Personal themes characterize lyrical beauty of noted work of Russian poet Anna Akhmatova, pseudonym of Anna Andreevna Gorenko; the Soviet government banned her books between 1946 and 1958.
People credit this modernist of the most acclaimed writers in the canon.
Her writing ranges from short lyrics to universalized, ingeniously structured cycles, such as Requiem (1935-40), her tragic masterpiece about the Stalinist terror. Her work addresses a variety of themes including time and memory, the fate of creative women, and the difficulties of living and writing in the shadow of Stalinism. She has been widely translated into many languages, and is one of the best-known Russian poets of 20th century.
In 1910, she married the poet, Nikolay Gumilyov, who very soon left her for lion hunting in Africa, the battlefields of World War I, and the society of Parisian grisettes. Her husband did not take her poems seriously, and was shocked when Alexander Blok declared to him that he preferred her poems to his. Their son, Lev, born in 1912, was to become a famous Neo-Eurasianist historian.
Nikolay Gumilyov was executed in 1921 for activities considered anti-Soviet; Akhmatova then married a prominent Assyriologist Vladimir Shilejko, and then an art scholar, Nikolay Punin, who died in the Stalinist Gulag camps. After that, she spurned several proposals from the married poet, Boris Pasternak.
After 1922, Akhmatova was condemned as a bourgeois element, and from 1925 to 1940, her poetry was banned from publication. She earned her living by translating Leopardi and publishing essays, including some brilliant essays on Pushkin, in scholarly periodicals. All of her friends either emigrated or were repressed.
Her son spent his youth in Stalinist gulags, and she even resorted to publishing several poems in praise of Stalin to secure his release. Their relations remained strained, however. Akhmatova died at the age of 76 in St. Peterburg. She was interred at Komarovo Cemetery.
There is a museum devoted to Akhmatova at the apartment where she lived with Nikolai Punin at the garden wing of the Fountain House (more properly known as the Sheremetev Palace) on the Fontanka Embankment, where Akhmatova lived from the mid 1920s until 1952.
"He oído el Vals de las libélulas de la Suite para ballet de Shostakóvich. Es una maravilla. [...] ¿Es posible hacer con la palabra lo mismo que él hace con el sonido?"
Anna Ajmátova sobrevivió a su tiempo. Cuando ya no quedaba nadie de aquellos que la acompañaron, estaba ella, persistente. También molesta, incómoda. Su Poema sin héroe, críptico de tantas reescrituras durante más de veinte años y tres ciudades, se convirtió en su vida: era necesario recordar, para no olvidar. También era “avanzar en una noche que no sabe de amaneceres”. Vivir, después de todo. Para aquella que solo escribía versos que “suenan a verdad” o que pensaba que un poeta tiene una “relación secreta con todo lo que ha escrito” (luego es imposible llegar a su completo significado), escribir en prosa no dejó de ser también una búsqueda de la verdad y el secreto.
La prosa de Anna Ajmátova, reunida por Nevsky, atraviesa precisamente su tiempo (el de ella). Es curioso verla dar vueltas sobre lo mismo, volver sobre algunos puntos, que quizás nos ayuden a entenderla (quizás). Sus comienzos en la poesía, los simbolistas rusos, Nikolái Stepánovich Gumiliov, su marido, con el que, escindidos de aquellos (y enfrentados) formó el grupo acmeista (que propugnaba una poesía clara y concisa, y del que traza una historia), las relaciones entre todos ellos, y la reivindicación (insistente) de sus comienzos como poeta, más allá de él (defendiéndose, buscando su lugar). También escribe sobre aquellos que ejercieron un papel fundamental en su vida, como Ósip Mandelshtam (con el que mantuvo una larguísima relación de amistad y al que le dedica alguna de sus mejores páginas) o Aleksandr Blok, además de acercarse a jóvenes promesas, como Arseni Tarkovski. Y no solo poetas. También está Modigliani, al que conoció cuando no era nadie, o tan solo un pintor en busca de un pintor, y la retrató, aunque todos aquellos retratos menos uno se hayan perdido. En las páginas dedicadas a ellos, está la necesidad de fijar su época, la búsqueda de la verdad, de la precisión, la negación de las habladurías, la reivindicación de aquellos que compartieron su vida. Y dice: «Ahora que todo queda en el pasado –incluso la vejez- y todo lo que queda es decrepitud y muerte, parece que todo se vuelve dolorosamente claro (como en los primeros días del otoño): la gente, los sucesos, tus propios logros, periodos enteros de tu vida. ¡Y cuántos amargos y terribles sentimientos!»
