Dice un viejo mito que todos tenemos un doble, ya sea de manera física o espiritual. Le llaman doppelgänger. Pero ¿cómo saber si uno es el doppelgänger de otro o el otro es el doppelgänger de uno? Parece un juego de palabras, pero no lo es.
Pedro Araniva Pavián es el nombre del pobre diablo que busca obsesivamente al científico Robert Sapolsky, su doppelgänger. Para dar con su paradero, el protagonista realiza una exhaustiva y delirante investigación que unifica la vida, el pensamiento y la obra de este famoso primatólogo para leer su propia existencia.
Con una escritura original y alucinante, Cristian Geisse nos entrega Sapolsky, una novela que reflexiona sobre los poderes de la ciencia y la locura y cómo se difumina el límite entre ambas.
Gran novela. La cagó a mi juicio que metiera esa parte del campo literario: completamente accesorio y creo que fue un gustito autoral que no pegaba mucho con el resto de la novela. De todas maneras Geisse se sigue consolidando como uno de los narradores chilenos actuales más valorables.
No sé qué chucha, pero bueno. Muy bueno en verdad. Tiene estilo y forma. Quizás el cierre me dejó exhausto.
"Miré a la gente que pasaba. Había una historia en cada uno de esos monos, algunas terribles, otras nada más tristes, otras mediocres. Todas absolutamente bellas".
Geisse es un autor con un sello personal, una prosa que podría denominar como 'punk', sin adornos y directa al hueso. Sus personajes suelen ser tipos confundidos por las realidades marginales que habitan, muchas veces cayendo en desgracia por sus experiencias con drogas alucinógenas o con la realidad misma, que se presenta como un lugar inhóspito y más o menos irracional.
Sapolsky contiene todos esos elementos. Formalmente, es un relato fragmentado, compuesto por textos cortos que muestran retazos de la vida de su protagonista, y que me hacen sentir como si esta novela hubiese sido confeccionada con pedazos descartados y reciclados de otra que no leímos ni leeremos.
Cristián Montes argumenta que, a partir del año 90, se da en Chile una explosión de relatos que 'apuntan al presente', se enfocan en 'la experiencia individual', y "la representación del mundo se define por la falta de proyectos comunes, la soledad pasiva de los personajes, la indolencia existencial y toda una sintomatologia que define a un tipo de sujeto en crisis de identidad y con una a veces absoluta desconexión con el pasado", pensando, claro, en Fuguet, Collyer o Gonzalo Contreras, cuyos personajes transitan por Providencia o Nuñoa e integran sus actos de consumo en la configuración de sus identidades. Lo curioso de Sapolsky es que hace eso mismo, pero desde una órbita mucho más marginal, la ciudad de Vicuña, y a través del consumo de literatura y antropología, que llevan a su protagonista a conceptualizar su realidad en base a una aproximación antropológica comparativa con las familias de primates. El protagonista comprende la falta de sentido de su existencia postmoderna e intenta encontrarla a través del estudio, generando un bildungsroman fragmentario que coquetea con lo absurdo.
A pesar de todo lo que he escrito hasta acá (o quizás debido a eso mismo), me pareció por largos pasajes estar leyendo una versión chilena de Tristram Shandy.
La prosa es Geisse, todas las partes en primera persona en que uno podría pensar que está contando cuestiones íntimas de hace diez años son él, su sello, esa cosa demencial que fluye como en sus cuentos, y con eso ya está la mitad de la lectura asegurada, y quizá más. El resto, aunque no me enganchó tanto, está bien, pero solo bien. La obsesión con su doppelganger, la trama misma, los poemitas ni tan buenos, su búsqueda, todo eso me sirvió como excusa o enlace de las dos cosas notables que tiene este libro: esa parte media biográfica (ficción o no, da lo mismo) y la parte media filosófica, o sea, ese punto en que, a favor o en contra, las reflexiones de Sapolsky sobre el hombre como mono empiezan a aplicarse a la debacle misma del personaje, inmerso en el alcohol y las miserias de sus otros monos amigos.
Configura de una forma muy novedosa y orgánica, una constelación muchas veces solapada pero incuestionable entre los "campos literarios" y la literatura científica, eso es un punto sólido. Una novela que a veces se pretende más experimental de lo que es, pero que abraza esa pretensión con humildad y una escritura cuidadísima. El cierre es quizá un poco antojadizo, pero de todas maneras ayuda con la resaca tras una borrachera que delira entre primatología, maldiciones y chamanismo.
Todavía me cuesta encajar ciertas piezas que supuestamente debían pertenecer orgánicamente a ciertos lugares. Es decir, me veo “forzando” ciertas lógicas internas en la novela. Es una obra que dialoga con muchas otras (Jenaro Prieto, con El Socio) y cuesta no generar asociaciones o intertextualidades. Todavía estoy confundida con el final. 🙄
Al principio no entendía donde iba el libro, estúpidamente trate de buscar el hilo lógico hasta que me acorde del autor y fui dejando que el texto conectara solo, sin duda un libro sumergido en el delirio, en lo absurdo y lo científico. Quiebres buenos, despedidas necesarias y sobre todo muy Cristian Geisse.