Más que un libro eclesiástico, encontré en Eclesiastés una obra profundamente existencial. Detrás del Predicador hay una persona real: alguien con una espiritualidad que intenta comprender la vida, pero también con dolores, frustraciones y preguntas profundamente humanas.
Leerlo me hizo pensar que lo único verdaderamente nuestro es el instante que tenemos delante: el segundo que pasó ya murió, el que viene todavía no existe, y muchas veces terminamos repitiendo los mismos ciclos una y otra vez.
Pero entre tanta incertidumbre, Eclesiastés encuentra una certeza: nada de lo creado puede llenar completamente el vacío humano. Al final, el único que puede saciarlo es Dios, el Eterno.