Tras su tiempo, su vida. Ella misma. Seguramente es en estas páginas de su prosa, donde más nítidamente encontramos a la poeta. Su escritura, liberada del peso de las personas, vuelta a la intimidad de su escritura, atravesando sus circunstancias, sus lugares, sus pensamientos, se eleva, coge vuelo, se vuelve luminosa. Se interroga sobre su poesía, intenta escribir su biografía (también una falsa), se pregunta qué son para ella los sitios que habitó o habla de aquel libro que nunca escribirá.
Y tras su vida, su obra. La importancia de Pushkin en la literatura rusa es algo que no se nos puede escapar a poco que nos acerquemos a sus autores. Ya no por su influencia (inabarcable), sino incluso por la producción literaria a partir de su vida. Marina Tsviétaieva (la otra gran poeta rusa, contemporánea de Ajmátova… hasta su suicidio), le dedicará un libro, Mi Pushkin, y ella, con la prohibición no expresa de publicar poesía, que la condenaba al ostracismo, se dedicará a escribir una serie de ensayos sobre su obra, que ocuparán sus años, no pocos. De nuevo, la búsqueda de la verdad, esa obsesión por fijarla, por limpiar las fuentes originales del ruido (o simplemente, del chismorreo). Así, escribirá sobre su muerte (y las intrigas la rodearon y que acabaron con un duelo… y él mismo), sobre sus relaciones amorosas, sobre la génesis de alguna de sus obras. El siglo, aquel siglo, se va dibujando (con dificultad para nosotros, debido a que Ajmátova escribía para aquellos que conocían bien la obra y vida del escritor), y no dejan de surgir aquí y allá la admiración, la devoción absoluta que ella sentía por él, como origen del siglo XX, desde el XIX. Pushkin dejará lugar a algún otro escritor ruso (como Lérmontov), tras el cual, atravesados los años (los suyos y los ajenos), cerrando el círculo, volveremos a su obra, a Ajmátova, a la cumbre, el Poema sin héroe, y a una especie de necesidad de explicarse (o de volver sobre el secreto de su poesía, de cualquier poesía), quizás para decir que hay cosas que no se pueden explicar, y mucho menos un poema que atraviesa , tres décadas y tantas vidas. Y eso, es también su prosa…
Ta bien pero me lo esperaba mejor. La edición me chirría muy al estilo Crespo con Pessoa, y me esperaba algo más parecido a las entrevistas/crónicas que hizo Chukovskaia, no tanto un breviario biográfico.
Igualmente, es un libro muy bonito para introducirse en Ajmátova, destaco sobre todo la primera parte dedicada a su etapa en la Bolshoi Fontanka.
Fue un regalo de cumpleaños. Descrito como: llegué, lo vi en novedades y te lo compré. Poco pensado para mí y calculado nada más porque estaba estudiando ruso y porque quería leer más la poesía de Ajmátova. Otra razón más por la que me evadió, es que es Ajmátova pero se centra en un aspecto muy específico de su escritura: notas, ensayos académicos, crítica clavada y compleja de entrar si no te encuentras investigando su vida o la obra de Pushkin en aspectos muy puntuales. Salí sin mucho más sobre Ajmátova, un par de datos y búsquedas y la referencia de la poesía de Lvova (poco traducida y brillante). Gran compilado con textos únicos. Lamento que me evadiera de esa forma.