunque amoroso y sabio, marcó profundamente la vida de su hijo al querer aislarlo de una educación que a su juicio, reproducía seres humanos para el sistema y no para el arte, la poesía y la literatura, para una altísima existencia. A pesar de las secuelas, es conmovedora su reconciliación final con el padre, demasiado presente, y con su madre, absolutamente ausente.
Un muy buen libro que es, así mismo, un círculo que se cierra, y que hace que el título tenga un sentido pleno, absoluto. Sentí una prosa escrita con gracia, con precisión y sensibilidad, para llevarnos por la aventura de la vida del autor. Me hace pensar sobre la relación e influencia de la relación con los padres y sus contextos, sobre oportunidades aprovechadas y perdidas, sobre rebeldía y libertad, y sobre cómo contarse a través de la literatura.
"Un día le pregunté por qué tanta memoria; entonces me dijo: «Porque soy lento, a más velocidad menos memoria », sonrió y luego de una pausa continuó: «Eso es solo parte del asunto, la verdad es que la memoria no es un don; es una manera de relacionarse con lo que a uno le interesa, es la intensidad con la que se conecta lo que se vive con lo que se piensa, con lo que se siente, con lo que se quiere, con lo que se sabe, con lo que se lee y con lo que se desea hacer. Así es difícil olvidar"
Si como menciona el autor citando palabras de su padre, que a su vez cita a Platón, la belleza como objeto visible era el comienzo de la dirección hacia lo verdadero y lo bueno, posiblemente este libro, para mi, tiene la suficiente belleza para describir lo que esta verdaderamente esta bien en la literatura: sencillez poética y atracción narrativa.
Es una lectura entrañable, sincera, con sentimientos a flor de piel, la estética de la narración es fascinante, como el autor cuenta su vida de una forma tan poética, impregnada de matices, frases memorables. Una excelente lectura.
“En la vida vas a encontrar abismos y puentes. Dificultades, desesperación. Entonces escribe. Las palabras son lo único que tendrás cuando ya no haya nada”. Lo que no fue dicho. José Zuleta Ortiz. Qué libro más hermoso.
Una vida llena de adaptación, de valor por la belleza, de reinventarse y seguir adelante. Un libro escrito para su madre, para que conociera su historia de vida. Un libro lleno de cotidianidad, de amigos que fueron familia en la ausencia de la misma.
—¿Dónde quedará la edad de oro? —preguntó Fernando —No es un sitio, es una época —explicó Silvia —¿Y esa época cuál es? —preguntó otro día —La infancia —respondió la tía Luisa
Muy buen libro. Me encanto y sorprendió la inmensa nostalgia de José quien a pesar de haber sentido que había sentido que había vivido y hecho su propia vida, al estar al lado de sus padres, parece como si se hubiera arrepentido de no haber vivido a su lado. Una narrativa agradable con momentos muy especiales.
De ortografía y del recitar de los poemas, de la caída del muro y la reclamación del capitalismo como una victoria suya. Muestra a los muy sensibles en su lucha con los menos. Le da espacio al chontaduro, a la pomarrosa y en un suspiro de condolencia infinita nos quita el peso de la memoria, de la envidia intelectual. Nos arma con la faena de la lentitud. Rodead a los niños en una belleza platónica. Ser víctima infantil del antisistema. Mirar los árboles desde abajo. Un portarretratos de la Colombia y del mundo bajo la voz del niño y del adulto. Un contraste de padre a hijo ante la forma viva de la modernidad. El hijo más del hacer, más de las manos encurtidas por la calle, más de cerrar la llave. Y al hijo también, con la madre en un rostro de memorias de acero. Sin lágrimas, sin una pizca de emoción. Tanto confluye aquí que parece volverse una, una en él, un reflejo en cada punto sobre las íes. Una meca para la navegación de esta adultez pubertaria. La historia de un hombre con tribu.
Hay una frase veraz entre cada línea, la construcción de a pequeños capitulos le otorga ese peso. Es genial, genial de genio.
«Nuestros padres son lo que son, quererlos y evitarlos es la única manera... de no contaminarlos y no contaminarnos. Callar para poder conversar. Distancia para tener cercanía. El silencio es el mejor psicólogo. Sabemos en el fondo que el amor y la imagen de nuestros padres son ficciones que construimos olvidando, eludiendo.»
Todo final es también un comienzo, así esta novela. A lo largo de 259 páginas, los recuerdos van dibujando la historia de un hombre que cuenta su vida y la relación con sus padres, las cosas que lo hicieron ser lo que es y lo caminos que recorrió para llegar al lugar donde se encuentra.
Esta lectura, íntima y profunda, es un recorrido por la vida, una mirada juiciosa de las experiencias que tenemos y como cobran valor con el paso del tiempo. Quemar el tiempo, «porque una cosa es vivir y otra, durar.»
Una historia que se puede caminar, que se recrea mientras se va leyendo. Que esté narrada en ciudades conocidas nos hacen parte de la novela al comulgar con los hechos y las referencias, como dijera el mismo autor, Cali es también un personaje dentro de la novela.
«En la vida vas a encontrar abismos y puentes, dificultades, desesperación, entonces escribe, las palabras son lo único que tendrás cuando ya no haya nada.» Leon de Greiff a José Zuleta
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