Allí estaban las partituras que me atormentaban, allí estaban, danzando, cada uno a su manera, las líneas, los espacios y los signos de la partitura anhelada, el canto a mi otra vida, la de mi nana, la que ella hizo, la que ella cantó y vivió por mí sin que yo me diera cuenta, la que desde hacía días me golpeaba los oídos pugnando por ser oída por mi, negándose a permanecer oculta por siempre entre los pliegues del grueso delantal de renunciaciones en que estuvo envuelta hasta ese momento, reclamándome su derecho a ser rescatada.