Como dice bastante gente por aquí, estos relatos tienen la no tan frecuente virtud de resultar pequeñas y sucintas novelas, condensando en pocas palabras una intensidad y una magia que agarrotan, fascinan. Las historias del bueno de Diego resultan casi siempre una madriguera de conejo, un maletín de Newt Scamander por el que resbalas y, de repente, lo que parecía un agujero es en realidad un universo con miles de matices.
Me ha recordado mucho a las historias de Juan Rulfo en “El llano en llamas”, sin ser realismo mágico, pero lindando muy de cerca con el espíritu; supongo que será esa relación tan profunda que tienen en Sudamérica con las otras vidas, esas que no se ven pero siempre se intuyen y se sienten cerca y delante.
No es para todo el mundo, pero no deja de maravillarme pensar en que todo lo que acabo de leer se encuentra en un librito que cabe en la palma de la mano.